Pero, tener recursos no garantiza poder económico. La historia mundial está llena de países con enorme riqueza mineral que nunca lograron traducirla en desarrollo sostenido. ¿La razón? La minería crítica no depende únicamente del subsuelo. Depende, sobre todo, de la superficie institucional.
Estamos frente a una industria intensiva en capital, de largo plazo y extremadamente sensible a la incertidumbre. Desde que se identifica un yacimiento hasta que produce comercialmente pueden pasar 10 o 15 años. Ojo; las decisiones de inversión que se toman hoy están apostando por la estabilidad de las próximas décadas. Y el capital que se mueve en ese horizonte no tolera ambigüedades.
Certidumbre jurídica, reglas regulatorias claras, seguridad territorial, infraestructura logística y procesos administrativos eficientes no son lujos ni aspiraciones ideales, son el punto de partida. Y cuando esas condiciones no existen, el capital simplemente se desplaza.
Por eso, cuando hablamos de atraer decenas de miles de millones de dólares al sector, el tema de fondo no es geológico sino institucional. Desde mi perspectiva, lo que está verdaderamente en juego es la construcción de confianza económica a largo plazo.
Hay otro elemento que me parece todavía más relevante. Este acuerdo coloca a México dentro de una arquitectura de seguridad económica regional; eso cambia la escala de la discusión. Ya no se trata únicamente de producir más, sino de integrarse a la base material que sostiene el sistema industrial de la región.
Durante años participamos específicamente en la manufactura final. Ya no; hoy estamos entrando en el origen mismo de los insumos que permiten que esa manufactura exista. La diferencia es abismal.
Pero con esa posición también llegan responsabilidades mayores. Considero que ser proveedor estratégico exige confiabilidad sostenida, estabilidad institucional, continuidad de políticas públicas y visión de largo plazo. Esto no es un ciclo económico pasajero, sino un proyecto de país, con todas sus letras.
La minería dejó de ser una actividad extractiva tradicional para convertirse en infraestructura del futuro y México tiene frente a sí una oportunidad real de convertirse en actor estructural de ese nuevo orden productivo. Pero esa posibilidad no está garantizada por la geografía ni por los recursos; está a merced de la capacidad institucional para ofrecer estabilidad, claridad y continuidad.