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Nuestras Historias

Inversión y cambio de chip en rescate de la educación

Un plan nacional de conectividad con respaldo gubernamental y de la IP encontraría inversionistas dispuestos a asociarse a una fórmula ambiciosa y bien articulada, opina Rodrigo Villar.
vie 04 septiembre 2020 12:59 AM

(Expansión) – La inversión implica limitaciones temporales en aras de un bien mayor futuro: tal como millones de padres no escatiman sacrificios por la educación de sus hijos. Por eso insistimos aquí en la emergencia educativa agudizada por la pandemia: es mucho lo que puede hacerse para evitar la catástrofe y mejorar la perspectiva a partir de ese sencillo, pero poderoso principio. Además, en este momento es difícil pensar en otra causa tan apropiada para entender cómo funciona la inversión de impacto.

Proponemos aquí dos alternativas perfectamente viables que han formulado especialistas en educación, vistas desde el prisma de la inversión de impacto y a manera de ejemplos de cómo ayuda a abrir caminos ante callejones que parecerían sin salida. Más aún, porque no podemos aceptar que en un país como el nuestro “no había de otra” más que la televisión convencional, para luego volver a más de lo mismo en “la nueva normalidad”.

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Había y hay opciones. Si lo dudan, los reto a ver una hora de la soporífera programación educativa oficial que se está transmitiendo. Como dicen, la necesidad es la madre de la creatividad.

Con datos del INEGI, sólo uno de cada tres hogares con estudiantes cuenta con conexión de alta velocidad. Ni siquiera la cobertura de televisión llega al 100 por ciento, ya no hablemos de las evidentes limitaciones pedagógicas de este medio no interactivo. ¿Por qué no complementar el convenio con las televisoras con acuerdos con los carriers de Internet y que la emergencia se aproveche para dar un salto cuántico en la inclusión digital?

Necesitamos voltear a ver lo que pasa en el mundo más allá del ensimismamiento de la política mexicana. Por ejemplo, cómo marcha a todo motor el Plan España Digital 2025, que implica inversiones por 140 mil millones de euros para asegurar el acceso generalizado al mundo 5G. ¿No podríamos hacer algo equivalente?

Ya existe cobertura territorial para dar acceso al 90% de la población y se podría invertir en la conectividad de zonas apartadas y marginadas con hotspots y planes de conexión subsidiados temporalmente. En el mediano plazo vienen inversiones masivas de empresas como Amazon en satélites. Deberíamos prepararnos para tomar esas oportunidades y qué mejor que lanzar ese esfuerzo en sintonía con el apoyo a alternativas para la contingencia como la propuesta del Cinvestav de Núcleos por la Educación.

La idea es crear masivamente grupos de cuatro niños que, con las debidas medidas de seguridad sanitaria, se reunirían para tomar clases en línea con sus profesoras y los padres de familia como auxiliares, cada casa una semana al mes. Así, no se quedarían sin retroalimentación, supervisión e interacción social, y quedaría un legado perdurable, al dejar sembradas capacidades digitales indispensables para el futuro. No es una quimera: países como Paquistán están tomando estos senderos, con cofinanciamiento de agencias internacionales e incentivos para que inversionistas y provincias se involucren.

Un plan nacional de conectividad con respaldo gubernamental y de la iniciativa privada encontraría inversionistas dispuestos a asociarse a una fórmula ambiciosa y bien articulada. Podría inclusive ser el banderazo de salida para incursionar en serio en esquemas tan prometedores como los Bonos de Impacto Social.

Hacia delante, hay opciones como las escuelas piloto. El gran economista estadounidense Thomas Sowell publicó en junio el libro Charter Schools and Their Enemies, en el que hace una minuciosa revisión estadística sobre la pertinencia de este modelo, como vehículo para abatir los seculares rezagos de estudiantes afroamericanos e hispanos en comunidades de bajos ingresos.

Se trata de escuelas consideradas públicas, al ser financiadas con presupuesto gubernamental, pero cuya operación está bajo control de asociaciones independientes e incluso de empresas a través de contratos con autoridades locales. El esquema se ha replicado en varios países con programas piloto y diversas estructuras de financiamiento público, privado o mixto.

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El gobierno de México pagará a televisoras 450 mdp por transmitir clases

La ventaja es que, libres de ataduras sindicales o burocráticas, se da pie a la innovación y al desarrollo de fórmulas adecuadas a las circunstancias de cada comunidad o grupo de estudiantes. Abren la posibilidad de elección, manteniendo la gratuidad, pero el financiamiento y la continuidad de cada escuela depende del cumplimiento de resultados concretos en pruebas estandarizadas.

No es la primera vez que Sowell se ocupa de la educación. Lo ha hecho desde su propia experiencia como estudiante afroamericano que asistió tanto a escuelas segregadas como integradas. Ahora demuestra, con evidencia empírica, cómo las charter no sólo superan a las públicas tradicionales en logro académico medible tomando en cuenta a los mismos grupos demográficos de bajos recursos o minorías: en muchos casos han eliminado las distancias e incluso han rebasado a los mejores planteles de las zonas de mayor nivel socioeconómico, como ha ocurrido entre colegios de Harlem Vs los de distritos afluentes de Nueva York.

El modelo es coherente con dos principios fundamentales de la inversión de impacto: 1) las comunidades y sus emprendedores sociales (incluyendo maestros) suelen conocer mejor que las autoridades centrales sus propios problemas y opciones prácticas para resolverlos; 2) pagar por resultados, no por actividades.

En México podríamos empezar con programas piloto en zonas escolares hartas de la falta de resultados. Cabría la complementación de gobiernos, fundaciones e inversionistas para fondear a proyectos de emprendedores comunitarios bajo esquemas de pago por resultados.

Es un tema polémico, con fuerte oposición sindical, pero ante el marasmo de la educación en México, ¿no vale la pena al menos intentar algo distinto? Apuesto a que muy pocos padres de familia identifican algún cambio concreto de cada una de las reformas educativas sexenales. En cambio, sí sabemos de cosas prácticas que podrían hacerse ya en la escuela de nuestros hijos, sin tantos discursos.

Habría que cambiar de chip. Como dijo Einstein: “Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”.

Nota del editor: Rodrigo Villar es un emprendedor social y Socio Fundador de New Ventures, donde busca transformar la manera tradicional de hacer negocios y crear un nuevo modelo empresarial que perciba el impacto como status quo. Cuenta con un MBA del Royal Melbourne Institute of Technology y estudió la carrera de Contabilidad y Administración Financiera por el Tecnológico de Monterrey. Síguelo en Twitter y/o en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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