Publicidad
Revista Digital
Publicidad

Altas Capacidades, el activo que tu empresa está desperdiciando por miedo a la intensidad

Una organización sostenida solo en apariencia de bienestar, obediencia y reuniones sin fricción difícilmente resiste una crisis de mercado.
Altas Capacidades, el activo que tu empresa está desperdiciando por miedo a la intensidad
Si en tu equipo nadie cuestiona, nadie incomoda y nadie ve la grieta antes de la fuga, quizá no tienes paz corporativa: quizá tienes silencio. Y el silencio rara vez diseña las respuestas del mañana, apunta Ilse Canela. (Foto: iStock)

Durante años, en entrevistas de trabajo, solía lanzar una apuesta arriesgada: “Esto no lo sé hacer hoy, pero dame un mes; no solo lo habré aprendido, te lo voy a optimizar”. Para algunos líderes, era el gancho perfecto; para otros, sonaba a arrogancia. Hoy entiendo que esa frase no era falta de humildad, sino el síntoma de un sistema operativo distinto.

Publicidad

Muchas empresas llenan sus vacantes con términos como “innovación”, “disrupción” y “pensamiento estratégico”. Sin embargo, cuando una persona sobresaliente cuestiona procesos lentos o detecta grietas invisibles, el sistema reacciona con miedo. ¿Queremos talento fuera de serie o solo empleados que ejecuten sin cuestionar lo de siempre?

Tener Altas Capacidades Intelectuales (ACI) no se reduce a un puntaje alto en una prueba de IQ. También implica una forma distinta de aprender, conectar información, anticipar escenarios y detectar inconsistencias. Mientras un equipo analiza el caos de una tubería rota, una mente así ya ubicó la grieta, el material que la causó y el riesgo de una falla mayor.

Ese radar puede ser un activo estratégico para cualquier organización. El problema es que no siempre se vive como ventaja. A veces se interpreta como intensidad, arrogancia o falta de alineación. No porque el perfil esté mal enfocado, sino porque muchas culturas corporativas confunden armonía con ausencia de conflicto. Y ninguna empresa innova si todos están demasiado cómodos para señalar lo que no funciona.

Para liderar estos perfiles, primero hay que saber encontrarlos. Esa tarea suele escapar a las evaluaciones tradicionales de recursos humanos, más enfocadas en cubrir vacantes que en potenciar aptitudes intelectuales complejas.

Las señales de un activo ACI aparecen cuando se observa sin prejuicio corporativo: velocidad de aprendizaje para asimilar en semanas lo que a otros les toma meses; cuestionamiento de procesos obsoletos; necesidad de optimizar; y esa mal llamada “intensidad” que las estructuras rígidas confunden con arrogancia cuando, en realidad, puede ser compromiso absoluto con el resultado.

El sesgo del adjetivo: cuando el talento incomoda

El desafío se vuelve más profundo cuando entra el sesgo de género. A un hombre que propone, confronta y defiende una idea se le suele leer como visionario o determinado. A una mujer con el mismo comportamiento se le puede etiquetar como complicada, intensa o demasiado emocional.

Esa diferencia de lectura no es menor: define quién es promovido, quién es contenido y quién termina agotándose por moderar su inteligencia. Muchas mujeres con altas capacidades aprenden a enmascararse para sobrevivir profesionalmente. Bajan el volumen de sus ideas, suavizan su criterio o esperan a que alguien más diga lo que ellas ya habían visto. El costo no es solo personal; también lo paga la empresa cuando convierte una ventaja competitiva en silencio.

Publicidad

El costo del miedo, ¿cuánto vale el silencio?

La resistencia a integrar perfiles complejos no solo genera fricción cultural: también deteriora la calidad de las decisiones. Un estudio de Deloitte encontró que los equipos de alto desempeño valoran más el pensamiento divergente: 55% frente a 39% en otros equipos. La diferencia es más clara al decidir: 55% considera un rango amplio de puntos de vista, frente a solo 18% en equipos de menor desempeño. Escuchar perspectivas incómodas no es tolerancia corporativa; es una ventaja operativa.

El problema es que muchas empresas pierden ese valor antes de medirlo. Primero etiquetan a la persona como “difícil”, después la obligan a moderarse y, finalmente, la ven irse. Gallup estima que reemplazar a un colaborador puede costar entre la mitad y dos veces su salario anual, según el nivel del puesto y el contexto. El costo no está en tener gente que cuestiona; está en convertirla en silencio, desgaste o rotación.

Tres principios para liderar talento brillante

Para convertir ese capital intelectual en rentabilidad y no en rotación, el liderazgo necesita ajustar tres cosas:

- Sustituir la microgestión por autonomía real. El objetivo estratégico debe ser claro, pero el método no siempre será lineal. Una mente compleja puede llegar por rutas distintas y entregar mejores resultados.

- Enseñar jerarquía de profundidad. No todos los problemas requieren soluciones complejas. Un buen líder ayuda a elegir batallas, priorizar impacto y reservar la artillería cognitiva para los desafíos críticos del negocio.

- Leer la disrupción como dato, no como ataque. Una observación incómoda puede ser una auditoría gratuita de los procesos internos. La incomodidad, bien gestionada, no destruye la cultura: la vuelve más honesta.

Una organización sostenida solo en apariencia de bienestar, obediencia y reuniones sin fricción difícilmente resiste una crisis de mercado. Si en tu equipo nadie cuestiona, nadie incomoda y nadie ve la grieta antes de la fuga, quizá no tienes paz corporativa: quizá tienes silencio. Y el silencio rara vez diseña las respuestas del mañana.

____

Nota del editor: Ilse Canela es Chief Marketing Officer en Solucredit | Cofundadora y CMO en Imagina Lab. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

Publicidad

Newsletter

Únete a nuestra comunidad. Te mandaremos una selección de nuestras historias.

Publicidad

Publicidad