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90 minutos de pasión, meses de deuda: la economía de las grandes experiencias

Cada vez que un gran acontecimiento se acerca se activa algo más profundo que una emoción colectiva: un ciclo de consumo detonado por la expectativa de una experiencia memorable.
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El Mundial 2026, los festivales y las grandes citas deportivas son mucho más que entretenimiento: son el pretexto perfecto para replantear nuestra relación con el dinero. El verdadero reto no es lograr pagar una entrada, sino evitar que la experiencia de un par de horas financie la angustia de los próximos meses, apunta Fernando Chávez. (Miladin Pusicic/Getty Images)

Son 90 minutos. Y para millones, no es solo un partido: es jugarse el todo por el todo. La pantalla —sea un celular, una televisión o la barra de un bar— deja de ser un dispositivo y se convierte en el estadio. Cada jugada se vive como propia; cada gol se celebra como si no hubiera un mañana.

En esos momentos, el impulso pesa más que la razón. Lo importante es estar, vivirlo, no quedarse fuera. En la cancha, eso puede ser parte de la grandeza del juego. Pero fuera de ella, conviene tener una lectura distinta.

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Cuando esa misma inercia se traslada al bolsillo, el partido se extiende más de la cuenta. Lo que empieza como una decisión del momento —la camiseta oficial, la suscripción para ver la final o el viaje imprevisto— suele traducirse en pagos acumulados y una presión que persiste mucho después del silbatazo final. La verdadera victoria reside en vivir el presente sin hipotecar la estabilidad futura.

Cada vez que un gran acontecimiento se acerca —sea la Fórmula 1, un concierto internacional o la próxima Copa del Mundo—, se activa algo más profundo que una emoción colectiva: un ciclo de consumo detonado por la expectativa de una experiencia memorable. Boletos, traslados y mercancía se asumen como desembolsos inevitables, muchas veces sin dimensionar su impacto real en el patrimonio personal.

El desafío, sin embargo, no radica en el gasto per se, sino en la ausencia de una estrategia que lo respalde. Los eventos masivos generan un entusiasmo invaluable, pero también detonan decisiones económicas tomadas desde la euforia, compromisos que superan por mucho la duración de la vivencia.

Estas citas se han consolidado como motores económicos de primer nivel. Se estima que la Copa Mundial de la FIFA 2026 generará una derrama superior a los 18,000 millones de dólares en Norteamérica, impulsando sectores clave. Para México, esto supone una oportunidad innegable, pero también un previsible incremento del gasto individual asociado a momentos que se perciben como irrepetibles.

Detrás del fervor yace una realidad que pocas veces discutimos: nuestra inclinación a decidir guiados por el arrebato. Diversos estudios demuestran que los acontecimientos de alto impacto emocional elevan la probabilidad del consumo impulsivo, sobre todo cuando existe presión social o el temor a quedar excluido. Un reflejo de ello es que más del 63.1% de los mexicanos ha solicitado un préstamo personal en el último año, y para el 40.1%, el pago de deudas es su principal objetivo financiero, según el Estudio de Bienestar Financiero 2025 de Provident. El dato revela un patrón claro: gastamos para responder a la necesidad inmediata, no a la planificación.

Simultáneamente, la asignación de recursos está cambiando. El gasto en experiencias crece de forma sostenida, impulsado por una revalorización cultural de las vivencias sobre los bienes materiales, tal como señala PwC en su Global Consumer Insights Survey. Esta tendencia representa una evolución natural del consumo, pero exige mayor disciplina; las experiencias no se recuperan si se financian con deuda mal estructurada.

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El mayor riesgo rara vez es el gasto visible, sino el efecto “bola de nieve” de las pequeñas decisiones. Una reserva de último minuto o un consumo extra no planeado parecen menores, pero alteran el equilibrio familiar. Un análisis de McKinsey advierte que los consumidores latinoamericanos tienden a sobreestimar su capacidad de pago futura frente a gastos ligados a lo social. Esta percepción optimista, combinada con el acceso inmediato al crédito, crea un ciclo de endeudamiento complejo de revertir.

En este contexto, el consumo inteligente no es sinónimo de renuncia, sino de diseño intencional. Anticipar escenarios, establecer límites claros y definir prioridades permite que el disfrute no mute en carga. Aquí es donde la educación financiera se vuelve crítica: los desembolsos extraordinarios exigen una previsión que los gastos cotidianos no requieren.

En México, la capacidad de ahorro sigue siendo un reto estructural. Con un 36.6% de la población utilizando mecanismos informales —según la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024—, la capacidad para afrontar gastos de alto impacto se reduce drásticamente. Transformar la euforia en decisiones sostenibles no es un lujo, es una necesidad.

El Mundial 2026, los festivales y las grandes citas deportivas son mucho más que entretenimiento: son el pretexto perfecto para replantear nuestra relación con el dinero. El verdadero reto no es lograr pagar una entrada, sino evitar que la experiencia de un par de horas financie la angustia de los próximos meses.

El disfrute de mayor valor es aquel que no deja secuelas. Una vivencia memorable debe construir recuerdos, no restricciones. Mientras el país se prepara para ser sede global, el entusiasmo es inevitable, pero debe ir acompañado de estrategia. En un entorno hiperconectado y de crédito instantáneo, la mejor jugada siempre será la que se ejecuta con la cabeza fría.

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Nota del editor: Fernando Chávez es director de legal y asuntos corporativos de Provident. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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