En apariencia, la fórmula es sencilla porque asume que el individuo, de manera responsable y consciente, no actuará en detrimento del bien común, sino con base en principios éticos y humanistas.
Sin embargo, como sabemos, en la práctica, el comportamiento de las personas y las sociedades es mucho más complejo y los resultados no siempre son los óptimos.
¿Por qué tenemos un modelo económico deficiente que genera desigualdad y es incapaz de erradicar la pobreza?, ¿Por qué la política se ha desprestigiado a tal punto que la gente ya no cree en la representación democrática?
La razón es clara: los intereses individuales de algunos líderes y tomadores de decisiones no se alinean, sino que contravienen el interés general.
El sistema capitalista es efectivo en producir riqueza e impulsar la innovación. La industria promueve el crecimiento económico y el desarrollo de las sociedades.
No obstante, si la riqueza no se distribuye de forma razonable entre la población, propiciando que la mitad de las personas vivan en pobreza, mientras una minoría del 1 % concentra cantidades inmensas de capital, con certeza algo no funciona correctamente.
Una sociedad capitalista ideal es aquella en que las personas gozan de ingresos suficientes para cubrir todas sus necesidades básicas, al tiempo que mujeres y hombres que destacan por su trabajo y talento acceden meritoriamente a niveles de vida más elevados en el aspecto material.
En lenguaje llano, el capitalismo debe aspirar a crear sociedades donde haya ricos y más ricos, y no personas sometidas a horarios laborales exhaustivos con sueldos míseros para el enriquecimiento desproporcionado de unos pocos privilegiados -en lo cual consiste la esclavitud moderna-.
Esto es posible, aunque para lograrlo el gobierno debe hacer su parte, no con el fin de entrometerse en la industria y la empresa privada, pero sí implementando políticas bien encaminadas para instaurar programas públicos que atiendan problemas sociales -evitando el clientelismo que solo trae más pobreza a mediano y largo plazo-.
Bélgica, Suiza, Singapur y Nueva Zelanda son algunos ejemplos de la actualidad en cuanto a buenas prácticas de capitalismo con dimensión distributiva e igualitaria -nadie podría tildar de comunistas a estas naciones-.
La democracia es la mejor forma de organización política, ya que permite la estabilidad necesaria para poner en marcha proyectos de gobierno sin que el poder sea arrebatado por medios violentos.
El sistema democrático también se basa en el respeto de los derechos y libertades de los ciudadanos, con el propósito de frenar el abuso de las autoridades gobernantes y resolver conflictos de manera pacífica y civilizada.