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Centinelas en el Ártico. Del excepcionalismo al primer plano de la confrontación nuclear

De no contar con toda esta arquitectura de reglas, estructuras e incentivos, la compleja realidad del Ártico podría ser muy difícil de manejar.
mar 17 febrero 2026 06:01 AM
Ilulissat, un encantador pueblo de Groenlandia, se traduce como "icebergs". Es el hogar del Ilulissat Icejord de la UNESCO, que ofrece paisajes notables.
Geográficamente, el Ártico es la zona más corta para el intercambio de misiles balísticos intercontinentales entre América del Norte y Eurasia y, con el deshielo de las rutas comerciales, se convertirá también en la zona más corta para el intercambio comercial entre continentes, apuntan Laura Zamudio y Karla Fastlicht Perelman. (FOTO: Dhoxax/Getty Images)

La semana pasada, la Alianza Atlántica (OTAN), desplegó la operación Centinela del Ártico, una acción acordada entre el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump y el secretario general de la organización, Mark Rutte, para reforzar la presencia militar aliada en una región en la que se avecina una fuerte competencia geopolítica. Siete de los ocho países que conforman el Ártico pertenecen a la OTAN (Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Finlandia, Noruega, Suecia e Islandia), pero es Rusia el que posee el 53% del litoral y tiene establecidas allí bases militares como la Flota del Norte, que funge como parte de la estrategia de “bastión”, orientada a proteger submarinos estratégicos con misiles nucleares.

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Geográficamente, el Ártico es la zona más corta para el intercambio de misiles balísticos intercontinentales entre América del Norte y Eurasia y, con el deshielo de las rutas comerciales, se convertirá también en la zona más corta para el intercambio comercial entre continentes.

Durante la Guerra Fría, la región estuvo fuertemente equipada con bases militares, estaciones de radar y mecanismos de alerta temprana para contenerse mutuamente. Posteriormente, tras la caída de la URSS, los países y pueblos indígenas originarios que comparten el Ártico diseñaron mecanismos de gobernanza, cooperación y coordinación científica, en materia de desarrollo sostenible, protección ambiental, cuidado de los fondos marinos y otros temas claves para la región, contribuyendo al establecimiento de una zona estable y pacífica.

Desafortunadamente, en los últimos años, la acelerada competencia por el Ártico ha puesto punto final a ese estado de excepción. Varios acontecimientos reforzaron en Moscú el temor de que sus fuerzas puedan quedar encerradas y vulnerables geoestratégicamente. Entre los más importantes se puede mencionar la recién incorporación de Suecia y Finlandia a la OTAN, o el manifiesto interés de China en la región, incrementando todavía más la incertidumbre.

También habría que considerar la agresiva actitud de Estados Unidos de anexarse Groenlandia o construir un sistema de defensa antimisiles hipersónicos, proyectando una cobertura espacial sobre el hemisferio norteamericano para detectar amenazas (Domo Dorado). Por último, pero no menos grave, la reciente expiración del Tratado de Reducción de Armas Estratégicas conocido como New START, el último acuerdo jurídicamente vinculante que limitaba los arsenales nucleares estratégicos de Estados Unidos y Rusia a máximo 1,550 ojivas nucleares desplegadas.

Por su parte, Estados Unidos, argumenta que existen brechas de seguridad regional en el llamado Alto Norte, específicamente entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido, y teme que los rusos y chinos puedan aprovecharlas para atacarlos, desplegar guerras híbridas y hacerse con los recursos naturales y las rutas comerciales en forma exclusiva.

Pero crear zonas de influencia y seguridad exclusivas en el Ártico es imposible. Son muchos los temas y los actores involucrados y ninguno de ellos tiene la capacidad de resolver por sí solo problemas transnacionales. Además, la experiencia histórica demuestra que las decisiones unilaterales no contribuirán a despejar el dilema de seguridad predominante en la región.

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En un contexto en el que las partes se sienten vulnerables y amenazadas, las decisiones pensadas como defensivas, por una parte, tenderán a ser interpretadas como ofensivas por la otra, desatando una escalada involuntaria.

Para evitar la escalada de conflicto y evitar que la región quede al centro de la competencia nuclear, lo mejor es recuperar o rediseñar estructuras de gobernanza en las que participen múltiples actores gubernamentales y no gubernamentales, procesos de comunicación activa y organizaciones multilaterales que establezcan estructuras de incentivos para cooperar, tales como información (sé lo que haces), vigilancia y monitoreo (sé que sí cumples) y, certidumbre (sé que esperar).

De no contar con toda esta arquitectura de reglas, estructuras e incentivos, la compleja realidad del Ártico podría ser muy difícil de manejar.

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Nota del editor: Laura Zamudio González es profesora de tiempo completo en el Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. Karla Fastlicht Perelman es estudiante de la Licenciatura en Relaciones Internacionales en la misma universidad. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a las autoras.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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