El pasado 7 de enero, acto seguido a la crisis política regional ocasionada por la intervención militar de los Estados Unidos en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro y someterlo a un proceso judicial, Donald Trump ordenó a su administración salir de más de 66 organizaciones, convenciones y tratados internacionales (31 de los cuales pertenecen al sistema de las Naciones Unidas), argumentando que se trata de organizaciones ineficientes, costosas y, sobre todo, dañinas a los intereses de Estados Unidos.
‘America Only’ o el traje nuevo del emperador
Esta decisión se suma a la batería de embates orquestados por el gobierno del presidente Donald Trump contra el orden internacional basado en reglas, consensos y seguridad colectiva que se forjó al calor de la Segunda Guerra Mundial y que, con todas sus inconsistencias, logró impulsar la cooperación y evitar la guerra entre las superpotencias por más de 80 años.
Y si bien podemos estar de acuerdo en que la arquitectura multilateral, sus reglas e instituciones necesitan reformarse, que algunas organizaciones internacionales “discuten mucho y operan poco”, “están mal manejadas” y podrían “hacer más con menos”, un orden basado en reglas, instituciones y organizaciones es importante para limitar el poder y contener el uso unilateral de la fuerza.
Sin una lógica autocontenida, sin la búsqueda obligada de consensos, sin el compromiso de hacer aceptable, tolerable y legítimo el uso de fuerza, lo que queda es una aproximación política que se basa en la agresión pura y descarada confirmada por Stephen Miller (ideólogo de Trump) o por el propio Trump en su reciente entrevista con reporteros del New York Times, donde planteó que la fuerza de los Estados Unidos solo puede ser contenida por su propia moral individual. Efectivamente, sin reglas, sin instituciones, sin cooperación y consensos, la moral de una sola persona podría decidir el destino de comunidades nacionales o del orden mundial.
No cabe duda de que el retraimiento masivo de Estados Unidos del orden internacional, del sistema de reglas y acuerdos multilaterales, los está llevando a lo que algunos analistas consideran el paso de America First a America Only, es decir, un país que está rompiendo con sus aliados, que agrede y desprecia a sus vecinos, que se desentiende de organizaciones internacionales con las que definió las reglas del juego, que prioriza el uso de la fuerza y que acerca aceleradamente un punto de inflexión.
La administración Trump ha usado diversas cartas para presionar o congelar el trabajo de organizaciones internacionales, sea evitando el nombramiento de los jueces del Órgano de Apelación de la Organización Mundial de Comercio (OMC); cancelando sus compromisos de financiamiento para el sistema humanitario, actividades para el mantenimiento a la paz o presupuesto regular de las Naciones Unidas; sancionando a los jueces o fiscales de la Corte Penal Internacional; o desvinculándose de agencias particulares como el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia y la Cultura (UNESCO), la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA) y, recientemente, del retiro en masa de 66 organizaciones internacionales entre las que se encuentran algunas tan importantes como la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, que es la base de la gobernanza climática o el Fondo de Población que apoya la salud reproductiva en mujeres y niñas de todo el mundo.
Se trata de un esfuerzo temerario y nocivo que obstaculiza los esfuerzos globales para atender problemas transnacionales, que despoja a Estados Unidos de aliados y lo limita en su capacidad para incidir en toma de decisiones colectivas, o recordando el famoso cuento de Hans Christian Andersen (1837) “El traje nuevo del emperador”, presenta a un Estados Unidos que hace gala de su poder militar pero, en realidad, desfila solo, desnudo y autoengañado.
Porque, vamos, aunque bajo presión el sistema internacional que Estados Unidos se apresura a desmantelar, está amarrado a una dinámica de interdependencia muy profunda que va más allá de las decisiones tomadas por ese país. El sistema multilateral responde también a una lógica pragmática, una que reconoce la variación en poder y recursos, y que por ello, incluso, diseñó instituciones con condiciones tan extrañas como el veto en el Consejo de Seguridad de la ONU; o el voto ponderado en las instituciones financieras internacionales, es decir, incorporando la ineludible diferencia de poder entre los actores pero, aún así, obligados a buscar consensos.
No estaría mal seguir apostando por esa visión pragmática, pues en las condiciones en las que vivimos, ningún actor por muy poderoso que sea puede actuar por sí solo. La autoridad se encuentra fragmentada y las decisiones se están tomando en múltiples foros y niveles de coordinación, las organizaciones internacionales trabajan cada vez más en redes de múltiples actores en las que participan estados, empresas privadas, organizaciones no gubernamentales, comunidades epistémicas, asociaciones público-privadas, etc.
Históricamente algunas organizaciones han logrado sostenerse sin la participación de los Estados Unidos como sucede con la Corte Penal Internacional; otras están comenzando a avanzar nuevos instrumentos a favor de los derechos humanos, gracias a que Estados Unidos ya no participa en sus procesos de decisión como sucede en el Consejo de Derechos Humanos, en donde se aprobó un mecanismo de investigación y recopilación de pruebas independiente en Afganistán, considerado como un hito histórico en materia de justicia y reparación y verdad.
Difícilmente el sistema multilateral va a caer totalmente. Se recompondrá luego del shock. A menos que los pesos y contrapesos del propio Estados Unidos dejen de funcionar del todo, el resultado será un país aislado y debilitado en muchos frentes. Y, cierto, esta crisis es un llamado de atención a rediscutir y redefinir el entramado de la gobernanza global para hacerla más pragmática todavía, pero también menos tímida y discursiva y más clara respecto de sus límites y capacidades.
Al final de cuentas, evitar que uno o dos poderes financien mayoritariamente el sistema de organizaciones internacionales, ya está claro, es insostenible. Y, además, es una práctica gravemente limitativa para el propio sistema.
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Nota del editor: Laura Zamudio González es profesora de tiempo completo del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. Escríbele a laura.zamudio@ibero.mx Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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