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Twitter, la nave de poder de Musk

Poco se ha mencionado sobre la profunda motivación del poder que se adquiere al controlar Twitter. El poder es la capacidad de imponer la voluntad propia a otros, apunta Sergio Torres Ávila.
lun 16 mayo 2022 06:00 AM

(Expansión) - Mucho se ha especulado sobre las razones que llevaron a Elon Musk, el exótico emprendedor, a realizar una onerosa oferta de compra por la red social Twitter, la cual asciende a la inverosímil cantidad de 44,000 millones de dólares (mdd), es decir, más de 900-mil-millones-de-pesos… Leyó usted bien: un nueve seguido de 11 ceros.

Una cantidad así puede ser cosa de todos los días para fondos institucionales o compañías gestoras de activos globales como BlackRock o Vanguard pero, ¿desembolsarla un solo individuo? Seguramente no fue entonces un impulso consumista irreflexivo, a nadie le sobran 44,000 mdd, ni siquiera al hombre más rico del mundo.

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La cifra es exorbitante. Aún considerando que para cerrar la adquisición Musk “solamente” vaya a desembolsar de su propio bolsillo unos 21,000 mdd, es decir un 10% de su fortuna personal (valuada en 219,000 mdd). Para mayor detalle, 44,000 mdd es equivalente a 26.5 veces el gasto en vacunas contra el COVID-19 en México (1.66 mil mdd), a cuatro veces el valor de mercado de Cemex (11.4 mil mdd, según datos de Forbes) o casi siete veces el valor de Grupo Inbursa (6.3 mil mdd).

Por otra parte, la ecuación osadía-visión-tecnología-futuro, tan redituable en otros negocios del sudafricano-estadounidense, no parece justificar el riesgo financiero de comprar algo que no es una cementera ni una fábrica de cohetes espaciales o una empresa de telecomunicaciones. Nada, o muy poco, tiene Twitter en infraestructura física comparada con otras industrias.

Musk está comprando una empresa de microblogging o social networking con un valor de mercado de 56,000 mdd pero solamente 5,500 empleados (Tesla, otra de sus empresas, tiene más de 100,000), únicamente 13.4 mil mdd en activos (efectivo en caja, inventarios, inversiones, instalaciones y equipos) lo que representa solo el 25% de su valor de mercado, y que en 2020 reportó una pérdida de 1.1 mil mdd.

Por contraste América Móvil, por ejemplo, con un valor de mercado de 48.3 mil mdd (menor a Twitter), reportó en 2020 activos por 75.6 mil mdd (casi 1.75 veces su valor) y una ganancia neta de 2.2 mil mdd. Este sí parece un negocio rentable. Entonces, si Twitter es una empresa “pequeña” con pocos empleados, si tiene activos mucho menores que su valuación de mercado y además reporta pérdidas, ¿en dónde está el negocio para Musk?, ¿qué está comprando Elon con esa estratosférica cantidad? Fundamentalmente dos cosas: un algoritmo y una masa crítica de usuarios.

La primera es la propiedad intelectual que con inteligencia artificial y humana permite mantener a sus usuarios enganchados a la plataforma, formando una comunidad que interactúa y encuentra en ella un espacio de expresión y diálogo, pero también de conflicto y ataque. Esa comunidad representaría un potencial mercado de consumo, si bien el modelo publicitario (clics por publicidad) ha resultado fallido para la plataforma, a la que le urge encontrar otros modelos de negocio.

Así, hoy Twitter, como en casi todos sus 16 años de historia, sigue siendo más un buen negocio futuro que presente. Siendo así, ¿ese algoritmo y esa comunidad valen 44,000 mdd o hay otras razones detrás de la compra?

En general, los analistas han hablado de dos grandes motivaciones: la democrática y la tecnológico-económica. La bienintencionada y la interesada. El propio Musk, quien se autodenomina un “absolutista de la libre expresión”, es el líder representante de la primera. Ha declarado que la razón de la compra no es económica sino que aspira a defender a la plataforma como una “arena incluyente para la libertad de expresión”.

Recordemos que en los últimos años, debido a ser una empresa pública que cotiza en Bolsa y es sujeta a las reglas de lo políticamente correcto (dictadas por las grandes corporaciones que son sus accionistas), Twitter ha censurado los discursos más extremos (piénsese en el bloqueo de Trump), entrando en el pantanoso terreno de lo moralmente bueno o malo para la sociedad, porque ¿quién decide qué es una cosa o la otra?

Según sus dichos, Musk convertiría Twitter de nuevo en empresa privada y abriría el algoritmo a un código abierto donde los desarrolladores pudieran aportar innovaciones y las comunidades autorregularse, quitándole la mordaza de Wall Street y recuperando su lugar como la arena pública de la democracia digital futura. Una plataforma donde todo mundo tuviera un espacio para hablar: ideal democrático liberal.

Por otra parte, la razón interesada nos habla de que en realidad, con el input visionario de Musk, Twitter exploraría todas las posibilidades tecnológicas de la red social, adoptando el blockchain, las criptomonedas y todos los recursos de la Web 3.0 para convertirla en una plataforma descentralizada y abierta al multiverso con sus infinitas potencialidades de monetización. Un mundo de posibilidades que, en manos de este genio de la innovación, redituaría en enormes negocios en los años venideros.

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Sin embargo, poco se ha mencionado sobre la profunda motivación del poder que se adquiere al controlar Twitter. Recordemos que el poder es la capacidad de imponer la voluntad propia a otros, de hacer que hagan lo que nosotros queremos, aún cuando no lo quieran realizar o mejor aún, convencidos de que eso es lo que quieren hacer, por voluntad propia. Un poder “suave” pero decisivo.

El poder de la influencia que otorga un altavoz como Twitter, que impacta mensualmente a 329 millones de usuarios, particularmente a la élite global, el “círculo rojo” del poder político, económico y social: gobernantes, políticos, dirigentes, empresarios, medios de comunicación, periodistas, deportistas, artistas, académicos y líderes de opinión. Quien controla el altavoz controla la conversación. Quien controla la conversación, persuade, convence y construye verdades. Quien impone su verdad, manda.

En efecto, el objetivo de esta transacción, tan arriesgada como visionaria, es mandar. Es comprar el poder de la influencia. Un poder político porque es público. Y no hay nada con más potencial “público” que plataformas como Twitter en el contexto de la descentralización de la web 3.0 y el multiverso venidero. Mil universos creativos, de negocios y de innovación social por construir, desarrollar y por supuesto, dirigir. Porque por más democráticas que sean, las nuevas comunidades, meta-universos, planetas o sociedades, requerirán líderes.

Parece que a Elon Musk, más que interesarle los negocios, lo mueve la ambición ilimitada de tener el poder de influenciar ya no la Tierra, sino Marte y, ¿por qué no?, el Sistema Solar entero. La compra de Twitter es solo un pequeño paso más en su proyecto.

Nota del editor: Sergio Torres es experto en estrategia y comunicación política de América Latina. Es Licenciado en Derecho por la Universidad Iberoamericana y tiene una especialidad en Gerencia Electoral por la 'George Washington University'. Es miembro activo de la Asociación Latinoamericana de Consultores Políticos (ALACOP). Síguelo en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

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