No como una solución total (porque no lo es), sino como una forma de cerrar parte de ese margen de operación. Hoy, conseguir una línea sin trazabilidad clara es sencillo. Demasiado. Eso abarata el delito. Y cuando abaratas el delito, lo haces más atractivo.
Ahora…tampoco hay que simplificar el otro lado. Que sean las compañías telefónicas quienes administren los datos no es un detalle menor. Al contrario, les pone foco.
Estamos hablando de empresas que ya manejan información sensible, como facturación, ubicación, hábitos de consumo. No es un terreno nuevo, pero sí uno donde el nivel de exigencia incrementa. Porque ahora no solo se trata de operar, sino de proteger con estándares mucho más altos. Y ahí la responsabilidad deja de ser de uno solo.
El Estado regula, supervisa y sanciona. Las empresas resguardan y administran, y los usuarios decidimos cómo participamos. La confianza y la responsabilidad no desaparecen…se reparten.
Reducir todo a “el gobierno va a tener mis datos” es cómodo, pero incompleto. Hoy, sin un sistema que limite el anonimato, el costo de la impunidad lo están pagando directamente las personas. Cada fraude que sí ocurre, cada llamada de extorsión que sí funciona, cada pérdida que sí se materializa. Eso ya está pasando.
Desde una lógica patrimonial, no hay mucho espacio para romantizar el tema. El dinero que se pierde ahí no regresa. Y cuando ese tipo de pérdidas empieza a escalar, deja de ser un problema individual para convertirse en uno económico.}
Y por eso creo que el dilema está mal planteado. No es privacidad contra control, es riesgo contra costo.
Registrar una línea no va a detener el delito por sí solo, pero sí puede hacer algo importante: encarecerlo, complicarlo, reducirle espacio. Y eso, en términos prácticos, es un avance.
Negarse a cualquier mecanismo bajo el argumento de desconfianza total también es una decisión, y se respeta. El problema es que esa decisión ya tiene un costo…y alguien lo estará pagando inevitablemente.