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Nuestras Historias

La torpe reacción del gobierno mexicano ante el triunfo de Biden

Es deseable que el gobierno mexicano acepte la nueva realidad y que deje de cometer dislates con el gobierno entrante del país más poderoso del mundo, opina Horacio Vives Segl.
mar 10 noviembre 2020 11:57 PM

(Expansión) – Sin haber reconocido aún Donald Trump el resultado de las elecciones presidenciales, de insistir en la narrativa del fraude -que sólo está en su cabeza-, de interponer recursos judiciales y mantener una estrategia polìtica que hace más ominosa su derrota, ya está definido que Joe Biden será a partir de enero de 2021 el próximo presidente de Estados Unidos.

Falta, por supuesto la sesión del Colegio Electoral el 14 de diciembre en que oficializará lo que ya todo mundo damos por descontado después de las agónicas confirmaciones de los conteos estatales del fin de semana, particularmente de Pensilvania, que resultó el estado clave para denifir al ganador.

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Del lado de la campaña demócrata hay que señalar la mesura y responsabilidad política de Biden. Actuó siempre proyectando confianza —como quien sabe que las proyecciones de los resultados, aunque ajustadas, le terminarían por dar el triunfo— y combinando, al tiempo, firmeza y paciencia, para no descarrilar el proceso.

La decidida participación de Barack Obama en la recta final de la campaña fue, sin duda, un activo importante para sumar en la definición del resultado; pero tras la elección pudimos, por fin, escuchar en la voz de Biden un discurso de un verdadero jefe de Estado y líder global, algo que ha estado ausente por cuatro años en Estados Unidos y que el mundo entero echaba mucho de menos.

Notable también el vibrante discurso de Kamala Harris, con la potencia de dignificar a las mujeres y todas aquellas minorías y sectores sistemáticamente ninguneados por el hoy perdedor, próximamente ex habitante de la Casa Blanca.

Gobierno dividido y polarización política y social

Biden tiene frente a sí algunos desafíos inmediatos de la mayor importancia. El primero, que en las nueve semanas y media que quedan por delante para el cambio de administración, un irracional e iracundo Trump en el ocaso —pero aún con un poder nada despreciable— haga todo lo posible por descarrilar el proceso de transición de gobierno.

La solidez de las instituciones estadounidenses hacen poco factible que Trump tenga éxito, pero sin duda “la hará cansada” todo lo que pueda.

Luego, todo parece indicar, Biden se enfrentará a un Senado que probablemente seguirán dominando los republicanos (aunque falta que se defina, en sendas segundas vueltas electorales a celebrarse en enero en Georgia, el destino de sus dos escaños), por lo que la negociación será fundamental para su agenda de gobierno y el desmantelamiento del legado destructivo que heredará: una polarización extrema, donde el respaldo social y los recursos políticos de la derecha populista siguen siendo demasiados y muy peligrosos.

Donald Trump fue un presidente divisivo desde su toma de protesta. Sus permanentes discursos y actitudes generaron constantes animadversiones y enfrentamientos, tanto doméstica como internacionalmente. El panorama, en ese sentido, es poco halagador.

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Retorno responsable en la escena internacional

Mucho tendrá que hacer Biden para reparar el daño causado tanto en el mismo “tejido social” al interior de Estados Unidos como en sus relaciones internacionales, buscando restablecer su tradicional liderazgo.

De entrada, ya anunció que uno de sus primeros actos será volver al Acuerdo de París. Seguramente sucederá lo mismo con la OMS, y veremos que pronto se volverán a tender puentes —vapuleados y desvencijados por Trump— con sus aliados tradicionales, mientras que, del otro lado, probablemente vendrá una nueva etapa de tensión con Rusia, China y Corea del Norte.

Las naciones y los organismos multilaterales tendrán de vuelta a un gobierno de Estados Unidos con una actuación profesional y predecible. Por eso queda claro por qué todos los países con gobiernos democráticos ven con gran alivio el cambio de gobierno en Estados Unidos, particularmente sus tradicionales aliados europeos y asiáticos

México y su apuesta fallida

En cuanto a la relación bilateral con México, hay algunos apuntes que es importante destacar. Es una obviedad que el gobierno mexicano ha apostado excesivamente, y mal, por Trump. El lamentable episodio de la visita de López Obrador a Washington —la única que ha hecho al extranjero como presidente—, con el pretexto de relanzar el nuevo tratado de libre comercio de América del Norte, tuvo la inequívoca lectura de una lógica política cortoplacista tendiente a respaldar a Trump en plena contienda electoral.

Bien recordamos que, como era de esperarse, el primer ministro de Canadá no se prestó a tomarse la foto, en plena pandemia, con dos populistas irresponsables, por lo que de plano no asistió al evento.

