Esta cifra evidencia una brecha estructural entre la investigación científica y su impacto económico y social, reflejando la limitada conexión entre el conocimiento generado y su aplicación en la innovación productiva.
México enfrenta además un desequilibrio regional profundo: el norte y el centro del país muestran mayor dinamismo industrial y formalidad laboral, mientras el sur presenta menor desarrollo, con solo dos de cada diez trabajadores en empleos formales y un ingreso per cápita comparable al de países como Angola o Belice.
Sin embargo, el país cuenta con infraestructura estratégica y una posición geográfica privilegiada que podrían impulsar un desarrollo más equilibrado. Los puertos y corredores logísticos del sur-sureste ofrecen oportunidades para articular vocaciones productivas regionales —agroindustria, petroquímica, industria naval y forestal— y aprovechar su potencial como puente natural entre el Pacífico y el Atlántico.
La aplicación del conocimiento científico en la economía puede elevar los estándares de vida desde la base productiva. Para lograrlo, se requiere una alianza efectiva entre universidades, empresas y gobiernos que fomente un progreso técnico sostenido, capaz de transformar la ciencia en innovación, productividad y bienestar.
México es la 15ª economía mundial, con un PIB de 1.29 billones de dólares y un comercio total de 797,000 millones (397,000 en exportaciones y 400,000 en importaciones). Sin embargo, ocupa el lugar 57 de 140 países en competitividad, el 39 de 189 en Doing Business y el 81 de 193 en desarrollo humano.
Avanzar hacia un modelo de crecimiento sustentado en la ciencia, la tecnología y la innovación exige la participación activa del sector privado, el compromiso de los tres niveles de gobierno y la consolidación de un ecosistema nacional de innovación que integre cadenas de valor y clústeres regionales.
Este modelo requiere un cuerpo robusto de profesionales técnicos y trabajadores calificados capaces de absorber el conocimiento científico y traducirlo en tecnología aplicable a la práctica industrial. México necesita más técnicos, ingenieros y científicos que impulsen el progreso técnico continuo, así como profesionales de las artes, ciencias sociales y de la salud que comprendan las dinámicas humanas y sociales, explorando analogías interdisciplinarias que permitan crear soluciones inéditas.
Por ejemplo, la analogía entre supermercados y corretaje inspiró el modelo de Merrill Lynch y CarMax, mientras que el aprovechamiento de tecnologías existentes para nuevos fines —como la prótesis Flex-Foot o Amazon Web Services— ilustra la importancia de la exaptación: reutilizar capacidades internas para generar valor.
Asimismo, México necesita fondos de capital emprendedor especializados en sectores de alto impacto —salud, alimentación, agricultura y tecnología educativa— capaces de invertir en etapas tempranas y evaluar nuevas tecnologías con una visión sistémica. En lugar de medir solo mejoras de desempeño aisladas, deben analizar cómo cada innovación impacta la plataforma general del producto, considerando los efectos combinatorios entre tecnologías y el equilibrio de beneficios entre fabricantes, usuarios e inversionistas.
Para que la innovación sea el motor transversal del desarrollo, México debe:
- Financiar investigación de calidad que responda a los desafíos nacionales y abra nuevas oportunidades.
- Desarrollar una base sólida de investigadores en los sectores público y privado.
- Impulsar las industrias del futuro, asegurando la comercialización efectiva de la I+D.
- Mejorar la difusión de tecnologías y procesos en toda la economía, con énfasis en startups y PyMES.
- Fomentar la colaboración entre academia, industria y gobierno, incrementando la participación en redes internacionales.
- Promover la innovación en el sector público, mejorando políticas y servicios.
- Impulsar proyectos empresa–universidad mediante financiamiento orientado a misiones.
- Integrar clústeres regionales de investigación, educación y negocios.