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La rigidez de Joe Biden se quebró en Afganistán

La planeación y la ejecución deficientes, lejos de presentar una solución, convirtieron a la retirada el problema más grande enfrentado hasta ahora por el presidente de EU, considera Antonio Michel.
vie 20 agosto 2021 12:10 AM

(Expansión) - Joe Biden no fue el primer presidente de Estados Unidos (EU) en anunciar acciones en torno al retiro de tropas en Afganistán. Sus dos antecesores inmediatos lo hicieron en su momento. Obama anunció el cese del conflicto bélico en 2014, mientras que Donald Trump propuso un plan de salida al final de su administración.

Desde la campaña y el inicio de gobierno, Biden prometió retirar los últimos elementos hacia finales de este año; incluso eligió la fecha emblemática del 11 de septiembre, en alusión al vigésimo aniversario de los atentados terroristas de 2001. La idea no sólo era predecible, sino esperada por una parte significativa de la población.

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Sin embargo, la planeación y la ejecución deficientes, lejos de presentar una solución, convirtieron a la retirada el problema más grande enfrentado hasta ahora por Biden.

La presencia militar estadounidense en Afganistán no fue un acierto desde el inicio. A raíz de un conflicto particular contra grupos extremistas islámicos, la intervención en asunto internos, la injerencia en estrategias bélicas y el financiamiento condicionado tuvieron un impacto considerable en ese país.

La guerra más larga que haya enfrentado EU representó gastos de más de 145,000 millones de dólares, pero el costo más elevado fue las miles de vidas perdidas. Además, el objetivo principal de debilitar o erradicar el control talibán tampoco se cumplió, por lo que muchos estadounidenses percibían un fracaso.

Su impopularidad era comprensible y evidente, por lo que parecía absurdo prolongar una misión sin éxito. No obstante, la obligación de Biden recaía en explicar la necesidad de quedarse en vez de salirse sin una planeación integral.

Washington tiene un fuerte compromiso con Afganistán. Las cuestiones de seguridad nacional que hayan orillado a George W. Bush a iniciar este conflicto no justifican la intervención en asuntos de otro país. Bajo la bandera de acabar con grupos terroristas y defender la democracia en el mundo, EU aportó financiamiento, cooperación técnica y capacitación al gobierno afgano.

El proceso duró dos décadas; si bien puede parecer mucho tiempo, es poco para construir un sistema de gobierno. La democracia no se consolida de un día para otro.

Las instituciones evolucionan a la par de su sociedad, ya que los cambios emanan de las peticiones y los intereses de las personas. Un país cuya trayectoria natural no había culminado en un modelo similar al estadounidense no se adaptará fácilmente a los cambios emanados. Ante esta situación, quien fuere presidente de EU debía tener presente que estas instituciones con soporte estadounidense probablemente desvanecería al desaparecer la base sobre la que se construyeron.

El segundo factor que debieron contemplar fue la formación y la estrategia de las fuerzas armadas de Afganistán. La derrota inmediata ante los talibanes no se debió a una falta de preparación, equipo o armas. La cooperación de Washington se encargó de proveer los recursos suficientes.

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Fue la falta de una coordinación entre los mandos medios y superiores lo que fragmentó a la defensa afgana. La capacitación se enfocó en las áreas más operativas y directas, mientras que los cargos altos y la parte de inteligencia permanecieron desarticuladas.

En tercer lugar, envía mensajes equívocos a sus aliados y enemigos. Tras la salida de tropas estadounidenses, era evidente que la OTAN reciprocaría la acción. Muchos países que suelen inclinarse por Washington ante estos escenarios, cuestionaron la rapidez con la que se llevó a cabo el plan, sin contemplar los efectos en los plazos mediano y largo.

Países rivales como China aprovecharon la coyuntura para fortalecer su imagen y capitalizar la falibilidad de Washington. Al interior, los opositores políticos como Trump no han perdido oportunidad para criticarlo e insistir en que los republicanos lo hubieran manejado mejor.

Finalmente, los servicios de inteligencia de EU padecieron de una miopía para anticipar los ataques del frente talibán. Incluso Biden, al sostener su decisión, aseguró que no había manera de que las ciudades y el gobierno afganos fueran sometidos por los talibanes. Incluso, indicó que, de ser el caso, el grupo extremista ganaría terreno y poder en 18 meses.

Semanas antes de siquiera oficializar la retirada, Kabul caía en manos talibanes y el presidente de Afganistán escapó ante el peligro y la derrota inminentes.

Biden consideró innecesario el costo económico y el desgaste de conservar elementos militares en Afganistán ante el incumplimiento del objetivo inicial. Washington no tiene cabida ya como la policía del sistema internacional. No obstante, éste puede ser el caso que marque la diferencia.

El presidente demócrata se ha caracterizado por su firmeza en proceder con sus promesas de campaña. Cabe recordar que, cuando algo se vuelve extremadamente rígido, cualquier fricción o tensión lo empuja al punto de quiebre.

Nota del editor: Antonio Michel estudió Relaciones Internacionales en el ITAM, donde es profesor, y tiene una Maestría en Administración Pública por la Universidad de Maxwell. Trabajó casi 7 años en la Administración Pública Federal, en las secretarías de Relaciones Exteriores, Desarrollo Social, Energía y Gobernación. Su pasión son los asuntos internacionales, los asuntos políticos y la administración pública. Síguelo en Twitter y en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

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