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Captura de Maduro: encrucijada venezolana e impacto internacional

Ahora nos queda claro que la extracción de Maduro era la consecuencia natural del cerco que Estados Unidos iba imponiendo a Venezuela, de manera acelerada, durante las últimas semanas.
mié 07 enero 2026 06:02 AM
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Es sin duda reprobable que Trump haya cometido flagrantes violaciones al Derecho Internacional –y doméstico- al ejecutar de forma unilateral una intervención militar, sin la debida autorización de la ONU, contra una nación soberana, apunta Horacio Vives Segl. (Fotos: AFP.)

La captura de Nicolás Maduro a través de una quirúrgica intervención militar de Estados Unidos en Caracas abre una serie de interrogantes sobre el futuro político de Venezuela, a la vez que deja a mi juicio, al menos dos hechos sobre los que hay poner énfasis: 1) es indeseable el uso unilateral de la fuerza militar en una nación soberana, y el precedente que deja es funesto; y 2) es una estupenda noticia que el mundo tenga un dictador menos al frente de los destinos de su país y que ha causado tantos y tan graves males a la población venezolana. Es, desde luego, un problema mucho más complejo que discutir si los medios son los correctos para lograr un fin deseado.

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Lo deseable hubiera sido que Nicolás Maduro aceptara los resultados de la elección presidencial de 2024, reconocer el triunfo de la oposición y que así iniciara un proceso de transición a la democracia. O mejor aún: que desde hace 25 años el chavismo no se hubiera aprovechado con la mezquindad que lo hizo, de las deficiencias de la histórica democracia venezolana para construir un régimen autoritario, de concentración de poder y que fue pauperizando y ensañándose con la población. El “hubiera” en política no existe y las cosas son como son.

Para analizar los hechos que están en desarrollo en Venezuela, hay que tomar en cuenta tres aspectos que han definido el desempeño de Donald Trump: un cambio en la política exterior de Estados Unidos respecto a su primer mandato, con una proactividad mucho más agresiva; la redefinición de las prioridades económicas de Estados Unidos; y la centralidad de erradicar la entrada de drogas al país, entendido éste como un asunto de primer orden en su seguridad interna.

La “guerra arancelaria” que detonó Trump para corregir la balanza comercial deficitaria de Estados Unidos incidió también en lo que ha ocurrido en los últimos días. En los hechos, aquélla se trató de su primera decisión voluntarista con la que, de un plumazo, trastornó completamente las reglas del juego del comercio internacional. Si bien es significativamente distinto al uso de la fuerza militar de manera unilateral, la comunidad internacional tomó con complaciente desgano cómo Estados Unidos pasó por encima del orden internacional so pretexto de privilegiar intereses nacionales.

En esa lógica se inscribe la invasión en Caracas para extraer a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores. No fue, desde luego, por altruismo hacia el pueblo venezolano, ni por un interés genuino en reestablecer la democracia en Venezuela. En este tenor, una de las críticas más generalizadas al actuar de Trump es desestimar el capital político y liderazgo de María Corina Machado, recientemente galardonada con el Premio Nobel de la Paz, justamente por su incansable y enorme contribución en la lucha por la democracia y los derechos humanos en Venezuela. Trump dejó más que claro (descaradamente, dirían algunos) que lo mueve un interés económico y geoestratégico. Anunció que Estados Unidos llevará el control político del país andino —aún no está claro cómo, pero la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, ha empezado a dar muestras de sumisión— y que, en garantía, se tomará la industria petrolera venezolana.

No sería la primera vez que compañías estadounidenses participen en la puja por la rentra petrolera. Pero hay que considerar las afectaciones realizadas por el chavismo a esas compañías, que Trump buscan revertir. Es, desde luego, una falacia que durante el chavismo el correcto empleo de los recursos petroleros se utilizara en beneficio de la población. Digámoslo con precisión: desde que la nación andina se convirtió en una potencia petrolera, la “Venezuela Saudita”, las empresas estadounidenses estuvieron allí para generar riqueza y tomar utilidades. O sea, en ese aspecto lo que vendrá no será nada nuevo, aunque previsiblemente se intensificará.

La invasión militar a Venezuela tiene un doble propósito: por un lado, se puede entender como una reinterpretación de la Doctrina Monroe (“Donroe”, como maliciosamente ya la identifican algunos) para que quede muy clara cuál es el área de influencia y dominación de Estados Unidos —todo el continente americano—, a la vez que, en la competencia comercial y tecnológica establecida con China, y que venía teniendo cada vez mayor impacto en América Latina, se vaya contrarrestando la influencia del gigante asiático en la región.

Que no haya cándidos para que no haya sorprendidos o indignados. No es lo deseable, pero el mundo ya cambió. Estados Unidos está jugando un papel preponderante y, más allá de velar por sus propios intereses —cosa que siempre ha hecho—, hoy menos que nunca tiene por prioridad el respeto a las normas del Derecho Internacional, ni el mantenimiento de las organizaciones y alianzas multilaterales, que forzosamente se van relativizando y reinventando.

