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En 2026, la IA ya decide en las empresas y la responsabilidad sigue sin dueño

La IA opera en consejos de administración, comités de riesgo, áreas legales, marketing, operaciones y servicio al cliente. La discusión ya no es si debe adoptarse, sino cómo se usa y bajo qué límites.
mié 25 febrero 2026 06:01 AM
En 2026, la IA ya decide en las empresas y la responsabilidad sigue sin dueño
Muchas organizaciones siguen confundiendo adopción con madurez. Están incorporando IA sin haber resuelto lo más elemental: quién toma la decisión final, quién supervisa al modelo y quién asume la responsabilidad cuando el algoritmo se equivoca, apunta José Luis Pulido. (Foto: iStock)

La Inteligencia Artificial (IA) ya no es una promesa ni una ventaja temprana. En 2026 se ha consolidado como una infraestructura crítica para los negocios; en menos de una década pasó de ser una herramienta experimental, limitada a equipos técnicos, a convertirse en un eje central de decisión en empresas de todos los tamaños y sectores. Hoy la IA opera en consejos de administración, comités de riesgo, áreas legales, marketing, operaciones y servicio al cliente. La discusión ya no gira en torno a si debe adoptarse, sino a cómo se está usando y bajo qué límites.

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Durante los últimos años, el principal argumento a favor de la IA ha sido la eficiencia. Automatización de procesos, reducción de costos, analítica predictiva, personalización de experiencias, generación de contenido, detección de fraude y optimización comercial forman parte del estándar competitivo. Sin embargo, muchas organizaciones siguen confundiendo adopción con madurez. Están incorporando IA sin haber resuelto lo más elemental: quién toma la decisión final, quién supervisa al modelo y quién asume la responsabilidad cuando el algoritmo se equivoca.

Desde la experiencia de trabajar con organizaciones que hoy utilizan IA en procesos críticos de negocio, el patrón es claro: la tecnología avanza más rápido que la capacidad de las empresas para gobernarla. El verdadero cambio no está en automatizar más, sino en aceptar que se ha comenzado a delegar poder de decisión a sistemas que no comprenden contexto, reputación ni consecuencias sociales. En 2026, esta delegación ya no es marginal, es estructural.

A este escenario se suma un riesgo que ya es imposible ignorar. La IA no solo ha escalado la productividad, también ha escalado el engaño. Hoy es más fácil falsificar identidades, clonar voces, generar documentos creíbles y simular interacciones humanas completas, reduciendo de forma drástica el costo del fraude, la manipulación y la desinformación.

Para sectores como el financiero, el comercio digital y los seguros, la IA dejó de ser únicamente un motor de crecimiento y se convirtió también en un frente de defensa. Usar IA para operar implica, inevitablemente, usarla para protegerse de otra IA; en este contexto, la prevención de fraude ya no es una función secundaria, sino parte del núcleo del negocio.

Mientras tanto, la regulación y los marcos de protección de datos avanzan a ritmos distintos entre países y sectores. Aun así, las empresas ya están tomando decisiones de alto impacto con modelos que no siempre pueden auditarse, explicarse o justificarse por completo. En industrias reguladas, la pregunta dejó de ser si la IA es viable. Hoy la pregunta es si es defendible frente a un cliente, un regulador o una crisis reputacional.

Paradójicamente, mientras la conversación pública se concentra en marketing, ventas y atención al cliente, hay áreas donde la IA sigue claramente subexplotada. El diseño de productos es una de ellas. No sólo entender qué compra el cliente, sino por qué abandona, por qué se endeuda mal o por qué no utiliza lo que contrató.

Otro espacio clave es la orquestación de ecosistemas, donde la IA puede conectar actores, aliados y proveedores, no solo bases de datos aisladas; también la gestión del talento, no para sustituir personas, sino para detectar fricciones, silos y desgaste organizacional antes de que impacten resultados. Y, de forma creciente, la prevención estratégica, usar IA para anticipar riesgos reputacionales, regulatorios o de mercado antes de que se manifiesten en los indicadores tradicionales.

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En estos ámbitos, la IA deja de ser una herramienta operativa y asume el rol de copiloto estratégico, algo que muchas organizaciones aún no terminan de habilitar. No por falta de tecnología, sino por falta de criterios claros sobre dónde termina la eficiencia y dónde comienza la responsabilidad.

En 2026, cualquier desaceleración en el uso de la IA no provendrá de límites técnicos. Los frenos reales están en la confianza, la ética, la regulación, la protección de datos y los costos de operar modelos cada vez más complejos. La ventaja competitiva ya no pertenece a quien adopta primero, sino a quien entiende dónde no debe usar IA, aunque pueda hacerlo.

La IA ya está redefiniendo el concepto de responsabilidad empresarial. Cada modelo entrenado, cada proceso automatizado y cada decisión delegada desplaza una pregunta que muchas organizaciones prefieren evitar: ¿quién responde cuando algo sale mal? En un entorno donde los algoritmos ya toman decisiones críticas, el liderazgo no se medirá por la velocidad de adopción, sino por la capacidad de asumir las consecuencias. Y en 2026, esa omisión empieza a ser más riesgosa que cualquier error técnico.

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Nota del editor: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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