Bernard Stiegler, filósofo francés que dedicó tres volúmenes de su obra “La técnica y el tiempo” a rastrear cómo las herramientas transforman la mente que las usa, sostenía que adoptar una tecnología no es un acto neutral. Cada instrumento que incorporamos reorganiza la cognición que lo rodea. Lo dijo de la escritura, del alfabeto, de la imprenta. Lo que no alcanzó a ver, porque murió en 2020, es que llegaríamos a una herramienta capaz de pensar en nuestro lugar con suficiente verosimilitud como para convencernos de que el pensamiento ocurrió.
Un estudio publicado en junio de 2025 por investigadores del MIT Media Lab midió, durante cuatro meses y con electroencefalografía, la actividad cerebral de 54 participantes escribiendo ensayos bajo tres condiciones distintas: con un modelo de lenguaje, con un buscador, o sin ninguna herramienta. Los resultados, aunque todavía en revisión por pares, son difíciles de ignorar. Quienes usaron el LLM mostraron hasta un 55% menos de conectividad neural respecto al grupo que escribió sin herramientas. El 83% no pudo citar correctamente una sola oración de su propio ensayo. Los autores, encabezados por la neurocientífica Nataliya Kosmyna, llamaron al fenómeno "deuda cognitiva", la acumulación silenciosa de costos cognitivos a largo plazo cuando se delega el pensamiento de manera sistemática. La propia Kosmyna advirtió que, a diferencia de una deuda financiera, esta no tiene forma de pagarse en diferido.
La trampa de la respuesta correcta
Platón ya lo había visto venir, aunque su objeto de sospecha fuera la escritura misma. En el Fedro, Sócrates traza una distinción que hoy resulta más pertinente que nunca. Hay dos formas de tener algo en la mente. La anamnesis es el recuerdo genuino que viene de haber trabajado una idea hasta hacerla propia; la hypómnesis es la consulta de una ayuda-memoria externa que produce la apariencia del conocimiento sin su sustancia. El texto, dice Sócrates, "responde lo mismo a quien sabe que a quien no sabe". La IA lo hace con más elegancia, y esa es exactamente la trampa. Responde tan bien que la distinción entre entender y recibir una respuesta se vuelve invisible.
La investigación contemporánea tiene un nombre para esto. La llaman "ilusión de competencia". Un estudio publicado en Frontiers in Psychology encontró que quienes delegan tareas intelectuales a una herramienta tienden a sobrestimar su comprensión real del resultado, porque la sensación de haber producido algo se transfiere al output de la máquina. Creemos que pensamos porque pensamos el prompt. Pensar el prompt no es lo mismo que pensar el problema.
Lo que más se escapa en los debates públicos sobre IA es esta pregunta específica, no sobre eficiencia ni sobre si la tecnología reemplaza empleos, esas son preguntas reales, pero distintas, sino sobre qué le ocurre al aparato cognitivo cuando lo dejamos en pausa durante suficiente tiempo.