La regionalización, si bien es cierto con respecto a los participantes, constituye un proceso de apertura, hacia el exterior no es sino una forma de proteccionismo. A cambio de prebendas, privilegios y flexibilización en el trato, se exige formar un frente común hacia otros países y regiones, al grado de erigir tratos notoriamente distintos en materia arancelaria. La misión de quienes, por nuestro principal socio comercial, renegociaron, fue modificar sustancialmente el perfil del tratado, sentando las bases para ir del libre comercio a la nueva forma de ser del proteccionismo en el siglo XXI.
Decir que la negociación del T-MEC es materia de distinción es no aceptar, frente a los mexicanos, que el tan mentado logro sólo fue anunciar una derrota menor pregonando que pudo haber sido peor. Es claro que marcó el principio de una nueva etapa de la relación, que desbordó lo mercantil, para atrapar al gobierno mexicano en una feroz lucha migratoria, recorriendo la línea de contención hacia el sur. Trump prefirió ese avance. Siendo una potencia en franco decline, el gobierno del vecino país del norte, como aquel Japón de los años 80, ha sabido inducir un tipo de cambio que le resulta comercialmente beneficioso, dando un respiro, sobre todo, al sector agrícola más allá del Río Bravo.
El residente de palacio tardó en caer en cuenta de que los párrafos que tanto publicitó en su matinal discurso, poco o nada permitían cambiar el andamiaje legal del sector energía, dado que la vara que pusieron nuestros negociadores ha demostrado que no sólo es alta, sino que se encuentra fuera del alcance del oficialismo.
Tan sólo, relajando los controles regulatorios de las remesas, el efecto cambiario ha mantenido a los productores del norte en un alto nivel competitivo, evitando que los efectos del acuerdo comercial continuaran desplazando aceleradamente las mercancías allá producidas.
Además, el gobierno estadunidense estima que el efecto económico de las remesas constituye un deseable subsidio que no precisa a aprobación de su Congreso, preservando condiciones de gobernabilidad en el territorio vecino, por lo que no resulta relevante para ellos el indagar la limpieza del origen, ni mucho menos el destino que tiene el multimillonario flujo. Seguirá administrando el abasto de sustancias tóxicas a precios razonables, cuyo tráfico no es prescindible en aquel país, siendo hoy preocupación sustantiva la calidad y composición, por lo que ahora centra su meta en evitar el fentanilo y todo aquello que aumente la letalidad del consumo.
Al salir las remesas del mercado informal, el impacto en el tipo de cambio resultó definitorio de una paridad sobrevaluada, haciendo difícil de fijar correctamente el valor de la moneda nacional, ya que la oferta avasalla la necesidad de divisas, siendo un torrente creciente e imparable como su fuente. Por otro lado, la baja en cantidad efectiva y calidad en los productos nacionales ha seguido manteniendo el espejismo de un control inflacionario. En realidad, es claro que se recibe menos por la misma cantidad de pesos. El deterioro de lo que llega a la mesa de los mexicanos es innegable, pero no es objeto de medición, limitándose a comparar mercancías que resultan distintas, son equivalentes sólo en apariencia, el aumento de los precios ya no es nominal, sino en especie.
Si bien es cierto, hasta hoy, se sostiene que el T-MEC es un instrumento de apertura comercial, en poco tiempo el nearshoring develará su condición real. Gane quien gane el próximo proceso electoral en los Estados Unidos de América llegará una nueva edición del proceso de negociación, a efecto de imponer a nuestro país medidas de cierre hacía el mundo, imponiendo costos al desarrollo del inminente proceso de extrema integración regional. Ya no tratará tanto de cómo se abren los mercados entre los firmantes, sino, hasta qué punto, se permitirá el mantener lazos con países fuera del acuerdo.