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OPINIÓN: Las nalgadas no son tan buenas como creías

Cuando aconsejo a las familias como pediatra, hablo de las nalgadas como un factor de riesgo y como una apuesta innecesaria.
educación
No solo hay datos que dicen que las nalgadas no funcionan, sino que hay datos que revelan cuáles métodos funcionan, gracias a la comprensión del cerebro y el desarrollo de los niños que nos ofrece la ciencia moderna.

Nota del editor: La doctora Edith Bracho-Sánchez es pediatra y becaria del programa Global Health and Media Fellowship de Stanford. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de la autora.

(CNN) - Creo que nadie duda que la mayoría de los padres que nalguean a sus hijos los aman mucho. Nunca he conocido a nadie que dijera lo contrario; sin embargo, eso no significa que las nalgadas sean un acto de amor o que exista tal cosa como una "manera correcta" de pegarle al niño.

Voy a poner mi propia historia la mesa. Cuando crecí recibí nalgadas, y con todo creo que salí bien. No solo me nalgueaban a mí, también a todos a mi alrededor, mis hermanos, mis primos o los vecinos. Todos los niños llegamos a conocer y temer la mirada amenazadora en la cara de nuestros padres que significaba que nos darían una tunda cuando llegáramos a casa. Era parte de nuestras vidas como niños.

Incluso fui a la escuela de medicina y me especialicé en pediatría pensando que las nalgadas no eran mayor cosa, solo una parte más de mi crianza.

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Luego leí los datos y aprendí un par de cosas sobre el funcionamiento del cerebro de un niño cuando se trata del castigo.

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Elegir pegar significa tomar un riesgo

Resulta que mis amorosos padres se arriesgaron cuando eligieron usar el castigo corporal en mi educación. Salí bien, pero podría haber salido mal.

Pero siendo justos, ellos no lo vieron como un riesgo. Al criar a una niña rebelde en América Latina en los años ochenta y principios de los noventa, mis padres no tenían la sabiduría de los últimos 20 años de investigación médica.

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Esta investigación ha vinculado el castigo corporal, incluidas las nalgadas, con mayores riesgos de depresión, comportamiento agresivo, problemas cognitivos y conductas de riesgo en la adolescencia, así como una relación negativa entre padres e hijos.

Quienes cuestionan estos datos dicen que los estudios no pueden establecer las nalgadas como la causa de todo lo anterior, pero esa es la asociación que se ha observado. Ninguna institución aprobará jamás un estudio en el que la mitad de los niños sean nalgueados y la otra mitad no, solo para registrar las diferencias de comportamiento.

Ahora, cuando aconsejo a las familias como pediatra, hablo de las nalgadas como un factor de riesgo y como una apuesta innecesaria.

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Pegar no funciona a largo plazo

Otro conjunto de datos muestra que las nalgadas no conducen a un cambio de comportamiento a largo plazo.

Por suerte para mí, las nalgadas no fueron lo único que hicieron mis padres en sus esfuerzos por convertirme en la mujer que soy. Ellos han sido una fuente incondicional y constante de amor y apoyo, y me han enseñado bondad, respeto y el valor del trabajo al darme ejemplo de estos valores.

Aprendí todo de esos momentos y no de las nalgadas. Cuando mis padres me pegaban, inmediatamente me resentía con ellos. Me convertía en víctima. Y una vez que fui víctima, dejé de escuchar.

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Claro, dejaba de comportarme mal en los pocos minutos que seguían a una nalgada, pero luego volvía a las andadas. Al hablar con mis padres al respecto ahora, dicen que las nalgadas eran como una especie de resolución, una consecuencia tangible de nuestro mal comportamiento. Mi papá dijo que odiaba tener que castigarnos, se sentía culpable por eso y siempre supo que repetiríamos la misma acción que nos valió el castigo.

Y estaba en lo cierto. Recuerdo claramente haber pensado que "en realidad eso no me dolió tanto, puedo seguir portándome mal".

Mi hermana era más lista. Cuando sabía que le iban a dar una tunda, corría y se ponía los pantalones más gruesos que tenía. Luego seguía portándose mal.

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No solo hay datos que dicen que las nalgadas no funcionan, sino que hay datos que revelan cuáles métodos funcionan, gracias a la comprensión del cerebro y el desarrollo de los niños que nos ofrece la ciencia moderna.

Estos métodos incluyen ignorar los comportamientos que no son peligrosos (después de todo, a los niños les gusta la atención), ya sean positivos o negativos.

Otro favorito es el tiempo fuera. Independientemente del método que elijan, aconsejo a las familias que den un paso atrás y piensen en su objetivo a largo plazo.

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El objetivo es enseñar, no castigar

Creo que mis padres, como muchos a quienes he aconsejado como pediatra, querían enseñarme lo correcto y lo incorrecto cuando me pegaban.

Pero en el calor del momento, es fácil perder de vista la meta y centrarse en el castigo. Y eso es lo que tiene el castigo: nunca se planifica y se piensa con anticipación.

Los defensores del castigo corporal a menudo citan el pasaje bíblico de Proverbios 22,15: "La necedad está ligada al corazón del niño; la vara de la disciplina la alejará de él".

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Como católica, también sé que la palabra disciplina proviene de la palabra latina "disciplinare", que significa enseñar o entrenar, como un discípulo sigue a un maestro.

Los niños son dignos de compasión. Sus fuertes voluntades no son algo que deba ser suprimido, sino algo que debe ser apreciado y guiado.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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