Hagámonos cargo de un aspecto central: los organismos multilaterales mundiales y regionales más relevantes, como las Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos, así como otros mecanismos regionales, como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, habían sido notoriamente incapaces de imponer medidas para contener —ya no digamos resolver— la escalada de fechorías perpetradas por la autocracia chavista a lo largo del presente siglo, y sobre todo desde que Maduro afianzó la dictadura tras los fraudulentos comicios de 2024. Hay que recordar que democracias y organismos de Occidente, a pesar de reconocer a Edmundo González como ganador de dichas elecciones, fueron incapaces de presionar de manera efectiva para orillar a la deposición del dictador.

Y como en las relaciones internacionales cada vez es más cierto aquello de con quién te juntas y para defender qué agenda, es lamentable que, por dogmatismo ideológico o intereses políticos o económicos, un arco de gobiernos autollamados progresistas, pero de tendencias autoritarias, hayan navegado entre principios interpretados a modo de no intervención, o directamente respaldado con entusiasmo al régimen de Maduro. Deberían hacerse cargo de su responsabilidad en la tragedia venezolana.

Ahora nos queda claro que la extracción de Maduro era la consecuencia natural del cerco que Estados Unidos iba imponiendo a Venezuela, de manera acelerada, durante las últimas semanas. Al aumento de la recompensa por su captura y la declaración de organizaciones criminales venezolanas como un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos hay que sumar las ejecuciones extrajudiciales de pequeñas embarcaciones en el Mar Caribe por presuntamente transportar droga, así como el hecho determinante: un despliegue histórico, sin precedentes, de la fuerza naval y militar estadounidense en las costas de Sudamérica. Maduro no entendió por qué o para qué Trump estaba desplegando todos esos recursos. No era un mero amague para quedar en ridículo. La amenaza se cumplió con un mínimo de violencia y la extracción quirúrgica de Maduro se pudo realizar con vida, para que el dictador sea procesado y juzgado en Nueva York por narcoterrorismo y por conspirar para introducir cocaína en Estados Unidos, entre otras acusaciones. Vale recordar que, con independencia de lo que está sucediendo, Maduro ya había sido indiciado también ante tribunales internacionales por un cúmulo de atrocidades, incluyendo violaciones graves a los derechos humanos.

Es sin duda reprobable que Trump haya cometido flagrantes violaciones al Derecho Internacional –y doméstico- al ejecutar de forma unilateral una intervención militar, sin la debida autorización de la ONU, contra una nación soberana. Si bien ya lo había realizado —en contextos diferentes— en Irán, lo de Venezuela fija un precedente muy peligroso, en el sentido que pudiera ser la primera, más no la última, en la región. Creo, sin embargo, que aquellos países de América Latina con democracias sólidas, división efectiva de poderes, adecuado Estado de derecho e impartición de justicia, menores niveles de corrupción y mayor certidumbre jurídica para las inversiones, son menos proclives a los embates de Trump.

Lo condenable de la intervención estadounidense no quita que fuera igualmente lamentable que en Venezuela siguiera consolidándose una tiranía cada vez más atroz, aumentando la pobreza y la marginación de buena parte de la población, la violencia generalizada y los asesinatos, así como las proscripciones y encarcelamientos a los opositores políticos del régimen, todo lo cual contribuyó a que la migración forzada creciera exponencialmente en los últimos años, misma que se calcula en ocho millones de venezolanos en el exilio; y en fin, que cada día se siguiera recrudeciendo la precaria situación del país, por el cúmulo de violaciones perpetradas por la dictadura de Nicolás Maduro, sin que nadie hiciera nada efectivo para frenarlo. Por ello, sostengo que, a pesar de los indeseables propósitos manifestados por Trump y de los ilegales e ilegítimos medios usados para lograrlos, es mejor tener una Venezuela y una América sin Nicolás Maduro que seguir pagando el altísimo costo de dejarlo actuar con total impunidad.

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Lo que viene para Venezuela no es de ninguna manera fácil. Cayó Maduro, pero persisten otros liderazgos políticos y militares chavistas, algunos de los cuales igualmente son reclamados por la justicia estadounidense. Y, como esa gente ha evidenciado una y otra vez que no les importa otro interés que no sea el de su camarilla, muy difícilmente asumirán que Trump va en serio. En un escenario factible, son muy capaces de llamar a una confrontación contra el poderío militar estadounidense, lo que no haría sino detonar una guerra en forma y con ello propiciar un desastroso baño de violencia, sangre y muerte, a expensas, nuevamente, de la población venezolana.

Si no se activa la ruta institucional para que Edmundo González asuma como presidente de Venezuela —escenario cada vez más improbable—, ojalá que, por el bien de ese país, se avance hacia una solución pactada que permita convocar a elecciones libres a la brevedad posible, y que la injerencia de Estados Unidos sea solo la necesaria para conducir el proceso de transición, pues muy flaco favor le haría a Venezuela pasar de una dictadura a una colonia.

Lo más urgente e importante para la recuperación de Venezuela es desmontar el legado destructivo del chavismo, sanar las heridas, establecer las condiciones adecuadas para los venezolanos que quieran regresar y sentar las bases para la recuperación económica, social y política del país. En una palabra, restaurar la democracia y el estado de derecho en Venezuela, tras tantos años de sometimiento y dolor.

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Nota del editor: Horacio Vives Segl es licenciado en Ciencia Política por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y doctor en Ciencia Política por la Universidad de Belgrano (Argentina). Síguelo en X . Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad del autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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