El factor que hace distinto este acontecimiento es que el Departamento de Estado dio a conocer las intenciones militares que Estados Unidos tenía sobre Venezuela, casi un mes antes de la operación de captura de Maduro. Este documento se trata de la Nueva Estrategia de Seguridad de los Estados Unidos de América, en el que se hace énfasis el mecanismo de adhesión geopolítica del continente americano, o como el mismo documento le llama, “hemisferio de los Estados Unidos”. El lanzamiento de la nueva estrategia de seguridad no fue retomado por muchos medios, en comparación con las actualizaciones de otros conflictos armados donde el gobierno estadounidense actuaba como intermediario.
Este precedente es relevante para los medios de comunicación, pues explica con detalle cómo será el despliegue de control geopolítico que pretende el gobierno de Donald Trump en todo el continente. Puede ser un burnout de información, pero el debate mediático que ocurre sobre Venezuela en plataformas digitales no está considerando los cambios estratégicos en materia de seguridad, ni las propias declaraciones de los principales actores involucrados. En esta columna hablé sobre las tensiones regionales durante el periodo de elecciones en 2024, incluido el proceso electoral de Venezuela que fue señalado por la oposición como ilegítimo. Este momento en el tiempo nos dejó como lección que las narrativas digitales sí tienen efectos sobre la opinión pública, además de consecuencias visibles en la acción política.
Los factores que trascienden en las últimas convulsiones globales es la desarticulación argumentativa, la falta de datos duros y la manipulación emocional; y en esta ocasión no es la excepción. No es de sorprenderse que la conversación en redes sociales sobre la captura de Nicolás Maduro se polarizara, pero esta vez es evidente, por no decir flagrante, la plataforma ideológica de los argumentos que emiten algunos perfiles de divulgación y opinión en redes sociales. Antes de escoger un bando es importante que los usuarios de plataformas digitales conozcan que la información que circula no está completa: hay precedentes históricos, y actualizaciones recientes en materia de política de seguridad, que moldearon la decisión de Estados Unidos para detener y procesar judicialmente a Nicolás Maduro. Es decir, el gobierno de Donald Trump esta vez emitió una advertencia que muy pocos medios consideraron.
Otro factor para considerar es que las opiniones vertidas en redes sociales están desprovistas de datos duros. Por ejemplo, Amnistía Internacional reportó en 2023 que alrededor de 7 millones de venezolanos habían salido del país, pero de 2022 a 2023 se registró una diáspora de un millón de personas. Estas cifras son de libre acceso en internet, pero la crisis humanitaria y de suministros en Venezuela se convirtió en una narrativa de dominio público que muy pocos “influencers” contrastan con indicadores objetivos. Una crítica sin fundamentos, conceptuales o numéricos, puede incurrir en sesgos ideológicos que inducen a la discriminación.
El último punto para retomar en esta columna es la manipulación emocional con la que muchos usuarios están tratando el tema sobre Venezuela. No solamente hay carencia de hechos corroborables, las opiniones están aderezadas con un halo de emotividad que desvirtúan el pensamiento crítico de las contrapartes. Un ejemplo sensible es el hashtag “No le expliques Venezuela a los venezolanos”; si bien es un exceso señalar los sentimientos de esperanza del pueblo venezolano con la caída de Maduro, tampoco es razonable inhibir los análisis geopolíticos elaborados por expertos que opinan en sus redes sociales. Son este tipo de opiniones articuladas, sin demeritar el optimismo de los hermanos venezolanos, los contenidos más necesarios en esta coyuntura política. Es legítimo señalar como prioridades el derecho internacional y los riesgos de intervencionismo en esta región.