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Nuestras Historias

Esos terceros espacios que las personas necesitamos

Hay lugares donde sí se ha logrado potenciar la interacción social, dice Cristina Mateo.
dom 08 diciembre 2019 07:30 AM
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Hay espacios en los que dejamos de ser extraños y nos convertimos en ciudadanos, dice Cristina Mateo.

(Expansión) - “En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, husmean otras miradas, no se detienen. (...) Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura a la otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que todas las combinaciones en un instante se agotan, y otros personajes entran en escena...” Italo Calvino, Las ciudades invisibles

Las ciudades del planeta son diversas y distintas, ocupan un escaso 3% de la superficie terrestre, pero consumen entre un 60% y un 80% de energía, además de emitir el 75% de las emisiones de carbono. Es por eso por lo que mi planteamiento respecto a la sostenibilidad de la ciudad parte de entenderla como un espacio de interacción, para desde ahí, reivindicar que una ciudad sostenible es aquella en la que la gente se puede encontrar e interactuar de forma intencionada, y espontánea a la vez. Y es ahí donde juega un rol clave la definición de los terceros espacios.

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En la década de los ochenta, Ray Oldenburg acuñó el término 'tercer espacio' en su libro The Great Good Place (1989), para distinguir entre el primer lugar, el hogar, y el segundo, el espacio de trabajo. Entre ambos, Oldenburg definió un tercer espacio complementario, dedicado a la vida social de la comunidad, donde la gente podía encontrarse, reunirse e interrelacionar de manera informal. Este tercer espacio tenía las características: Neutral, inclusivo, la principal actividad es la conversación, accesible, todos bienvenidos, familiaridad, perfil bajo, actitud lúdica, uno se siente como en casa.

Posteriormente, teóricos como Edward Soja (1996) y Homi Bhabha (2004) definieron el 'tercer espacio' como un espacio mental, una forma de definir de manera muy precisa la condición del que habita en las urbes contemporáneas y que normalmente no es originario de las mismas. Una especie de zoco mental que no está ni en el lugar de origen ni en el de acogida, sino en otro tercero, mezcla de los dos anteriores.

Esta segunda noción recoge muy bien el potencial de la ciudad socialmente sostenible, la ciudad donde los individuos se exponen a una suerte de serendipia, a la opción de lo inesperado y a la posibilidad de encontrarse con un otro diferente, que se convierta y les convierta en menos extraños. Esto para mí es lo que define la esencia de la sostenibilidad urbana, define un espacio donde hay comportamientos esperados, pero también potenciales, no determinados, con libertad para la espontaneidad. Uno en ese contexto siente que puede ir y volver cuantas veces quiera, y siempre encontrarse bien, seguro, sin necesidad de necesitar un entorno guettificado.

¿Qué ciudades cumplen esas características y quién contribuye a su diseño? En los rankings de las ciudades más sostenibles, como el que realiza la consultora Arcadis , siguiendo criterios de sostenibilidad de Naciones Unidas, que incluye aspectos sociales, medioambientales y económicos, y evalúa la vida en 100 ciudades de todo el mundo con mejor calidad de vida, las ciudades top comparten algunas características, pero no la esencial: la de potenciar la interacción social a distinta escala. Frente a las ciudades de estos rankings, considero que las ciudades socialmente sostenibles son aquellas que están formadas por vecindarios, barrios vertebrados, entre los que uno puede desplazarse fácilmente ya sea caminando, o mediante una red multimodal de transporte público accesible. Se trata de ciudades en las que a menudo, arquitectos y diseñadores (cuyo rol es el de coreografiar la vida diaria de los habitantes de las ciudades), han tenido responsabilidad a la hora de definir, diseñar e implementar espacios para convertirlos en oportunidades de interacción.

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Así, han diseñado espacios públicos más allá de plazas o parques, como por ejemplo el Mercado de Rotterdam del estudio holandés, MVRDV, o el edificio de viviendas de City Hyde Park, de Studio Gang en Chicago, que considera que lo que se debe enfatizar son las relaciones interpersonales.

Otro ejemplo lo tenemos en la peatonalización de Times Square, en la ciudad de Nueva York, en la que intervino la firma Snohetta. Ellos introdujeron bancos de granito para permitir a la gente la posibilidad de pararse y así adueñarse del espacio, convirtiéndoles con ese gesto, en ciudadanos, cuando antes meros extraños que circulaban por millones diariamente.

Muchos son los arquitectos y diseñadores que reivindican la necesidad del espacio público como garante de equidad y democracia, y diseñan pensando en promover un espíritu de comunidad y favorecer la interacción. Sin embargo, el desacato y la contestación a los planes construidos por parte de la ciudadanía, son a la vez una constante, y una parte interesante en el debate sobre la sostenibilidad, que nos acerca a la noción de resiliencia como una característica esencialmente humana, que tiene que ver con la capacidad del ser humano de improvisar y crear instantes de interacción inesperados.

Hay infinitos ejemplos de cómo la gente subvierte el propósito para el que muchos espacios fueron concebidos, y frente a planes tendentes a favorecer encuentros catalogables en base a su duración e intensidad, se impone la realidad del uso

Esto sucede en asentamientos inesperados como el que hay desde finales de los años 60 en el cementerio de El Cairo, donde hay talleres mecánicos, negocios de orfebres, tiendas o cafés y por supuesto, en ciudades supuestamente en paz, pero aquejadas de un estado de conflicto, un nuevo modo de cabreo exhibido en forma de violencia callejera insospechada que se desata y desestabiliza el deambular diario, con ocupación de plazas, cortes de calles, acampadas en aeropuertos, como en el París de los chalecos amarillos, en la Barcelona indepe, en Santiago de Chile, Hong Kong, Quito o Caracas.

La ciudad contemporánea no es aún una ciudad sostenible, pero puede serlo, una de las variables clave del factor “S” de la sostenibilidad, es lo social, una característica fundamentalmente humana que nos aleja de la automatización. Las personas necesitamos terceros espacios, lugares de convivencia, ya sea ésta previsible o espontánea. Una ciudad es más sostenible si en ella es posible la serendipia, por eso mi ciudad favorita es una ciudad tercer espacio, y la tuya, ¿también lo es?

Nota del editor: Cristina Mateo es Vicedecana de IE School of Architecture and Design. Las opiniones expresadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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