Durante años, el salario mínimo en México dejó de tener relación directa con el costo real de vivir. Su deterioro fue tan prolongado que millones de trabajadores podían tener empleo formal y, aún así, permanecer lejos de cubrir las necesidades básicas de sus familias. Esa fue una de las grandes contradicciones económicas del país…trabajar no necesariamente significaba estabilidad.
La delgada línea entre ingreso y pobreza
Creo que hoy los datos permiten observar un cambio relevante en esa dinámica.
Un breve contexto. De acuerdo con cifras del Inegi y la metodología del Coneval, en abril de 2026 el valor mensual de la Línea de Pobreza por Ingresos (que contempla el costo de la canasta alimentaria y no alimentaria) se ubicó en 4,954 pesos por persona en zonas urbanas y en 3,572 pesos en zonas rurales. Traducido a la vida cotidiana, una familia citadina de cuatro integrantes requeriría cerca de 20,000 pesos al mes únicamente para cubrir condiciones mínimas de bienestar. No para ahorrar. No para construir patrimonio. Mucho menos para acceder a una vida holgada. Apenas para sostenerse. Sobrevivir.
Estas cifras nos ayudan a dimensionar que el bienestar no depende únicamente de tener empleo, sino de la capacidad real del ingreso para sostener condiciones mínimas de vida. Y ese punto ha comenzado a modificar parte de la conversación económica nacional.
Durante décadas, el salario mínimo perdió poder adquisitivo frente al incremento acumulado de bienes y servicios esenciales. Mientras los costos de alimentación, transporte, vivienda y servicios avanzaban, el ingreso laboral permanecía rezagado. El resultado fue una economía marcada por la fragilidad cotidiana, de trabajadores con ingresos insuficientes para cubrir plenamente el costo básico de bienestar.
Ahora bien, la recuperación salarial registrada en los últimos años adquirió una relevancia económica y social que hoy ya puede observarse en distintos indicadores.
El salario mínimo general pasó de 88 pesos diarios en 2018 a 278.80 pesos diarios en 2025. Más allá de la discusión política que (siempre) suele acompañar el tema, el dato refleja un cambio estructural en la relación entre ingreso laboral y costo de vida. El salario dejó de funcionar únicamente como una referencia administrativa y comenzó a recuperar capacidad real frente a las líneas de bienestar medidas por los organismos oficiales.
Ojo, no estoy diciendo que la pobreza haya desaparecido ni que el ingreso familiar esté libre de presión. Los propios indicadores muestran que el costo de vivir continúa aumentando y que millones de hogares siguen enfrentando una presión constante sobre su gasto cotidiano. Sin embargo, también muestran que el ingreso laboral dejó de deteriorarse al ritmo que había mantenido durante años.
Creo que ahí está uno de los cambios más importantes del panorama económico reciente.
La discusión pública suele concentrarse limitadamente en inflación, crecimiento, tipo de cambio e inversión extranjera, pero pocas veces coloca en el centro un indicador mucho más cercano a la vida diaria. La distancia entre el ingreso y el costo mínimo de bienestar, es fundamental, porque es ahí donde se define gran parte de la estabilidad social y financiera de las familias.
Creo que la pobreza “moderna” ya no puede entenderse únicamente desde la ausencia absoluta de ingresos. Existe también una vulnerabilidad persistente en hogares que trabajan, generan recursos y aun así viven bajo presión constante para cubrir alimentos, transporte, renta, salud, educación, servicios básicos y un extenso etcétera. El deterioro financiero de una familia no comienza necesariamente cuando deja de comer; comienza cuando el ingreso pierde capacidad para sostener estabilidad.
Por eso, considero que el comportamiento reciente del salario mínimo merece analizarse desde una perspectiva menos ideológica y más económica. Los incrementos salariales coincidieron con un entorno de estabilidad macroeconómica relativa, fortalecimiento del empleo formal y mecanismos de apoyo social que ayudaron a contener parte de la presión sobre el ingreso familiar.
Los indicadores de pobreza laboral, recuperación del poder adquisitivo y evolución de las líneas de bienestar nos permiten observar justamente la transición a una economía donde el ingreso laboral recuperó parte del terreno perdido frente al costo cotidiano de vivir.
Ese quizá sea uno de los cambios más relevantes de los últimos años.
Porque la estabilidad económica no solamente se refleja en reservas internacionales, mercados financieros o fortaleza cambiaria. También se observa en la capacidad de las y los mexicanos para cubrir el costo mínimo de vida sin quedar permanentemente al borde de la vulnerabilidad.
Y hoy, por primera vez en mucho tiempo, el salario vuelve a formar parte central de esa conversación.
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Nota del editor: Manuel Herrejón Suárez es un empresario mexicano con más de dos décadas de experiencia en el sector bursátil y mercado cambiario, especialista en gestión de proyectos en el sector financiero. Es Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México y Maestro en dirección de empresas para ejecutivos por el IPADE. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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