La agresión a Venezuela, el secuestro del autoproclamado presidente Nicolás Maduro y el sometimiento a juicio bajo las leyes de Estados Unidos, son apenas un ejemplo del desprecio que Donald Trump tiene de las normas internacionales. No se trata de defender a un dictador como Maduro, que se adueñó de Venezuela violando toda norma democrática básica. Se trata de entender la dimensión y gravedad de una situación en que una potencia se apropia del derecho de tutelar los procesos internos de otra nación. Es regresar a las épocas de la colonia o de la dominación ejercida por Estados Unidos en Latinoamérica, una época oscura que costó miles de vidas y pospuso la maduración de unas democracias aún débiles en el subcontinente.
Sin embargo, el modelo estadounidense ya no es privativo de esta potencia. Su acción en Venezuela fortalece iniciativas del mismo perfil en un proceso que parece perfilar un mundo tripartita de tres potencias que se han abrogado el derecho de decidir por otras poblaciones: por un lado, los propios Estados Unidos, que ha llevado a los hechos la amenaza a la Venezuela de Maduro; su agresivo discurso con Groenlandia, las amenazas y chantajes contra Colombia, Cuba y México; por otro lado, Rusia, cuyas agresiones contra Ucrania se ven fortalecidas por el modelo Trump y en donde el proceso de pacificación parece seguir el mismo sentido de la Unión Americana: amenazar, avasallar, imponer condiciones bajo el argumento de una supuesta defensa de la seguridad. La Unión Europea (UE) ya sufre las consecuencias del modelo Putin; China, la potencia que desde hace décadas se ha apropiado de un espacio relevante en la mesa de las potencias globales por la consistencia de su economía, sus inversiones y el fortalecimiento de su aparato militar, entre otros. cada uno en su espacio de dominio, ejercen el mismo patrón de conducta que parece consolidar un modelo global de dominio tripartito.