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Empleo formal, donde la economía se convierte en la vida real

Buena parte de la estabilidad social se construye a partir de algo tan sencillo y cotidiano que incluso lo damos por sentado: la continuidad del ingreso.
mié 11 marzo 2026 06:07 AM
ingresos mexicanos covid
Más de la mitad de la población ocupada sigue trabajando fuera de los esquemas formales de seguridad social. Esa dualidad, un sector formal que avanza y una informalidad persistente, continúa siendo uno de los mayores desafíos económicos del país, señala Manuel Herrejón Suárez. (Cuartoscuro )

Las economías suelen contarse a través de indicadores: PIB, tipo de cambio, tasas de interés o inversión extranjera. Son datos importantes, pero no siempre los reveladores. Hay variables menos ruidosas que permiten entender la salud de un país. El empleo es una de ellas.

No el empleo como cifra fría, sino como estructura de estabilidad. La capacidad de una economía para generar trabajo formal sigue siendo la prueba más concreta de que las cosas están funcionando.

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Y los datos del Instituto Mexicano del Seguro Social apuntan en esa dirección. Tras los ajustes habituales del arranque del año, el mercado laboral mexicano volvió a mostrar dinamismo. La afiliación al IMSS se mantiene por encima de los 22.5 millones de trabajadores. Es la base de empleo formal más amplia del país.

Pero creo que lo relevante no es solo el número per sé, sino lo que ocurre alrededor de él. Hay millones de decisiones económicas que empiezan a acomodarse, como una familia que puede comprometerse con una mensualidad sin miedo a quedarse sin ingreso, o un trabajador que accede por primera vez a la seguridad social, o tal vez un hogar que deja de vivir solamente al día. La economía se mide en esos actos de estabilidad.

Hablamos de crecimiento, productividad o competitividad como si fueran conceptos abstractos; como si existieran solo en los almanaques anuales. Sin embargo, buena parte de la estabilidad social se construye a partir de algo tan sencillo y cotidiano, que incluso lo damos por sentado; me refiero a la continuidad del ingreso.

Cada contrato firmado es también una decisión empresarial. Cada nuevo puesto de trabajo es un voto de confianza en la economía.

Nuestro país atraviesa un momento singular dentro de la economía global. La reorganización de las cadenas de suministro, las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, el conflicto entre Estados Unidos e Irán, y los conflictos vinculados a la energía han redibujado la geografía productiva del mundo.

En ese nuevo tablero, México ha adquirido una posición relevante. El nearshoring no es solo una narrativa; es un proceso que empieza a reflejarse en inversión industrial, expansión de parques manufactureros y mayor demanda de talento técnico. El empleo formal suele ser el primer lugar donde esos cambios se vuelven visibles.

Conviene, sin embargo, mirar el panorama completo. El mercado laboral mexicano arrastra una fragilidad histórica: la informalidad. Más de la mitad de la población ocupada sigue trabajando fuera de los esquemas formales de seguridad social. Esa dualidad, un sector formal que avanza y una informalidad persistente, continúa siendo uno de los mayores desafíos económicos del país.

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La diferencia entre ambos mundos es enorme. La formalidad no solo implica un salario registrado; significa acceso a servicios médicos, historial crediticio, financiamiento para vivienda y una red mínima de protección frente a contingencias. En términos simples, significa la posibilidad de planear.

Y cuando el empleo formal crece, millones de personas ganan previsibilidad. Esa previsibilidad tiene efectos económicos concretos. Los hogares consumen con mayor estabilidad, el crédito fluye con más confianza y el mercado interno adquiere una base más sólida. Así se activa el círculo virtuoso entre empleo formal, ingreso disponible y crecimiento económico.

En México, diversas políticas públicas de los últimos años, particularmente las orientadas a fortalecer el ingreso laboral y ampliar la formalización, han contribuido a sostener parte de esta dinámica. No explican por sí solas el fenómeno, pero sí forman parte del contexto institucional que permite entenderlo.

Creo que el verdadero desafío está más adelante. La relocalización industrial que vive América del Norte podría convertirse en una de las transformaciones económicas más relevantes para México en décadas. Pero las oportunidades no se convierten por sí solas en prosperidad. Requieren capital humano, productividad y un mercado laboral capaz de absorber ese nuevo dinamismo.

En otras palabras, el desafío no es únicamente atraer inversión; el desafío es convertir esa inversión en trabajo estable.

Porque al final las economías pueden presumir grandes cifras macroeconómicas y aun así dejar a millones de personas viviendo en la incertidumbre cotidiana. El empleo formal, en cambio, produce algo más tangible: estabilidad.

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Y cuando esa estabilidad se multiplica por millones de trabajadores, millones de madres y padres, la economía deja de ser una discusión técnica y se convierte en posibilidad real; posibilidad de pagar una colegiatura, de ir al médico sin miedo, ordenar las deudas y mirar el mes siguiente con menos angustia. En México, esa tranquilidad es la forma más concreta de esperanza y crecimiento.

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Nota del editor: Manuel Herrejón Suárez es un empresario mexicano con más de dos décadas de experiencia en el sector bursátil y mercado cambiario, especialista en gestión de proyectos en el sector financiero. Es Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México y Maestro en dirección de empresas para ejecutivos por el IPADE.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión.

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