La primera arremetida vino del Secretario de Defensa de los Estados Unidos, Pete Hegseth, quien aterrizó en Bruselas para atender una reunión con sus socios de la OTAN. Hegseth, conocido por su postura crítica hacia la intervención militar de los Estados Unidos en los asuntos de Europa, precisó que, ante las nuevas realidades estratégicas de su país, la seguridad del continente europeo ya no será una prioridad. De aquí en adelante, Europa deberá hacerse cargo de su propia defensa e incrementar el gasto militar de la alianza Atlántica, pasando de un 2% a un 5% del PIB, cifra que, dicho sea de paso, ni siquiera los propios Estados Unidos alcanza.
Hegseth comentó también que Ucrania no podrá ingresar a la OTAN y deberá reconocer que es poco realista aspirar al regreso de las fronteras de 2014, cuando Rusia se anexó Crimea, o las de 2022, que actualmente ocupan los rusos en la región del Donbás.
Posteriormente, a media semana, Trump sacudió de nuevo las capitales europeas, informando que había sostenido una conversación “larga y productiva” con Vladimir Putin con el objetivo de poner fin a la guerra. Con esta decisión, Trump rompió el aislamiento y la contención construida en torno al líder del Kremlin por la agresión a Ucrania, y lo sentó como su igual en una mesa para dos. La noticia fue recibida con gran preocupación, pues al negociar sin Ucrania, la víctima de este proceso, se arriesga la posibilidad de lograr una paz legítima y duradera.
Al cierre de semana, cuando los líderes europeos se encaminaban a la Conferencia sobre Seguridad en Múnich, ya se sabía que, en la propuesta de Trump, no se contemplaba la participación de Europa en los acuerdos de paz. Y tras el discurso de JD Vance, vicepresidente de los Estados Unidos, quien puso la nota más alta de esta puesta en escena, se hizo evidente que estamos ante el Canto del Cisne de la Alianza Atlántica, pues esta sufre de una fractura profunda y fundamental.
JD Vance criticó la democracia Europea acusándola de perder su camino al abrazar el multiculturalismo y el globalismo; alentó los movimientos populistas de derecha y extrema derecha como mecanismo para combatir la inmigración y la mentalidad ‘woke’, que los mantiene en un estado postrado y decadente.
Todo esto sentó muy mal en Europa. Al margen de que, como algunos analistas sostienen, estamos ante una puesta en escena de la conocida estrategia de negociación de Trump -maximalista y estridente-, que podría matizarse en los próximos días. No podemos negar que esto tiene implicaciones estratégicas importantes para Europa y quizá trágicas para Ucrania, al que se le podría pedir que acepte la pérdida de territorio sin garantías de seguridad para el futuro.
El resultado inmediato es que Europa no considera ya a Estados Unidos un aliado confiable; antes bien, comienza a percibirlo como un adversario que amenaza la democracia y el territorio europeo, considerando el caso de Groenlandia. Los europeos necesitan prepararse para el momento en que Estados Unidos retire sus tropas y las garantías de seguridad; tendrían que fortalecer sus industrias de defensa e identificar las áreas de mayor dependencia con Estados Unidos para, en la medida de lo posible, desengancharse y buscar nuevos socios.