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El plan perfecto no te salvará; saber cuándo abandonarlo, sí

La improvisación efectiva requiere transparencia en el razonamiento. No puedes esperar que tus colaboradores te sigan si cada elección les parece un capricho momentáneo.
El plan perfecto no te salvará; saber cuándo abandonarlo, sí
Las organizaciones que destacan son aquellas donde la improvisación funciona como metodología, donde las decisiones se toman rápido pero con fundamento, los ajustes tácticos respetan valores y visión, y persiste un liderazgo que mueve sin romper, apunta Saskia de Winter. (Foto: iStock)

La improvisación tiene mala reputación corporativa. Mencionarla frente a un comité ejecutivo suele provocar miradas incómodas, como si acabaras de aceptar que planeas liderar la empresa tirando dados.

Durante años se nos enseñó que improvisar es operar sin brújula, reaccionar sin pensar y resolver, lo que debió anticiparse. Esa narrativa ignora que los mercados actuales no respetan cronogramas ni planes estratégicos perfectos.

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He visto negociaciones donde el cliente cambia términos a mitad de la reunión, fusiones donde los números dejan de hacer sentido semanas después del cierre y lanzamientos que deben ajustarse sobre la marcha porque el mercado responde distinto a lo previsto.

Ahí es donde se rompe la teoría, no gana quien tiene el mejor plan y lo sigue, gana quien sabe desviarse con criterio.

La falsa promesa del control

Improvisar requiere más metodología que hacer planes que nadie cumple; la diferencia está en dónde colocas tu inversión cognitiva. Mientras algunas organizaciones gastan semanas construyendo escenarios hipotéticos que quedan obsoletos en tres días, otras preparan a sus equipos para tomar decisiones bajo presión.

La verdadera velocidad aparece cuando el equipo ya sabe cómo pensar; qué priorizar, qué negociar y qué descartar sin esperar validaciones interminables. Eso no se improvisa, se ejercita todos los días.

Rapidez no es impulsividad

El riesgo no es improvisar, es hacerlo solo y sin información. Tomar una decisión apresurada sin consultar datos clave, sin medir el impacto sobre otras áreas o sin considerar las implicaciones a mediano plazo no es improvisación, es caos.

Los planes siguen siendo necesarios, pero no para predecir el futuro. Sirven para alinear prioridades y formar criterio colectivo. Un buen plan no te dice qué hacer; te prepara para decidir cuándo deja de aplicar.

También por eso la planeación no puede construirse solo con metas, escenarios y responsables. Necesita principios y valores claros, porque ahí se define el margen de movimiento del equipo: qué decisiones son aceptables, qué límites no se cruzan y qué rumbo debe sostenerse incluso cuando el plan cambia. Sin esa base, cualquier ajuste puede parecer ocurrencia; con ella, la improvisación tiene dirección.

Quien improvisa de forma efectiva conoce sus límites negociables, sabe cuándo ceder terreno táctico para ganar posición estratégica y puede explicar en minutos por qué escogió un camino sobre otro, incluso cuando ambas alternativas parecían razonables.

Ese nivel de claridad surge de haber reflexionado a fondo sobre qué tipo de empresa quieres construir y qué estás dispuesto a hacer para lograrlo.

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Alinear antes de acelerar

La alineación del equipo es donde la mayoría falla. Una cosa es que el líder improvise y otra, completamente distinta, es que el equipo entienda la lógica detrás de esa decisión que parece tomada con prisa; si tus colaboradores perciben cada ajuste como un cambio errático de dirección, perderás cohesión interna en un momento que podría ser definitorio.

La improvisación efectiva requiere transparencia en el razonamiento. No puedes esperar que tus colaboradores te sigan si cada elección les parece un capricho momentáneo.

He trabajado con equipos directivos que paralizan operaciones enteras esperando validar cada variable antes de avanzar. También he visto startups que cambian de estrategia cada semana porque confunden adaptación con falta de convicción. Ambos extremos son muy costosos.

Ni rigidez ni improvisación ciega

Las organizaciones que destacan son aquellas donde la improvisación funciona como metodología, donde las decisiones se toman rápido pero con fundamento, los ajustes tácticos respetan valores y visión, y persiste un liderazgo que mueve sin romper.

Las disrupciones tecnológicas y los cambios regulatorios reconfiguran procesos comerciales de la noche a la mañana; esperar el momento perfecto antes de actuar es garantía de irrelevancia. La pregunta ya no es si vas a tener que improvisar; es qué tan bien lo harás cuando llegue el momento.

Las compañías que escalan son aquellas en las que improvisar dejó de ser el plan B para convertirse en una capacidad de primer orden, porque entendieron algo que los manuales corporativos todavía no admiten: el control es una ilusión.

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Nota del editor: Saskia de Winter es socia fundadora y Directora General de Saskia de Winter Training. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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