Detrás de esa estabilidad no hay magia, hay política fiscal. A través de estímulos al Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS), la Secretaría de Hacienda ajusta la carga fiscal sobre los combustibles para suavizar el precio final al consumidor. Cuando el petróleo sube, reduce el impuesto; cuando baja, lo recompone. En términos simples, amortigua el golpe.
La lógica es comprensible. La gasolina impacta transporte, logística, alimentos, servicios y, en última instancia, inflación. Permitir aumentos abruptos tendría efectos inmediatos en el costo de vida y en la estabilidad económica.
El problema no es la estrategia. El problema es el costo
Cada vez que el gobierno reduce el IEPS para contener el precio de la gasolina, renuncia a ingresos fiscales. No los difiere ni los recupera después, simplemente deja de percibirlos. Y en México, donde la recaudación enfrenta limitaciones estructurales, ese espacio fiscal merece atención.
Los datos oficiales lo han mostrado en distintos momentos. En periodos de alta presión internacional, los estímulos a combustibles han implicado sacrificios recaudatorios relevantes. Recursos que, en otras circunstancias, podrían destinarse a inversión pública, infraestructura o programas sociales.
Entonces, ¿quién paga realmente la estabilidad en el precio de la gasolina? La respuesta no está en la bomba despachadora, sino en las finanzas públicas.
El costo se absorbe mediante menores ingresos para el Estado, lo que obliga a compensar por otras vías, como ajustes en el gasto, reasignaciones presupuestales o mayor presión sobre otros rubros fiscales. En escenarios más complejos, también puede traducirse en mayores necesidades de financiamiento.