En Nicaragua, por su parte, se afianza el poder dinástico que domina la pareja Ortega-Murillo, entre tanto se va desmontando el entramado de protección a los derechos humanos, que se refleja en la salida masiva de ciudadanos, al exilio forzado, además del retiro de la nacionalidad a personalidades que se oponen a este régimen que da la espalda a la democracia. En el mismo tono se encuentra Venezuela, que ha visto salir a más de ocho millones de sus ciudadanos, marcando un lamentable récord como uno de los exilios más grandes en la historia moderna sin mediar un conflicto armado, signo por supuesto de la gravedad en la degradación de las perspectivas de desarrollo de una nación que fue ejemplo de estabilidad en décadas anteriores.
Haití es una nación a la que se la ha prometido, pero nadie ha cumplido, lo que, salvo algunas excepciones, lo ha dejado abandonado a su suerte. Lo mismo sucede con El Salvador, Honduras o Guatemala, que están condicionados por sus problemas internos y su larga historia de inestabilidad, la violencia y los graves problemas medioambientales, entre otras.
En estas frágiles condiciones, el factor Trump ha venido a agravar la situación en esta geografía. El actual inquilino de la Casa Blanca ha dinamitado las cortesías diplomáticas, ha ignorado las normas sobre derecho humanos y ha violentado sin pudor las reglas del comercio internacional. Nos encontramos ante uno de los presidentes más poderosos del mundo, con un margen de maniobra ilimitado en la Unión Americana, pero con una pobreza lamentable en su entendimiento del mundo, al cual sólo mira desde la óptica de quien se siente en la capacidad de reorientar a su gusto y con sus fobias, las nuevas reglas del juego en el sistema de naciones.