Si Pemex fuera una persona, y esa persona fuera yo, tendría mucho de qué preocuparme. Lo que según unos suena a un voto de confianza (“puedes solito”) a otros, como la que escribe, huele a advertencia (“más vale que puedas solito”). Es posible que la presidenta le haya dado un ultimátum a Pemex que ésta es la última cuerda de salvamento que le arrojará a quien no ha aprendido a nadar en sus 87 años de vida.
El salvavidas no es estrecho. Se trata de un desembolso de 250,000 millones de pesos. ¡Son buenos! ¡Hay días que ni yo los facturo! Con ese dinero, habrán de cubrirse amortizaciones de deuda, pagos a proveedores e inversiones productivas. Además, Pemex gozará de una reducción de la carga fiscal. ¿Qué más se puede querer en un mundo donde lo único que podemos dar por cierto son la muerte y los impuestos? Pemex, a diferencia de cualquier magnate, recibe más dinero y paga menos impuestos.
Varios colegas y analistas dicen que no hay nada nuevo en este Plan Estratégico con lo cual discrepo. Hay varias novedades, al menos retóricas, que llaman la atención.
En primer lugar, la intervención de BANOBRAS para el pago de proveedores. Pemex ya no hará los pagos sino la banca de desarrollo a cargo de la más nítida tecnocracia financiera. Basta la cara de Jorge Alberto Mendoza, director de dicha institución, para evitar todo pensamiento pícaro de ofrecerle un moche a cambio de lo debido. Mendoza es el tipo de hombre que mi pare hubiera deseado como yerno. Se ve, a todas luces, incorruptible.
Víctor Rodríguez Padilla, por otra parte, no hubiera llegado a los estándares de mi padre pero se le debe una ovación por sus argumentos rebosantes de frescura. Para justificar que Pemex no levantará sustantivamente la producción de crudo, le dio a la empresa que dirige tremendo baño de pureza. Es por motivos de sostenibilidad que Pemex aspirará, si acaso, a una producción diaria de 1 millón 800 mil barriles diarios. Esta meta, que ni siquiera se antoja viable, puesto que la producción diaria de Pemex andará alrededor de 450 mil barriles menos, de debe, no a la incapacidad de la petrolera de producir más, sino a un deber ambiental de explotar menos.
Así, pues, Pemex entra en el trend de transmutarse, de una empresa petrolera a una empresa de “energía”, aunque de forma tardía. Y digo que se sube al tren verde con demora porque las petroleras, como BP, Chevron y otras, recién anunciaron que retomarían el negocio que, a decir verdad, jamás abandonaron: el petrolero. Si acaso, estas empresas invirtieron el 4% de sus utilidades en energías limpias, alternativas, renovables, impolutas e inmaculadas. ¿Pemex? Ni un “quinto.” Pero ahora decide tomar la senda verde como Santiago a Compostela.