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El peor populista en la historia de México

La visión setentera que se buscaba en México era un Estado ‘todopoderoso’, que cubriera las necesidades de la gente sin depender de fuerzas económicas ajenas, señala Claudio Rodríguez-Galán.
mié 28 abril 2021 11:58 PM
Presidencia de México - presidente mexicano
El presidente sabía lo que hacía y cuestionarlo era peor que beber “las aguas negras del imperialismo”, señala Claudio Rodríguez-Galán. (Foto: iStock)

(Expansión) - Hace dos años nadie imaginaba la situación pandémica actual, pero hay países que han respondido a la altura del desafío. Algunos actuaron con responsabilidad y eficiencia; otros con paternalismo setentero disfrazado de profesionalismo.

Todos los países son iguales, pero hay países más iguales que otros.

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En lo personal, me da la sensación de que el mundo regresa a los origines de los movimientos sociales mundiales de la década de los 60, cuando pugnaban por mayores derechos, libertades, distribución y equidad distributiva, y los cuales, siendo justos, tenían argumentos válidos a esgrimir, pero que fueron secuestrados por líderes populistas que llevaron a los reclamos sociales al rotundo fracaso y a un círculo de error-fracaso-error.

La visión setentera que se buscaba en México era un Estado ‘todopoderoso’ y paternalista, el cual cubriese las necesidades de la población sin depender de fuerzas económicas ajenas o extrañas, y controlando los sectores económicos nacionales más importantes mediante la creación de un sinnúmero de empresas paraestatales, cerrando fronteras mediante la visión de sustitución de importaciones.

Esos gobiernos no supieron traducir los reclamos sociales en programas efectivos, eficientes y concretos; en su lugar, destinaron sus esfuerzos a infectarlos de ideologías personales, intereses económicos familiares, proyectos onerosos, revanchas y posiciones unipersonales y defensas antidemocráticas.

Quienes no lo lograron –y ante sus propios errores culparon a oscuras fuerzas extranjeras productoras de secretas invasiones que, inclusive, se materializaban en villanos en refrescos de consumo masivo– empezaron a señalar a los ancestrales enemigos de la Nación, sin señalar como verdaderos y únicos culpables a la vigente y personalísima corrupción, ineptitud y propias ineficientes decisiones. Se distraía la atención con frases pegajosas y ridículas como “sin maíz no hay país”.

Se confundía la democracia con la legalidad. Se pretendía que votos mayoritarios en el proceso legislativo fuese sinónimo incontestable de constitucionalidad. Quien lo observase con fundamentos, se volvía enemigo de Juan Escutia.

Se intentó que fuese el Estado el que pudiera atender todas, absolutamente todas las necesidades económicas del país, buscando la soberanía económica, para lo cual se crearon un sinnúmero de empresas paraestatales monopólicas gestionadas por personajes obscuros y que, plagados de corrupción, nepotismo y amiguismo, solo produjeron entidades ineficientes, onerosas, corruptas, atrasadas y retrógradas.

Los errores estatales los pagaba el pueblo. Se confundía lo estatal con lo público. Si el Estado se equivocaba, lo pagaba la población con atraso educativo, nula infraestructura, escaso progreso, carencia de oportunidades, falta de empleo, falta de inversiones, o deudas financieras públicas inmensurables. La gente migraba a Estados Unidos y luego se aplaudía como éxito el que mandasen remesas frescas a México.

Pero bueno, el presidente sabía lo que hacía y cuestionarlo era peor que beber “las aguas negras del imperialismo”.

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Se exacerbó la visión dogmática de una persona inteligente pero que, sin duda, tenía desconocimientos descomunales y profundos en economía, finanzas, derecho y el fenómeno de globalización.

Se centralizó la economía en Los Pinos. Pese a esas deficiencias personales, pretendía decidir y dominar todo lo que él consideraba necesario. Total, se entendía la encarnación del Estado en persona. Un autócrata.

Se prohibía tácitamente contradecir a quien, en su dogmática visión de un país que necesitaba impulso, decidió llevarlo a su pasado, el cual, sin duda con momentos gloriosos, estaba plagado de luchas personales de poder, fraudes, caudillos, ideologías, individualismos y que se materializaba en riquezas personales inmensas para él y sus futuras generaciones, incluyendo los negocios familiares en torno a su proyecto en el sureste mexicano: Cancún.

Por cierto, me estoy refiriendo al impresentable de Luis Echeverría Álvarez, el primero, pero no el último populista de la historia de México.

Todos los populistas son iguales, pero hay algunos populistas más iguales que otros.

Nota del editor: Claudio Rodríguez-Galán es socio de la Práctica de Energía de Thompson & Knight. Está clasificado como un “Abogado Líder en Energía”, mexicano y global por varias publicaciones internacionales, incluyendo Global Chambers, Chambers & Partners, Legal 500 y Who’s Who Legal. Claudio tiene más de 18 años ininterrumpidos ejerciendo el Derecho Energético. Es Maestro y candidato a Doctor en Derecho. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

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