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Nuestras Historias

Dinero en los bolsillos

La ideología no influye mucho en la economía cuando la base de la prosperidad es poner dinero en los bolsillos, en particular de quienes tienen menos acceso a oportunidades, dice Francisco Hoyos.
lun 25 noviembre 2019 11:02 AM
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La economía mexicana enfrenta un estancamiento.

(Expansión) - En su propuesta de un nuevo acuerdo social para la golpeada sociedad norteamericana de los años treinta, Franklin D. Roosevelt escribió: “la prueba de nuestro progreso no se trata de agregarle más abundancia a quienes tienen mucho, sino de proveer lo suficiente a quienes tienen poco”.

Con ese pacto político y económico, Roosevelt ganó las elecciones en 1932 y sus medidas de apoyo a la infraestructura y a los menos favorecidos siguen apreciándose en cientos de carreteras y condados de Estados Unidos que pudieron nacer gracias a la inversión pública que detonó desde el gobierno.

Desde entonces, su nombre se ha asociado con uno de los periodos de mayor orgullo de nuestros vecinos del norte. De hecho, muchas naciones han copiado -con relativo éxito- su programa de incentivos a la construcción para crear empleo rápido y sus medidas sociales para poner dinero en el bolsillo de la gente.

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Hoy, nuestro debate sobre crecimiento y desarrollo atrae la misma discusión sobre qué es primero y qué es más importante; sin embargo, también deja claro que la ideología no influye mucho en la economía cuando la base de la prosperidad es poner dinero en los bolsillos, en particular de quienes tienen menos acceso a oportunidades.

Y no hablo de efectivo para gastar de inmediato o para generar un buen historial de crédito, me refiero a esos recursos que permiten tomar el transporte público hacia el primer empleo, acudir a una universidad o recibir una atención de calidad en la clínica de la colonia, sin quebrar en el intento.

En este momento, discutir por la manera en que podemos vivir mejor elude dos pasos urgentes en cualquier caso de éxito económico: Fortalecer el mercado interno para que surja ese segmento consumidor de bienes y servicios, a la par de constituir instituciones sólidas que regulen los abusos y desequilibrios que provocan los mercados (que, por cierto, nunca han logrado regularse solos).

Sin dinero en los bolsillos, no tiene mucho sentido hablar de clase media o baja, porque podemos identificar muy bien dos rangos de acceso entre quienes concentran y aquellos que sufren para llegar a fin de mes

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No obstante, México pudo convivir con un enorme grado de desigualdad y mantenerse entre las 20 economías más importantes del planeta; pudo hacerse más, no hay duda, pero así logramos llegar a este siglo con relativa estabilidad financiera.

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El problema es que la economía puede olvidar que tiene una relación estrecha con la condición social y que sus reglas mejoran o arruinan a millones de personas que no tienen la obligación de saber cómo se comporta el sistema financiero global, aunque sufran por sus decisiones.

Si analizamos a nuestro país desde esa óptica, el deterioro del tejido social trajo una de las peores crisis de seguridad en la historia, una diferencia salarial que tiene en vilo al T-MEC y un mercado interno débil, lleno de monopolios sostenido por relaciones de poder.

La apuesta del gobierno actual -y de todo su proyecto- es desmontar ese mismo sistema y sustituirlo por uno que sea más parecido al de Singapur o (como dice la publicidad oficial) a los países nórdicos.
No sé qué tanto influye en las y los jóvenes mexicanos Suecia, Noruega o Finlandia; menos si Roosevelt es referencia de cualquier cosa para ellos, lo cierto es que ellas y ellos empiezan a pensar y a demandar lo mismo que los empresarios más notables del país: Un impulso a la economía como nunca antes se ha visto.

Lo saben aquellos que están a punto de buscar un trabajo y quienes necesitan un ingreso digno para mantener a su familia. Se trata, ni más ni menos, de una “revolución económica”, de la gran “sacudida” que, irónicamente, une por primera vez a esos polos en apariencia opuestos. El resto, solo es ideología.

Nota del editor: Francisco Hoyos Aguilera es Especialista en comunicación. Graduado del Tec de Monterrey con una maestría en la Universidad Iberoamericana. Fue reportero en el diario Excélsior y en la corresponsalía de The New York Times en México. Lleva dos décadas en la comunicación pública y privada. Las opiniones expresadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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