Es cierto que en estos tiempos resulta inevitable prestar atención a la gran cantidad de adivinadores electorales, pero no por ello debemos dejar de atender problemas que ya asoman en el terreno financiero. El asunto que ahora planteo, es un problema que atisbamos hace un par de semanas, la baja, y pobre calidad, de la auditoría tanto pública, como privada.
Cíclicamente, emerge algún segmento o sector de la economía que acusa la necesidad de revisar el efectivo valor tanto de sus activos como de sus pasivos. Sí, al parecer, existe un ciclo que nos lleva efectuar este examen cada 14 o 15 años. En ese lapso, el enfoque optimista o la apuesta a mejorías por venir, ceden irremediablemente ante contundentes realidades que obligan, por las buenas o las malas, a ajustar los balances.
En ocasiones sucede en el mercado de capitales, en otras, puede ser en el sector real o en los ramos industriales. Hoy, parece que confluyen circunstancias que nos permiten temer que son varias las actividades del quehacer económico que, simultáneamente, registran números producto de la inercia, y no del efectivo valor que corresponde a los bienes, derechos y posesiones que involucran. Nuestra crisis del 94 y la subprime en el país vecino, fueron problemas originados, esencialmente, en deficientes valuaciones, por eso, no resulta asunto menor.
El problema que tenemos por delante se agrava por la impericia de quienes dirigen los derroteros del banco central, que no quieren, no pueden o no saben dar una explicación, medianamente razonable, respecto a la forma en que supuestamente han esterilizado el torrente de divisas que entran al país, y que, de manera soterrada, ha venido interviniendo en el mercado cambiario, buscando tipos preestablecidos dentro de una banda.
Así es, caro pagaremos la curva de aprendizaje de quienes pensaron que ser autoridad financiera es hacer giras de promoción, servir deuda y colocar emisiones con generosos rendimientos crecientes. Hacer a un lado la autonomía pudo estimarse prudente medio para evitar confrontaciones con el Ejecutivo, pero los efectos de la decisión, marcará a la actual integración de la junta de gobierno del banco central.
Mientras en Europa, hace más de una década, identificaron los nocivos efectos que derivan de no prohibir contundentemente el que, quien presta servicios de auditoría, sea también el que lleva la contabilidad, siendo, además, el sujeto que presta servicios de asesoría y consultoría financiera, en nuestro país vivimos en el paraíso de los conflictos de interés, permitiendo que labores que son, natural y esencialmente, excluyentes sean llevadas al cabo por un peligroso tetrapolio que terminará por poner de rodillas, una vez más, al aparato productivo. Esta vez ya no podrán argüir sorpresa, ni podrán hacerse pasar como víctima de la información proporcionada por el auditado, es claro que el problema comienza por su desmedida voracidad, que revienta controles, avasalla equilibrios y compromete la transparencia.
En 1994, México vivió una de las peores crisis financieras de su historia. El origen sustantivo de tal problema fue la gradual, pero determinante, pauperización de nuestra habilidad comunitaria para revisar, analizar y sancionar balances de las empresas, sobre todo, de los intermediarios financieros. Es oportuno recordar que, en aquel entonces, el nivel político burocrático de quien presidía las comisiones reguladoras estaba muy por debajo de los personajes que Miguel de la Madrid designó, por simple simpatía, o bien, por peso político, como directores generales de los bancos nacionalizados. Bastaba un telefonazo, para eliminar observaciones, notas financieras o advertencias del supervisor, bien bancario; de valores, o del sector asegurador y afianzador.
Entre los muy graves problemas que generó la notoria improvisación con la que se condujo el gobierno federal en materia financiera en los años 80, se encuentra la sobrevaluación de instituciones, las cuales, ni remotamente, valían lo que se decía en los estados financieros, de ahí, que, al venderlos en múltiplos de valor contable, era fácil concluir que la debacle llegaría inevitablemente. Los bancos fueron la caja de flexible tamaño, con la que se hicieron favores políticos de toda índole, al tiempo que se permitió, a los operadores de las casas de bolsa, armar y articular un gran aparato que transfería y concentraba el riesgo de la especulación en el gran público inversionistas, abonando en favor de los accionistas o dueños de los intermediarios, o bien, de empresas hechas de puro humo.
Los años 80 fueron la borrachera y los 90 la cruda. Carreras políticas y grandes fortunas se hicieron en un mare magnum de irresponsabilidades, pillerías y tráfico de influencias. Quienes detentaron el poder fueron habilidosos vendedores de espejismos, pero pésimos como autoridad reguladora y supervisora. No en balde, quienes prendieron los alfileres en esos años, se encargaron de poner al frente de las instancias supervisoras a quienes callaran, o, cuando menos, no tuvieran en mente llamar a cuentas a quienes fraguaron el gran desfalco. Historias de nocturnas bohemias, y hasta velados romances, fueron determinantes en la designación de quienes tendría que ver, oír, callar, pero también firmar, cuando los absurdos balances de los bancos nacionalizados fueran puestos a escrutinio. Sí, se vulneró la estructura supervisora desde la más profunda raíz, así comenzó todo.
De haber contado con un esquema eficiente, público y privado, de auditoría financiera y supervisión, el problema no habría adquirido las proporciones que ganó en tan sólo unas semanas. Los auditores externos, que fallaron al revisar los bancos, tras el error de diciembre sólo pasaron a auditar o validar lo que habría ocurrido en otro grupo de bancos, el cual, otrora, también fuera auditado por alguno de aquellos que entonces eran conocidos como los cinco grandes. Fue un perverso carrusel, en el que, mientras uno no veía la torpe intervención del auditor externo, el otro tenía la garantía de que las pifias propias serían tratadas con igual cortesía. Eran cinco “grandes”, pero frente al mundo, uno solo.