Costos asociados a la confianza digital
El argumento financiero es igualmente sólido. Prevenir es más barato que reembolsar y mucho menos dañino para la confianza del consumidor. El fraude digital no solo afecta a las víctimas directas, funciona como un impuesto invisible sobre toda la economía digital. Las empresas pagan el costo en verificación adicional, contracargos, soporte y reputación. Las instituciones invierten más en seguridad, y los usuarios enfrentan bloqueos de cuentas, trámites interminables y desconfianza permanente.
A escala global, el costo del cibercrimen alcanzó 9.22 billones de dólares en 2024, y podría superar 13.8 billones para 2028, según estimaciones de Statista . Al mismo tiempo, organizaciones de todo el mundo pierden alrededor de 5% de sus ingresos anuales debido al fraude, de acuerdo con la Association of Certified Fraud Examiners .
El momento correcto
Cuando las personas dudan de la autenticidad de lo que ven en línea, se debilita el comercio digital, se ralentiza la adopción tecnológica y se genera resistencia hacia herramientas de IA que, bien utilizadas, podrían aportar enormes beneficios económicos y sociales.
Por eso, el debate sobre deepfakes y fraude digital no es solo un asunto de seguridad tecnológica. Es una conversación sobre la infraestructura de confianza que sostendrá la economía digital de los próximos años.
La verificación de humanidad puede convertirse en la pieza que falta en esa arquitectura digital: una base que permita a personas, empresas y gobiernos interactuar con mayor seguridad en la era de la IA.
Los consumidores ya exigen mayores garantías de que las personas y los servicios con los que interactúan son auténticos. El desafío de los próximos años no será simplemente detectar lo falso. Será demostrar lo real.
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Nota del editor: Martín Mazza es gerente regional de Latinoamérica en Tools for Humanity. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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