Visto en perspectiva, ese incidente no fue más que el preludio a la más que desafortunada reticencia del presidente mexicano y su gobierno para sumarse al alud de felicitaciones que todas las democracias del mundo (e inclusive alguno que otro autócrata) han enviado a Joe Biden ante la consumación de su victoria.

Pero, fiel a su estilo —anteponiendo mañas, resentimientos y fobias personales—, López Obrador ha optado por negar la realidad evidente y sumarse a la actitud negacionista de Trump, volviendo así a darle un espaldarazo.

El gobierno mexicano y su grey han quedado atrapados en su propia trampa: ante el efecto multiplicador que puede tener el triunfo de Biden, en el sentido de que sí es posible derrotar en las urnas a gobiernos populistas.

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El lopezobradorismo opta una vez más por sumarse al club de los impresentables, junto con Vladimir Putin o Jair Bolsonaro, para minimizar el impacto en el tablero político-electoral doméstico del contundente triunfo de su némesis (un demócrata liberal, respetuoso de las instituciones, defensor de la ciencia y de los hechos) en la primera potencia mundial.

Son malas decisiones que garantizan consecuencias negativas a partir de enero de 2021. Pero es importante distinguir entre lo que esas consecuencias pueden perjudicar a México, y lo que pueden perjudicar los intereses políticos del gobierno mexicano. Lo cierto es que lo más probable es que a México, como país, le vaya mejor con el cambio de administración en Estados Unidos.

Relación bilateral compleja

Partamos de un hecho incontrovertible: ambos gobiernos (y los de todos los países, en realidad) ponen en primer lugar su interés nacional. Asumiendo esa lógica, el gobierno de Estados Unidos vela ante todo por su agenda e intereses.

En la relación asimétrica que tiene con México, ciertamente es fácil que le saque provecho a nuestra debilidad ante su poderío. La administración estadounidense sabe que puede presionar para que su vecino “se ajuste”, pero usualmente lo hace de manera contenida, para evitar repercusiones negativas a mediano y largo plazo.

Pero la administración de Trump no se contuvo. Al estilo de la casa, desplegó sin tapujos y con infame prepotencia todos los instrumentos posibles de presión… y el gobierno mexicano, tanto con Peña Nieto como con López Obrador al mando, invariablemente cedió.

Por citar solo dos de sus éxitos más oprobiosos, recordemos la amenaza de imponer aranceles a productos mexicanos que dio lugar a un nuevo acuerdo comercial, o la militarización de nuestra frontera sur para detener —sin éxito, pero con un alto costo para nuestro país— el flujo de migrantes de Centroamérica hacia Estados Unidos.

En esa perspectiva, nuestro país saldrá ganando por lo menos en el sentido de que, a partir de enero próximo, tendrá frente a sí a un interlocutor responsable, profesional y previsible, que tratará sin displicencia (sello de la casa Trump) a México.

Pero también es cierto que en asuntos específicos de la agenda bilateral será irremediable el choque de visones. Pongamos un par de ejemplos. En el tema energético, la nueva administración estadounidense enfrentará la insistencia en el uso de combustibles fósiles por parte del gobierno mexicano (en lo que mucho se asemejaba a la política de Trump al respecto). Biden ha sido claro en que realizará una fuerte apuesta por las energías renovables.

Es de esperarse que, siendo ambos países firmantes del revitalizado Acuerdo de París, Estados Unidos presionará para que México avance hacia los objetivos que debe cumplir para producir energías limpias.

Por otro lado, las disposiciones en materia laboral que habrán de cumplirse como efecto del vigente tratado de libre comercio tendrán nuevas implicaciones cuando en Estados Unidos gobierne un partido que tiene de su lado los sindicatos.

Tiene de su lado también, por cierto, a las minorías étnicas (entre ellas particularmente la méxico-americana, que votó por Biden en más de un 70%), por lo que —algo quizá más importante que todo lo anterior— será sin duda abandonada y enterrada la abyecta retórica sobre “el muro” en la frontera y es previsible que habrá una relación menos ríspida respecto a temas relacionados con la migración.

OPINIÓN: ¿El fin de la era Trump?

En todo caso, lo deseable y esperable es que el gobierno mexicano acepte, y más vale pronto que tarde, la nueva realidad, y que deje de cometer dislates con el gobierno entrante del país más poderoso del mundo y con el que tenemos la relación bilateral más importante y delicada.

Nota del editor: Horacio Vives Segl es licenciado en Ciencia Política por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y doctor en Ciencia Política por la Universidad de Belgrano (Argentina). Síguelo en Twitter . Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad del autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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