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No todo cabe en una pantalla de bolsillo

El trabajo híbrido dejó claro que no todos los dispositivos sirven para todo. El smartphone y la tablet resolvieron la movilidad, pero no el trabajo profundo.
mar 24 febrero 2026 06:01 AM
No todo cabe en una pantalla de bolsillo
La interfaz de un teléfono empuja a la distracción, a la multitarea constante y a sesiones cortas que rompen el flujo. La laptop, en cambio, sigue siendo el espacio del enfoque, considera Ana Peña. (Foto: iStock)

Durante más de una década escuchamos el mismo mantra: “la laptop está condenada”. El smartphone ––siempre en tu mano–– y tablet ––ligera, táctil y suficiente para casi todo–– parecían destinados a reemplazarla. Las ventas cayeron, los titulares se repitieron y la narrativa se consolidó: el futuro era móvil, inmediato y fragmentado. Hecho de micro-momentos, notificaciones constantes y atención dispersa.

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Pero el diagnóstico estaba equivocado. El problema nunca fue el formato, sino la tecnología que llevaba dentro. Por un momento confundimos la conveniencia con la capacidad. El smartphone y la tablet resolvieron la inmediatez, pero no el enfoque. Piénsalo así: cuando realmente necesitas concentrarte y hacer algo importante, no lo haces desde tu teléfono; abres tu laptop. Ese ritual ––levantar la tapa, sentir el teclado y ver la pantalla–– marca la diferencia entre estar conectado y estar presente.

La laptop no sobrevivió por nostalgia, sino porque hay cosas que no se resuelven moviendo el pulgar. Hoy, no buscamos algo que quepa en nuestro bolsillo, sino algo que esté a la altura de nuestras ideas y la escala de nuestras necesidades.

El punto de quiebre: el chip, no la carcasa

En las últimas décadas, las laptops nos dieron más de lo mismo: un poquito más de batería, una pantalla más fina o un diseño más bonito. Pero por dentro, seguían estancadas en el pasado. Tenías que elegir: o te comprabas una computadora ligera que no podía con nada o cargabas un ladrillo ruidoso que se calentaba en cuanto picabas el botón de encendido. Estábamos atrapados en esa idea de que si querías potencia, tenías que renunciar a la movilidad. Portátil y potente no podían ir en la misma frase.

Todo eso cambió cuando el cerebro de la computadora cambió. Dejamos de intentar que un motor de camión cupiera en un coche compacto y empezamos a diseñar motores inteligentes. Y ese cambio de arquitectura nos dio algo que dábamos por perdido: libertad. Libertad de trabajar en un café sin tener que buscar desesperadamente un enchufe y la tranquilidad de que va a aguantar tu ritmo sin dejarte tirado a la mitad de una idea.

Dejamos de ver a la laptop como un sustituto temporal para empezar a usarla como nuestra herramienta principal.

La potencia volvió al centro

El trabajo híbrido dejó claro que no todos los dispositivos sirven para todo. El smartphone y la tablet resolvieron la movilidad, pero no el trabajo profundo. El mercado global de las PC volvió a crecer en 2024. Y no fue porque la gente quisiera otra pantalla más, sino porque necesitaba equipos capaces de aguantar el trabajo real. Cuando la laptop recuperó la potencia, recuperó su lugar.

No estamos abandonando el smartphone. Pero sí estamos entendiendo sus límites. El celular es excelente para consumir contenido, comunicarse y reaccionar. No para pensar profundo, crear ni construir.

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La interfaz de un teléfono empuja a la distracción, a la multitarea constante y a sesiones cortas que rompen el flujo. La laptop, en cambio, sigue siendo el espacio del enfoque.

Cada vez estoy más convencida de que el smartphone no debería ser la herramienta principal de nuestro trabajo. No me malentiendas. No estoy en contra del smartphone; al contrario, amo mi teléfono y no salgo a ningún lado sin él. Es mi cámara, mi mapa y mi conexión con el mundo. Pero mi laptop sigue siendo mi espacio de enfoque.

Es el territorio donde yo decido qué hacer, no donde un algoritmo decide qué debo sentir o en qué debo gastar mis próximos diez segundos. En mi laptop, el cursor parpadea esperándome a mí; en mi teléfono, soy yo quien espera la siguiente notificación. Ese es su verdadero valor hoy: ser el último refugio del pensamiento profundo. Es el lugar donde dejo de consumir el mundo de otros para empezar a construir el mío.

Cuando la potencia deja de presumirse y empieza a sentirse

Durante años, la potencia se medía en especificaciones. Hoy se mide en experiencia. Se siente cuando puedes trabajar con múltiples aplicaciones exigentes sin fricción. Cuando no necesitas pensar en el cargador. Cuando procesos complejos —incluidos los de IA— ocurren en segundo plano, sin interrumpir tu trabajo.

Meter inteligencia artificial directo en los chips no es un capricho: es la evolución que estábamos esperando. Olvídate de esperar o de preocuparte por la privacidad; ahora el cerebro de tu laptop es lo suficientemente inteligente para resolver las cosas ahí mismo. Ya no es solo un aparato donde escribes o diseñas, es una herramienta que entiende lo que estás haciendo y te sigue el paso.

No es nostalgia. Es evolución. La laptop no está regresando del pasado. Está redefiniéndose para una era post-smartphone, donde la potencia ya no se presume, se siente.

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Bienvenido a la era donde la tecnología no te interrumpe, te potencia. La laptop nunca se fue; solo estaba esperando a que tu ambición necesitara más que una pantalla de bolsillo.

Hoy, el círculo se cierra. Lo que antes era una opción, hoy es —otra vez— nuestro centro de gravedad. Porque para lo que viene, ya no basta con estar conectado; hace falta estar presente.

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Nota del editor: Ana Peña es directora de comunicación para las Américas en Intel. Síguela en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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