Estábamos en su oficina, en el piso 22, con la ciudad desplegada abajo como un mapa. Llevaba media hora describiéndome su estrategia, sus metas, sus KPIs. Era preciso, exhaustivo. Entonces le hice la pregunta que siempre interrumpe: ¿Y tú cómo estás? Hubo un silencio largo. “Honestamente”, dijo, “creo que mis colaboradores me temen”. “Y lo peor es que antes eso me parecía bien”.
Lo que hoy funciona en el liderazgo
Lo que ese gerente describía sin saberlo no era un problema de estilo de liderazgo. Era una soledad. La soledad particular de quien dirige desde arriba y nunca se entrenó para caminar al lado. Pienso en él cuando veo a ciertos líderes. Su certeza de que dirigir significa tener respuestas y tomar decisiones. Pero debajo de esa superficie pulida hay equipos que cumplen pero no se comprometen, colaboradores que asienten pero no preguntan, y un entusiasmo que se fue apagando lentamente, sin renuncia formal. Lo que algunos investigadores llaman “quiet cracking”; la fractura silenciosa que no aparece en las métricas de desempeño, pero que erosiona lentamente el alma de una organización.
La aceleración de la Inteligencia Artificial, la fragmentación del trabajo híbrido, la incertidumbre económica; todo esto ha vuelto obsoleto el modelo del líder que dirige desde la cima, que señala el camino, que imparte órdenes con precisión quirúrgica. Lo que se necesita hoy no es más autoridad. Es otra cosa. Una cosa más antigua y, paradójicamente, más urgente. Me gusta llamarla acompañamiento.
El término proviene de la tradición espiritual, pero su raíz es aún más profunda. No significa dirigir a alguien, sino caminar junto a alguien. Con humildad y presencia. En el contexto del liderazgo corporativo, representa un giro fundamental: no liderar desde el frente, sino estando al lado. No resolver los problemas de las personas, sino acompañarlas mientras los atraviesan. Verlas enteras, con sus vidas, sus angustias, sus aspiraciones, y no reducirlas a sus indicadores de rendimiento. Esto no es liderazgo blando. Creo que es el liderazgo más difícil que existe.
Para entender de dónde viene esta sabiduría, hay que ir al desierto. No al desierto metafórico de la jerga corporativa, sino al desierto real: Egipto, entre los siglos III y V de nuestra era. Allí, en los páramos de Escetis y en la Tebaida, surgieron comunidades de monjes y eremitas que buscaban lo esencial, despojándose de todo lo accesorio. Los llamamos los Padres del Desierto, y su legado vive en una colección de dichos y relatos conocida como la Apophthegmata Patrum, los dichos de los padres del desierto.
Lo que distinguía a estos maestros —los Abbas y las Ammas— no era su doctrina, sino su estilo de relación. El Abba no comandaba desde arriba. Acompañaba al discípulo adonde fuera necesario ir. Su rol era pastoral en el sentido más literal: cuidar, escuchar, estar presente. Guiar a través del ejemplo y la vulnerabilidad compartida, no mediante la prescripción.
Hay un relato que me habla directamente al liderazgo moderno. Cuando un hermano fue expulsado de su comunidad por un hecho grave, el Abba Macario se levantó y lo siguió. Yo también soy pecador, dijo, y se sentó junto a él. No hubo juicio ní protocolo. Solo presencia y solidaridad en la fragilidad. Ese gesto pequeño es un modelo para cualquier líder que hoy enfrente a un colaborador en crisis, a un equipo al borde del agotamiento o a una organización que ha perdido su sentido de cohesión.
He visto esto funcionar. Un director general en una empresa de tecnología empezó a hacer lo que llamó “caminatas sin agenda”: salidas de cuarenta minutos con distintos miembros de su equipo, sin objetivo predefinido. Solo escuchar. A los seis meses, su equipo tenía la menor tasa de rotación de la empresa. No había cambiado el salario ni los beneficios, pero las personas sentían que alguien las veía.
En la era del trabajo voluntario, cuando la lealtad no se compra, sino que se cultiva, el acompañamiento no es un lujo sentimental. Es una ventaja estratégica. Las personas permanecen donde se sienten acompañadas. Se comprometen donde el liderazgo tiene cara humana.
El acompañamiento también transforma la manera en que un líder aborda el agotamiento. Ya no es un problema que se resuelve con un taller de mindfulness, sino una realidad que se enfrenta juntos. La pregunta no es: ¿cómo te pongo a rendir otra vez? sino: ¿cómo camino contigo a través de esto?
Eso es lo que sugiero a todos mis clientes: agendar tiempo no estructurado para estar con las personas, no para evaluarlas. Ser vulnerables y compartir las propias incertidumbres, porque la vulnerabilidad del líder no debilita, sino que construye. Sobre todo, acompañar, compartir..
Aquel ejecutivo en el piso 22 terminó nuestra sesión de pie, aún mirando hacia la ventana. Antes de salir, me dijo: “Creo que nunca le he preguntado a nadie de mi equipo cómo está. De verdad”. Lo dijo con la seriedad de quien acaba de ver algo que no puede dejar de ver. El Abba en el desierto egipcio no señalaba el camino desde lejos. Caminaba junto a su discípulo, paso a paso. Ese es el liderazgo que necesitamos hoy: no el que apunta solo a la cima, sino el que camina al lado. No restaura solo la cultura de una empresa. Restaura el alma del trabajo.
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Nota del editor: Aldo Civico, Ph.D. es antropólogo y coach ejecutivo, clasificado por Global Gurus entre las autoridades de liderazgo más destacadas del mundo. Es profesor de negociación y resolución de conflictos en la Columbia University de Nueva York. Es autor de La Bitácora Interior , una newsletter semanal enfocada en el desarrollo del liderazgo personal. Email: aldo@aldocivico.com Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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