Sin embargo, esta reflexión tiene que ver más con las personas detrás del fenómeno, partiendo de la premisa de que el principal motor de la industria y las organizaciones en general, son los equipos de trabajo, las personas; desde la manufactura más básica e indispensable, hasta los ingenieros, capacitadores, supervisores y cuerpos directivos de las plantas.
Son ellos y ellas quienes realmente harán del nearshoring una fuente de prosperidad -para sus empresas y para México-, porque en muchos casos, no llegarán solos, sino con sus familias (o en muchos casos, las formarán en sus nuevas ubicaciones), viniendo con ello una demanda creciente de bienes y servicios que puede generar una mayor derrama económica y, por supuesto, crecimiento y desarrollo.
Casas, escuelas, universidades, comercios, más vialidades, centros de reunión y esparcimiento, parques y plazas, soluciones de transporte, urbanizaciones, comunicación y conectividad, etc., serán cuna de nuevos polos de desarrollo.
La dimensión humana del nearshoring es enorme y debe ser evaluada por las empresas de la mano de los gobiernos y no de manera unilateral, para poder dar valor a esas familias que estrenarán hogar, harán vida después del trabajo, crecerán e, idealmente, serán pilar de nuevas familias. No deben quedar al margen. El ser humano es por naturaleza resiliente, adaptable, echa raíces y, en ese sentido, los fenómenos de la economía deben responder también a esa “fuerza laboral” desde una perspectiva ordenada que garantice el éxito, más allá de las ventajas competitivas y los retornos de inversión.