Se cumple el primer año del segundo mandato de Donald Trump en Estados Unidos. Un ejemplo de su visión de gobierno lo representan sus decisiones: en el primer año de su administración, ha emitido 238 decisiones ejecutivas, a pesar de que algunas de ellas deben pasar por procesos de ratificación de los otros poderes, tales como la guerra o la imposición de aranceles.
Año uno de Trump. Los retos para el sistema de naciones
Para muchos actores en el sistema de naciones, el modelo impuesto por este presidente se aleja cada vez más de una democracia y se acerca más a los patrones representativos de una autocracia. Su desprecio por la oposición (prensa, partidos políticos, presidentes críticos, etc.) y su afán por imponer por la fuerza sus decisiones, son características básicas de un gobierno autoritario.
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Esta forma de gobernar ya tiene consecuencias desde su primer mandato, pero los efectos son aún más evidentes en este primer año del segundo ejercicio. Está a punto de romper la alianza que tenía con Europa occidental, está colocando en un dilema existencial a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN); se evade de la responsabilidad con los organismos responsables de dar viabilidad el mundo en temas como el clima, la energía, el comercio o la cooperación internacional. En el ámbito interno, las decisiones sobre migración, entre otras, han roto los equilibrios de poderes y están dejando en la irrelevancia a su Tribunal de Justicia y a su propio legislativo, a pesar de que su partido es mayoría en ambas cámaras.
Para el mundo es una alerta y una amenaza: o se pliegan a la personalidad de este presidente o aceptan la confrontación, con las consecuencias que ello pueda llevar. En todo caso, proyectos comunitarios como la Unión Europea (UE), deben plantearse una reorientación de su modelo sin la presencia de la Unión Americana y en ello van dos temas básicos: a) fortalecer una estructura de seguridad post-Trump y, en segundo lugar, recuperar el viejo y nunca acabado debate sobre la construcción de una política exterior común. Una posición única en el concierto de naciones le podría hacer recuperar el peso que ha perdido en la última década.
De la misma forma que la UE debe repensar su vínculo con Estados Unidos, regiones de Medio Oriente; Asia, Oceanía y América Latina también se encuentran en la obligación de reevaluar su vínculo con la gestión Trump. Su desventaja es aún mayor que la UE, Rusia o China y por ello deben apelar a la creatividad para oponer resistencia ante la potencia global. Las alianzas regionales, el fortalecimiento de los instrumentos regionales y de intercambio comercial, científico y educativo, podrían ser el inicio de la construcción de otras vías de desarrollo, que sin ignorar ni confrontar a la administración Trump, permitan dar aire a proyectos que están ahogados por la presión de esta moderna autocracia.
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Nota del editor: Javier Urbano Reyes es profesor e investigador en el Departamento de Estudios Internacionales (DEI) en la Universidad Iberoamericana (UIA), académico de la Maestría en Estudios sobre Migración en el DEI-UIA. Escríbele a javier.urbano@ibero.mx Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.
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