En México, el SPEI es quizá el mejor ejemplo de cómo una abstracción puede convertirse en infraestructura crítica. Desde 2004, se ha posicionado como uno de los motores más importantes de nuestra economía digital: millones de transferencias inmediatas todos los días. Un sistema robusto, confiable y me atrevería a decir, uno de los logros más trascendentes a nivel mundial del Banco de México.
Pero todo éxito merece también ser observado con perspectiva crítica, especialmente si queremos formular las preguntas incómodas que rara vez se hacen en medio de una celebración: ¿hasta qué punto podemos sostener este modelo tecnológico en un mundo donde la tecnología cambia más rápido que las instituciones? ¿Qué significa confiar en sistemas de pagos diseñados por unos pocos actores, cuando la innovación apunta hacia la descentralización, la programabilidad del dinero y la colaboración?
Con medios de pago como el SPEI en México o el Pix en Brasil, descubrimos que era posible transferir en segundos lo que antes tardaba horas o días. Pero la madurez de estos sistemas representa una oportunidad única: no basta con mover cifras más rápido o diversificar medios de pago, sino con evolucionar la tecnología del dinero mismo.
¿Y si el dinero pudiera hacer más que circular? Cada vez me pregunto si no estamos frente a una nueva etapa en la historia del dinero: una donde ya no se trata solo de velocidad, sino de la utilidad real que el dinero tiene más allá de moverse entre registros en una base de datos.
Más que obsesionarnos con la velocidad de las transferencias, deberíamos preguntarnos: ¿cómo funciona y para qué sirve la tecnología llamada dinero que circula hoy? Durante décadas, nos hemos conformado con que llegue rápido, que esté disponible y seguro de un punto a otro, como si la función del dinero fuera solo moverse. Pero ese movimiento, si no está acompañado de sentido, termina siendo un flujo vacío.
Un dinero con propósito no es aquel que acumula más cifras en la cuenta, sino el que porta un valor tangible, con múltiples dimensiones para quien lo usa: confianza, transparencia, auditabilidad, seguridad, y la capacidad de construir relaciones económicas más justas y dinámicas. En lugar de limitarnos a la abstracción de registros en una pantalla, deberíamos aspirar a un dinero que deje rastro, que permita comprender su origen, su uso y su destino, y que sea capaz de integrarse en distintos ecosistemas sin perder ninguna propiedad. Como una manzana, que puede verse como una simple fruta o como un contenedor de elementos: vitaminas, potasio, hierro, calcio, zinc, entre otros. Regreso al planteamiento que nos ha acompañado a lo largo del texto, ¿cómo mejoramos la tecnología del dinero? De una manera que (como la manzana) nos llene de estos elementos invisibles pero necesarios y que al final de cuentas aportan los nutrientes y le dan propósito al objeto.
La verdadera discusión no es tecnológica, sino filosófica: ¿queremos un dinero que sea solo un reflejo de intercambio inmediato o un verdadero objeto digital que contribuya a la forma en que organizamos nuestra vida económica? La respuesta definirá si seguimos moviendo cifras vacías o si logramos transformar la tecnología del dinero en una herramienta que nos dé las bases para mejorar la sociedad. ¡Imagina un dinero vivo, rastreable, auditable y confidencial! No será fácil, el reto es colectivo: bancos, Sofipos, fintech, empresas, reguladores. Todos tendremos que decidir si queremos que el dinero siga siendo solo una cifra en una pantalla o si nos atrevemos a construir un dinero con mayor valor intrínseco en su uso.