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OPINIÓN: AMLO y su política de la reparación de la dignidad

Repite la receta que hemos visto en Estados Unidos y Brasil: un populista que define su razón de ser política en proteger a quienes se sienten marginados, comenta Marco A. Morales.

Nota del editor: Marco A. Morales es Investigador Afiliado al Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Su cuenta de Twitter es @marco_morales. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor.

(Expansión) - La tercera es la vencida y este primero de diciembre México recibe a su nuevo presidente. Mucho se dirá sobre él conforme a las prácticas políticas que dominaron al país durante el último siglo; sin embargo, entender el lopezobradorismo –sus riesgos y oportunidades– requiere ver más allá de lo familiar.

El caso de Andrés Manuel López Obrador en México no es único. Repite la receta que hemos visto en lugares como Estados Unidos o Brasil: un populista que define su razón de ser política en la reparación de la dignidad de quienes se sienten marginados o atacados.

Con fundamentos reales o percibidos, las esferas política, económica, social o cultural tienen uno o varios grupos que esperan la oportunidad de recuperar su dignidad. El populista tiene que ser hábil para hablarle a cada una de estas agrupaciones y prometerles la restauración de este derecho. El discurso no es coherente, ni tiene por qué serlo.

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Por esa razón los populistas reparadores de dignidad trascienden ideologías y partidos políticos. Hay grupos en todos los estratos que entienden como un acto de justicia personal que una persona asuma el poder para que puedan recuperar su dignidad perdida.

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Construir una coalición en esas condiciones tiene un gran mérito y requiere de una habilidad política peculiar. Tomó casi 18 años a López Obrador consolidarla en suficientes lugares del país. Pero entonces ¿quiénes conforman la coalición que anima al lopezobradorismo?

En México, donde impera la desigualdad social y la discriminación, no es difícil obtener el respaldo de millones que viven marginados de la bonanza económica y que son constantemente objetos de discriminación. López Obrador es una base natural de respaldo en este sector.

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Sin embargo, dos grupos más llaman la atención.

Por un lado, un grupo genuinamente atraído por la idea de la reparación de la dignidad para sí mismos y para otros que perciben como marginados. Entonces no es fortuito que un número importante de académicos, intelectuales públicos, comentócratas, activistas y periodistas se hayan unido a la “cruzada” por la dignidad lopezobradorista en diferentes momentos del proceso electoral.

También se encuentra el grupo genuinamente motivado por el miedo o la conveniencia política. Conforme crece la inminencia del populista, y especialmente cuando se consuma su llegada, el pragmatismo impera.

Políticos que alguna vez lo criticaron cruzan la línea para mantener poder político o amnistía. Los empresarios que ven un riesgo en el poder del Estado cruzan también la línea para estar cerca del oído presidencial. Es natural que archienemigos, contrincantes y críticos del pasado “descubran” su lopezobradorismo.

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El riesgo verdadero de esta coalición se gesta con el éxito del discurso y restaurar la dignidad requiere mantener el foco en el que causa la dignidad perdida. El genio del discurso requiere de una permanente polarización social. Las “benditas redes sociales” (López Obrador dixit) se encargan de crear un ghetti de iguales que se envían memes y cartones que refuerzan sus creencias y la perversidad del “otro”. A mayor polarización, mayor estabilidad de la coalición que respalda al populista reparador de dignidad… y más desdén a los otros.

El nuevo gobierno comienza cumpliendo la promesa para algunos. El gabinete entrante restaura la dignidad perdida de los dinosaurios rechazados por el PRI del Estado de México, de los panistas rechazados por la exclusión del Anayismo, de los perredistas rechazados por Mancera, de los comunistas rechazados por la modernidad, de los nuevos intelectuales mantenidos a raya por la vieja élite cultural del país y de quienes genuinamente creen que pueden contribuir a resarcir la dignidad perdida.

En seis años más veremos qué tan fértil fue la promesa para el resto.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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