El fenómeno Trump marca un punto de inflexión en las relaciones internacionales y en los debates sobre la política exterior: Washington ha activado una estrategia de presión combinada y multinivel, integrando instrumentos políticos, económicos y diplomáticos para alcanzar sus objetivos de seguridad nacional. Mientras que las potencias centrales y sistémicas aprovechan el desorden mundial auto-propiciado para repartirse el mundo en zonas de influencia y control de espacios, las potencias medias y los poderes regionales, celosos de su soberanía, deben acreditar la suma de sus atributos geográficos, económicos y demográficos en la escena internacional, a propósito de reducir sus vulnerabilidades para no quedar atrapados entre Washington o Beijing.