Esta preocupación fue evidente en Davos. Más allá de los discursos oficiales, se repitió una idea común: el problema ya no es la falta de cooperación, sino su fragmentación. Un entorno con múltiples estándares, cadenas de suministro politizadas y amenazas constantes eleva los costos de hacer negocios y dificulta la planificación de largo plazo.
En Europa, esta lectura se ha traducido en un énfasis creciente en la llamada autonomía estratégica, entendida no como aislamiento, sino como reducción de vulnerabilidades. Francia ofrece un caso particularmente ilustrativo. Desde hace años, su Ministerio de las Fuerzas Armadas decidió desvincularse del uso de plataformas tecnológicas extranjeras como Microsoft 365 para funciones críticas, ante el temor de que datos sensibles quedaran sujetos a legislaciones extraterritoriales estadounidenses. Más recientemente, el gobierno francés anunció la sustitución progresiva de herramientas como Zoom y Microsoft Teams en la administración pública por una plataforma propia, Visio.
Esta lógica se extiende también al ámbito financiero. En la Comisión Europea y entre los ministros de finanzas de la Unión existe desde hace años un debate sobre la dependencia de infraestructuras de pago dominadas por empresas estadounidenses, como Visa y Mastercard, un debate que ha ganado nuevo impulso en un contexto internacional cada vez más incierto. En ese marco se inscribe el avance del proyecto de un euro digital, impulsado por el Banco Central Europeo, cuyo objetivo es dotar a la Unión de un medio de pago que no dependa de proveedores externos y refuerce su soberanía financiera. De manera paralela, iniciativas como la European Payments Initiative, concebida desde antes de la actual coyuntura, han comenzado a adquirir mayor relevancia operativa con el despliegue progresivo de soluciones como Wero, lo que refleja una tendencia de fondo más que una reacción inmediata. Estas discusiones parten de una conclusión compartida: en un mundo más fragmentado y menos predecible, la dependencia excesiva de infraestructuras financieras críticas externas se convierte en una vulnerabilidad económica y política. No se trata de cerrar las economías, sino de reducir la exposición a decisiones unilaterales en un sistema donde las reglas ya no son estables ni universales.
Para México, este escenario no es abstracto ni lejano. La fragmentación del orden internacional reduce los amortiguadores multilaterales, aumenta la exposición a presiones unilaterales y eleva el costo de depender excesivamente de un solo socio o de infraestructuras externas sobre las que no se tiene control. En un entorno donde el comercio, la tecnología, los pagos y las cadenas de suministro se utilizan cada vez más como instrumentos de poder, la vulnerabilidad deja de ser solo diplomática y se vuelve económica.
Al mismo tiempo, este contexto abre una ventana de oportunidad. Un mundo más fragmentado obliga a mirar hacia adentro no como repliegue, sino como estrategia de resiliencia: fortalecer capacidades productivas, tecnológicas y financieras propias; diversificar proveedores y mercados; e impulsar soluciones nacionales o regionales en sectores críticos. En México, esto podría traducirse en mayor inversión en infraestructura de pagos y fintech, desarrollo de software y servicios digitales para empresas y gobierno, fortalecimiento de la manufactura avanzada vinculada al nearshoring, y en sectores como energía, agroindustria y tecnología industrial, donde reducir dependencias externas no solo disminuye riesgos, sino que genera valor económico. En un entorno donde la estabilidad ya no es un supuesto, la capacidad interna se convierte en un activo estratégico.