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Nuestras Historias

2 años de vacas flacas para la inversión en México, ¿cuántos más?

Hace dos años, México era vanguardia como polo de atracción para proyectos eléctricos renovables, con récords mundiales de bajos costos por kwHr en subastas de largo plazo, apunta Rodrigo Villar.
vie 04 diciembre 2020 12:02 AM

(Expansión) – El saldo del actual gobierno de México en materia de inversión es pésimo: la ha llevado a su punto más bajo en 25 años, menos de 18% respecto al PIB. La pandemia cuenta, pero el desplome de la inversión privada, 90% del total, viene desde 2019, precipitado por causas internas plenamente identificables con la historia política de estos dos años.

En retrospectiva, difícilmente podía haberse esperado un desenlace distinto cuando la carta de presentación fue cancelar el aeropuerto de Texcoco, una de las mayores obras de infraestructura del mundo, a un costo que podría llegar a 140,000 millones de dólares. ¿Sólo para decir “¿Quién manda aquí?” Ahora se levanta otro desde cero, con serias dudas de que pueda ser operativo, pagado con dinero público y construido por el Ejército. Pronto vendría otra farsa de consulta ciudadana para clausurar la construcción de la planta cervecera de Constellation Brands en Mexicali y el acoso a la inversión en energía.

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Hace dos años, México era vanguardia como polo de atracción para proyectos eléctricos renovables, con récords mundiales de bajos costos por kwHr en subastas de largo plazo. Según la Plataforma México, Clima y Energía, podríamos ya haber perdido 12,000 millones de dólares en costo de oportunidad de inversión, ante la suspensión de subastas de generación y líneas de transmisión.

De acuerdo con la Agencia Internacional de Energía, este año la inversión eólica y solar se contrajo 60 y 40% respectivamente en México. El precedente de arbitrariedad y aun ilegalidad con que se ha pretendido imponer un modelo energético anacrónico y ruinoso para el erario y el medio ambiente presagian una sequía mayor en uno de los principales motores de crecimiento para la economía post COVID-19 en el mundo.

Han pasado tantas cosas en estos dos años que han erosionado el clima de negocios que se olvidan decisiones absurdas como la liquidación de Proméxico, bajo razonamientos completamente superficiales e inclusive mentiras: “¿Han visto un Pro Alemania?”. Bastaba checar en Google: hasta gobiernos subnacionales invierten en oficinas de ese género en varios países, incluyendo el nuestro: las hay de Florida, Castilla-León o Baviera, cuya representación está justamente en el edificio del German Centre Ciudad de México.

También se echaron por la borda las Zonas Económicas Especiales (ZEE), cuando había unos 2,900 millones de dólares en proyectos privados ya caminando, más una prospectiva de inversiones potenciales superior a 42,000 millones de dólares. Se trataba de reducir las brechas de desarrollo del Sur-Sureste, así que uno hubiera esperado que el gobierno de “primero los pobres” adoptaría el programa y elevaría las metas.

Este modelo fue precursor del despegue de China y su hazaña de sacar de la pobreza a más de 745 millones de personas. El paradigma es Shenzhen: desde que se instauró su ZEE, en 1979, el PIB per cápita local aumentó 150 veces, para pasar de puerto pesquero a centro logístico y tecnológico, sede de compañías como Huawei, ZTE y Tencent.

En cambio, para el crecimiento de nuestro Sur-Sureste, la 4T apuesta básicamente a la siembra de árboles frutales; el corredor logístico del istmo, pero sin la competitividad y proyección que le daban las ZEE de Salina Cruz y Coatzacoalcos; una refinería que no se necesita y que si algún día está lista será obsoleta; el Tren Maya, de dudosa viabilidad económica pero seguro e irreversible impacto ambiental. No por nada la inversión privada es prácticamente inexistente en estas “prioridades”, salvo en la forma de contratismo.

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Para cerrar con la comparación con China: como parte de su plan de recuperación, recién anunció inversiones públicas y privadas en infraestructura digital y 5G por 1.4 billones de dólares en cinco años. En México, con el sello de la “austeridad republicana”, incluso se desapareció la Subsecretaría del ramo. Mientras vemos la desinversión de Telefónica, que se deshace de su espectro radioeléctrico por el costo –el más alto de la región–, la Miscelánea Fiscal 2021 todavía lo eleva 7%.

En esas condiciones no puede sorprender que no se cumpla el compromiso de que este año habría Internet en todo nuestro territorio, tal como no llegamos a diciembre con la promesa cumplida de un sistema de salud comparable al danés mientras se hostiga y desplaza al sector farmacéutico nacional. Tampoco el de que creceríamos al 4% anual, mientras buena parte de las pymes pasa aprietos de liquidez que comprometen su supervivencia y sin ningún apoyo.

¿Podemos superar las “vacas flacas” en 2021? En teoría es factible, ante un contexto global de tasas cero o negativas, las oportunidades de la relocalización de cadenas productivas (nearshoring) y el interés de inversionistas en proyectos sustentables (impacto y ESG), compatible con un gobierno en teoría progresista. Pero se requiere visión del Siglo XXI, Estado de derecho, sinergia público-privada, realismo y pragmatismo; no ocurrencias y obstinación ideológica, imposición, incertidumbre jurídica y visión del Siglo XX o del XIX.

De poco ayuda un tercer Acuerdo Nacional de Inversión en Infraestructura del gobierno y una representación de la iniciativa privada, máxime con varias obras que ya estaban programadas, refritos y, más que inversiones frescas, contratos a la segura. Menos aún si el mismo día de la firma se acepta la prohibición de la subcontratación laboral con penas de cárcel.

De hecho, ayudaría más si dicha representación empresarial, en vez de prestarse a actos que tienen más de contemporización y simulación que de acuerdo real, se manifestara, con claridad y sin ambages, contra éstas y las demás razones detrás de la crisis de la inversión privada en México.

Nota del editor: Rodrigo Villar es un emprendedor social y Socio Fundador de New Ventures, donde busca transformar la manera tradicional de hacer negocios y crear un nuevo modelo empresarial que perciba el impacto como status quo. Cuenta con un MBA del Royal Melbourne Institute of Technology y estudió la carrera de Contabilidad y Administración Financiera por el Tecnológico de Monterrey. Síguelo en Twitter y/o en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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