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El sistema alimentario se vuelve resiliente después del COVID-19

Las empresas pueden elevar su resiliencia al diversificar a sus proveedores y canales de distribución para lograr que sus cadenas de suministro funcionen de manera efectiva, opina Manuel Ostos.
mié 19 agosto 2020 09:00 AM

(Expansión) – Para llegar a nuestras mesas, los alimentos hacen un largo recorrido a través de un engranaje que había logrado encontrar el equilibrio entre garantizar el abasto, anticipar el consumo, evitar el desperdicio, y prever la oferta y la demanda.

Sin embargo, la llegada de la pandemia sacudió los cimientos del sistema alimentario global: en cuestión de semanas tuvo que enfrentar una gran presión, ajustarse rápidamente a nuevos escenarios y realizar cambios radicales, lo que inevitablemente expuso muchas de sus vulnerabilidades y planteó desafíos para consumidores, gobiernos y corporaciones.

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El impacto de un evento tan disruptivo como el COVID-19 ha resonado en áreas clave de dicho sistema. En principio, la producción se interrumpe al haber una escasez grave de mano de obra en los cultivos. En los últimos meses, ésta ha sido insuficiente para levantar ciertas cosechas por temor del contagio debido a la interacción y el manejo de los productos agrícolas.

Algo similar ha ocurrido en los centros donde se procesan y empacan los alimentos. Como consecuencia del aumento de las infecciones, varias plantas se han visto obligadas a cerrar sus puertas o limitar sus actividades. Esto ha provocado un aumento acelerado de los precios, debido a los esfuerzos por proteger la salud del personal y reforzar el empaque de los productos a fin de evitar que se contaminen.

Asimismo, la distribución de comestibles se alteró. Por un lado, los gobiernos impusieron restricciones en el flujo de productos como parte de sus iniciativas para evitar la propagación del COVID-19, provocando intermitencias o suspensiones.

En consecuencia, los productores se enfrentaron a escenarios en los que no les era posible cosechar, almacenar o vender sus mercancías, en tanto que los consumidores se enfrentaban al aumento de precios y a la incertidumbre en el suministro.

Finalmente, los consumidores optaron por medios no tradicionales para comprar comida. El confinamiento los orilló a dejar de acudir a los supermercados, por ejemplo, y realizar sus compras a través de los canales de comercio electrónico, u ordenar sus alimentos preparados a través de aplicaciones móviles.

Si bien la emergencia sanitaria no alteró radicalmente cuánta comida se consume, sí provocó una reestructuración en cómo las personas la adquieren, y los nuevos patrones de consumo rompieron el delicado equilibrio entre la oferta y la demanda.

Lo cierto es que el nuevo contexto le está permitiendo a las organizaciones de la industria alimentaria reinventarse, así como adaptar sus modelos de negocio y ajustar sus cadenas de suministro para afrontar los nuevos retos, especialmente cuando aún hay incertidumbre sobre el futuro del sistema alimentario.

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La Central de Abastos reduce su intensa actividad para detener al COVID-19

De ahí que los próximos seis a 18 meses sean críticos para que sus líderes determinen la ruta de sus organizaciones hacia la recuperación y prosperidad. Para lograrlo, lo ideal es hacer un análisis que les permita identificar escenarios futuros de acuerdo con dos factores críticos.

Por un lado, la situación imperante, donde se determine el impacto de la pandemia en términos de su severidad y la disrupción económica asociada. Por otro, la respuesta; esto es, el nivel de colaboración entre los miembros de una comunidad, un país o a escala global.

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Estos escenarios ayudarán a diseñar estrategias de contingencia que los preparen para un futuro incierto. Entre las acciones inmediatas, los elementos que conforman el sistema alimentario global pueden enfocarse en mejorar su planeación mediante el diseño de estrategias de contingencia, protocolos de mitigación de riesgos que les permitan reaccionar y adaptarse más rápidamente a las nuevas condiciones, así como integrar a proveedores y distribuidores en una planeación de ventas y operaciones más coordinada.

Asimismo, hacer más flexibles las cadenas de valor alimentarias con el objetivo de adaptar la producción y el suministro para poder absorber los impactos que pudieran sufrir la oferta y la demanda, además de implementar tecnologías que permiten tener visibilidad completa de la cadena de suministro y automatizar almacenes para priorizar los productos de mayor demanda.

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Finalmente, las empresas pueden elevar su resiliencia al diversificar a sus proveedores y canales de distribución para lograr que sus cadenas de suministro funcionen de manera efectiva.

Somos conscientes de que la crisis provocada por el COVID-19 ha generado cambios en qué, dónde y cómo nos alimentamos, al igual que en los modos de producción y distribución necesarios para llevar la comida a nuestros hogares, pero se están abriendo nuevas ventanas de oportunidad y mejora para ser más resistentes a disrupciones como la que estamos viviendo, para ser capaces de producir y poner a disposición de la población alimentos nutritivos, accesibles y sustentables.

Nota del editor: Manuel Ostos es Socio Líder para la Industria de Retail en Consultoría, Deloitte México. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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