Imagino que ahora se preguntarán: ¿qué tiene que ver Shell con la canción, con Buñuel y con el surrealismo? Mucho, diré yo. La salida in crescendo del principal contratista de exploración y producción en aguas profundas se asemeja a una trama surrealista, aunque las razones de la empresa, para justificar su deserción, en principio suenen pragmáticas y llanas. Según ella, los seis contratos de 11 que hasta hoy ha soltado corresponden a áreas de una gran complejidad, en parte por la estructura salina que contienen los hidrocarburos. En pocas palabras, la sal no deja ver el petróleo lo que dificulta su extracción.
Si esa es la única y verdadera razón del abandono de Shell, mi corazón se pone triste por varias razones: si una empresa de su calidad, experiencia y tamaño no puede lidiar con el subsuelo mexicano, ¿quién sí será capaz? ¿Pemex? ¿A la que ya cedió un contrato de 2,146.19 km²? Sólo en una película de Buñuel sucedería que esta última pidiera hacer lo que Shell no. Imaginar que Pemex, con su nulo éxito en aguas profundas, extraiga nuestro crudo es surrealismo puro.
La deserción, aún por motivos simplemente técnicos de esta gran empresa, es preocupante desde otro punto de vista. Ya no consterna sólo la incapacidad de una mega empresa de hallar comercialmente inviables nuestros yacimientos, sino la impericia del gobierno pasado al licitarlos. Se sabe que la exploración y producción en aguas profundas es cosa seria. Pero, ¿qué decir de las áreas menos complejas cuyos contratos “se nos adelantaron”, a pesar de que sus titulares son también empresas exitosas en otras latitudes. Si de todas partes en México huyen las empresas petroleras, ¿acaso licitamos una gran mayoría de áreas estériles o complejísimas? O México, al contrario de lo que presumimos, es yermo en crudo y aquí llegaron terceros –no para extraer nuestra riqueza—sino para hacernos ver que, o no existe el tesorito en el fondo del mar, o no vale lo suficiente para invertir en sacarlo.
Pienso, sinceramente, que esa hipótesis es de película de Buñuel: es más probable que Shell, y otras empresas, abandonan México no tanto porque estamos secos, sino porque nuestra industria energética ha sido cada vez más surrealista. Desde el Pemex que no pudimos mover desde 1938 hasta 2013, nuestra apertura que pereció de una muerte súbita a los cinco años, hasta este sexenio en el que, con un sector energético frenado por desfiguros legales y regulatorios, creemos que habrá una estampida de empresas que vendrán al nearshoring.