El fenómeno Trump marca un punto de inflexión en las relaciones internacionales y en los debates sobre la política exterior: Washington ha activado una estrategia de presión combinada y multinivel, integrando instrumentos políticos, económicos y diplomáticos para alcanzar sus objetivos de seguridad nacional. Mientras que las potencias centrales y sistémicas aprovechan el desorden mundial auto-propiciado para repartirse el mundo en zonas de influencia y control de espacios, las potencias medias y los poderes regionales, celosos de su soberanía, deben acreditar la suma de sus atributos geográficos, económicos y demográficos en la escena internacional, a propósito de reducir sus vulnerabilidades para no quedar atrapados entre Washington o Beijing.
Potencias medias y autonomía estratégica en un mundo tripolar
Las amenazas geopolíticas de Trump en el mundo se han normalizado: Groenlandia, OTAN, Unión Europea, Irán, Venezuela, México, Colombia, y de manera más reciente Cuba, la arquitectura que forma parte de la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, el documento rector de su política de defensa, economía y relaciones exteriores al 2028. A ello se le debe sumar, la narrativa del jefe de la Casa Blanca de negarse a reconocer límites y contrapesos a su poder, como los tratados internacionales o la misma constitución estadounidense, siendo la única barrera: su moralidad y mente, tal y como lo señaló en una entrevista reciente del New York Times.
En este contexto, resultó relevante el discurso de Mark Carney en el Foro de Davos. No por novedoso, sino por ser tan oportuno en el timing político de hoy. El primer ministro de Canadá delineó una hoja de ruta que las potencias medias deben acreditar para conseguir su autonomía estratégica, la herramienta geopolítica para navegar en el orden tripolar sin perder capacidad de autodeterminación. Se trata de una discusión de larga data en las relaciones internacionales que cobra vigencia en el contexto de extrema competencia entre grandes potencias.
Carney fue claro y punzante al señalar que “las potencias medias deben actuar juntas porque si no estás en la mesa, estás en el menú”, haciendo alusión al poder asimétrico de las superpotencias que imponen de manera brutal y sin condiciones a los poderes intermedios o menores. Bajo esta lógica, Canadá ha decidido forjar otros alineamientos geopolíticos para no depender en exceso de Washington, y ampliar su margen de maniobra, pues cuando se facilita la diversificación de alianzas y los países se coaligan internacionalmente, el peso de los Estados se revalora en la política global.
La estrategia de diversificación de Ottawa se ha puesto en marcha. Carney, ha pasado cerca de 60 días en el extranjero durante su primer año de mandato, realizando giras internacionales que refuerzan su proyección global. Su gobierno anunció 12 nuevos acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes, concretados en tan solo seis meses; firmó una Asociación Estratégica con China y Catar y ha tomado decisiones para empoderar su economía, industria y política de defensa. Canadá está haciendo la tarea en casa y empieza a recoger los frutos de su política de autonomía estratégica que lo alejan de la codicia trompista y de la amenaza de convertirse en el estado número 51 de la Unión Americana.
Activar la influencia y construir estados menos dependientes de las grandes potencias es la tarea geopolítica que toca hacer. Europa impulsa su autonomía estratégica para reducir su dependencia militar de Estados Unidos y ha sellado un acuerdo comercial con el Mercosur después de más de 20 años de negociaciones, además del reseteo bilateral entre Reino Unido y China, tras la visita de Keir Starmer a Beijing y el fortalecimiento de lazos comerciales entre Berlín y Beijing. La India, por su parte, coopera con Occidente y mantiene vínculos con Rusia, además de haber sellado un reciente tratado de libre comercio con Bruselas, considerado la “madre de todos los acuerdos”. Esto significa que Narendra Modi eleva las capacidades de su país para que pueda tomar decisiones soberanas e independientes sin alinearse automáticamente a ningún bloque o potencia. En Latinoamérica, Brasil también destaca por seguir este camino.
México no puede quedar rezagado ante el cambio de era geopolítica. Fallamos si no acreditamos una política exterior a la altura de las circunstancias. El determinismo geográfico de México debe primar en nuestra política exterior, pero ello no significa que no podamos jugar con las multilateralidades que nos ofrece el tablero internacional. Todo depende de cómo manejemos nuestras capacidades internas (productivas, energéticas, científicas y de seguridad) y de la política pública para empoderarlas y/o vulnerarlas. De esto último depende nuestro arsenal de cartas para negociar en el orden internacional.
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Nota del editor: Rina Mussali es analista internacional y miembro del Comexi. Síguela en X como @RinaMussali . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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