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La caída de WhatsApp y otros milagros

Lo que parece inverosímil no es la frustración por la inutilidad temporal de la aplicación, lo sorprendente es que nos quedamos congelados, considera Juan Domínguez.
vie 08 octubre 2021 12:09 AM

(Expansión) - Leí más de tres veces esta interesante frase “…se cayó WhatsApp y no pude hacer nada por más de seis horas”. En efecto, el lunes pasado se generó un efecto global, un hechizo mágico, algo que nos dejó con una peste de las descritas en el Antiguo Testamento: nos dejó virtualmente mudos.

A medida en que se restituía el servicio, aparecieron los memes: algunos que relataban gráficamente que vivimos 6 horas en la prehistoria, otros en burla del fundador de Facebook, muchos otros en una sátira de cada uno.

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Para los que somos asiduos de usar este sistema de comunicación, hubo un gran nivel de frustración, la cual se vio ampliamente reivindicada cuando se recuperó el sistema y recibimos una avalancha de respuestas, una sobredosis de endorfinas.

Lo anterior son solo hechos, quizás mezclados con las opiniones que los acompañaron, pero quizás vale la pena aventurarse a algunas reflexiones:

Se detuvo una plataforma de miles, pero eso de lejos detiene la vida. Siempre estuvo funcionando el teléfono ¿por qué no se nos ocurrió hacer una llamada? Ahora pareciera que el protocolo es pedir permiso para llamar por mensajería instantánea y luego marcar. Tampoco se perdió conectividad en el correo electrónico ¿ahora solo sirve la inmediatez? Jamás se interrumpió el sistema de SMS ¿”muy año 2000” andarse mandando mensajes de texto?

Visto en retrospectiva, la caída de los sistemas asociados a Facebook no debió haber generado nada diferente a una incomodidad, pero nos generó una parálisis, aún habiendo centenares de sistemas totalmente sustitutos y que cumplen el mismo propósito. Lo que mal causa curiosidad, desde el punto de vista del comportamiento, es entender la razón por la cual sentimos que perdimos la voz.

La verdad es que este sistema, cuya mayor penetración está en África (con índices de adopción superiores al 90%) y en América Latina (arriba del 82%), depende de tres cosas: tener la aplicación (que es gratuita), tener el teléfono de la persona y tener acceso a internet. Ninguna de esas tres dependencias las perdimos en realidad, pero sí perdimos la voz. No perdimos ni uno de los cinco sentidos, pero pareciera que nos los hubieran arrebatado todos. Tengo el nombre y el teléfono de la persona, pero no soy capaz de comunicarme porque la falta de la aplicación me nubla el pensamiento.

Pensemos en las plataformas de transporte, en las de transporte de comida, en las de venta de boletos y entradas. ¿Nos dejaríamos de transportar, de comer o de viajar porque estamos seis horas “incomunicados”? ¿Es tal la dependencia que se nos olvida que existen las llamadas telefónicas, que existe el servicio a domicilio, las agencias de viajes y el trabajo remoto sin necesidad de que exista la aplicación? ¿Qué hacía la gente hace 15 años para poder vivir?

Lo que parece inverosímil no es la frustración por la inutilidad temporal de la aplicación, lo sorprendente es que nos quedamos congelados. Hubo quienes borraron la aplicación y la volvieron a instalar, otros apagaron sus teléfonos, otros se pusieron a preguntar a los demás si les pasaba lo mismo. Mal de muchos, consuelo de tontos.

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Las conclusiones no son halagadoras. Decimos que el ser humano está por encima de la máquina y los sistemas, que tenemos condiciones y únicas e irreplicables. Pareciera que la subordinación a un sistema – habiendo muchos y mejores – demostró lo contrario, hasta el punto en que nos congeló, como si perdiéramos dos extremidades.

Este modelo de comportamiento global merece un estudio a fondo, ¿hasta qué punto nos hemos vuelto tan dependientes que aún con los cinco sentidos intactos no podemos operar? Nuestros antecesores, sin papel, pintaban en cavernas, ante la distancia se escribían cartas, para comunicarse se reunían en un café o se llamaban entre ellos… ¿Evolucionamos inversamente? Habrá expertos que pueden explicar esto de manera adecuada, esta dependencia con la inmediatez, que la resuelven muchos otros canales, y esta sensación terrible de inutilidad y falta de creatividad producto de que un sistema no opera, temporalmente.

También podrán los científicos del comportamiento explicar por qué ya no nos llamamos, sino que nos cruzamos mensajes de voz en una dinámica parecida a la clave Morse, donde uno comunica, y el otro descifra el mensaje y a su vez lo contesta.

¿Ya el teléfono no existe como medio de comunicación? Yo veo colas de gente comprando “teléfonos” que parecieran ya no servir para ello ¿Reunirse – así sea virtual – ya no existe? La realidad es que la mensajería instantánea cambió muchas cosas, pero no tantas como para que se nos olviden dos décadas de un plumazo.

Me propuso alguien ser un amigo “non internet”, es decir, no nos mandamos mensajes, no nos felicitamos con stickers, no nos enviamos mensajes de voz: o nos hablamos por teléfono o nos vemos. Creo yo que necesito más de esas amistades.

Lo que más me preocupa es mi vejez, porque ante la falla de WhatsApp, estuve a punto de golpear mi celular, producto de esa costumbre global de pegarle al control remoto para que funcione.

Nota del editor: Juan Domínguez ha tenido una carrera de más de 20 años en áreas de Recursos Humanos en las industrias de consumo masivo, aviación y servicios financieros. Hoy es CEO de hh red colaborativa. Es abogado con estudios de ciencia política y desarrollo humano en Cornell University, University of Notre Dame, University of Asia and the Pacific, Pontificia Universidad Javieriana el ITESM. Es consultor, autor y profesor universitario. Escríbele a juan@juandominguez.red y/o síguelo en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

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