Geográficamente, el Ártico es la zona más corta para el intercambio de misiles balísticos intercontinentales entre América del Norte y Eurasia y, con el deshielo de las rutas comerciales, se convertirá también en la zona más corta para el intercambio comercial entre continentes.
Durante la Guerra Fría, la región estuvo fuertemente equipada con bases militares, estaciones de radar y mecanismos de alerta temprana para contenerse mutuamente. Posteriormente, tras la caída de la URSS, los países y pueblos indígenas originarios que comparten el Ártico diseñaron mecanismos de gobernanza, cooperación y coordinación científica, en materia de desarrollo sostenible, protección ambiental, cuidado de los fondos marinos y otros temas claves para la región, contribuyendo al establecimiento de una zona estable y pacífica.
Desafortunadamente, en los últimos años, la acelerada competencia por el Ártico ha puesto punto final a ese estado de excepción. Varios acontecimientos reforzaron en Moscú el temor de que sus fuerzas puedan quedar encerradas y vulnerables geoestratégicamente. Entre los más importantes se puede mencionar la recién incorporación de Suecia y Finlandia a la OTAN, o el manifiesto interés de China en la región, incrementando todavía más la incertidumbre.
También habría que considerar la agresiva actitud de Estados Unidos de anexarse Groenlandia o construir un sistema de defensa antimisiles hipersónicos, proyectando una cobertura espacial sobre el hemisferio norteamericano para detectar amenazas (Domo Dorado). Por último, pero no menos grave, la reciente expiración del Tratado de Reducción de Armas Estratégicas conocido como New START, el último acuerdo jurídicamente vinculante que limitaba los arsenales nucleares estratégicos de Estados Unidos y Rusia a máximo 1,550 ojivas nucleares desplegadas.
Por su parte, Estados Unidos, argumenta que existen brechas de seguridad regional en el llamado Alto Norte, específicamente entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido, y teme que los rusos y chinos puedan aprovecharlas para atacarlos, desplegar guerras híbridas y hacerse con los recursos naturales y las rutas comerciales en forma exclusiva.
Pero crear zonas de influencia y seguridad exclusivas en el Ártico es imposible. Son muchos los temas y los actores involucrados y ninguno de ellos tiene la capacidad de resolver por sí solo problemas transnacionales. Además, la experiencia histórica demuestra que las decisiones unilaterales no contribuirán a despejar el dilema de seguridad predominante en la región.