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La estrategia icónica de Washington contra México en el T-MEC

La presión sobre México aumenta porque el sector energético es el más expuesto. La dependencia del gas natural estadounidense, superior al 70%, se vuelve crítica.
Quitar las exenciones del T-MEC le saldría caro a EU: empresas y consumidores pagarían 466,000 mdd extras
Si México no ofrece certeza regulatoria, fortalece infraestructura y reduce fricciones con sus socios, la revisión anual del T-MEC puede convertirse en un mecanismo permanente de presión sobre su seguridad energética y competitividad, considera Ramses Pech. (Kirill KUDRYAVTSEV/AFP)

La decisión de Estados Unidos de no renovar el T-MEC en su forma actual durante la revisión del 1 de julio de 2026 debe entenderse como una jugada política calculada para administrar tiempos, presiones y narrativas. No es una ruptura ni un anuncio de terminación, sino un periodo de espera que permite a Washington mantener abierta la negociación y conservar la opción de activar la cláusula de terminación con seis meses de anticipación. La anualización de la revisión no es un tecnicismo: es una estrategia de sincronización entre comercio y política interna.

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El comunicado del Embajador Greer confirma esta lógica. Cuando afirma que Estados Unidos “no acordó renovar el T-MEC en su forma actual”, está enviando un mensaje directo: la renovación automática prevista en el acuerdo no ocurrió. El T-MEC sigue vigente, pero ya no está protegido por la extensión de 16 años que habría dado estabilidad a las cadenas de suministro. En cambio, queda sujeto a un proceso de revisión continua que permite a Estados Unidos evaluar cada año si el acuerdo le conviene, si requiere ajustes o si debe terminarse. La frase “el acuerdo permanece en vigor” es tranquilizadora en apariencia, pero en realidad describe un estado de vigencia condicionada, donde la continuidad depende de negociaciones bilaterales y de la evolución política en Washington.

El comunicado también revela que Estados Unidos está moviendo el proceso hacia un formato bilateral con México, no trilateral. La mención explícita de una tercera ronda de negociaciones con México el 20 de julio muestra que Washington quiere tratar directamente los temas más sensibles: energía, reglas de origen automotrices, agricultura y cumplimiento regulatorio. La narrativa del déficit comercial, que aparece en el comunicado, es el argumento político que permite justificar presiones adicionales. En un año electoral, es un mensaje dirigido tanto a México como al electorado estadounidense: el gobierno está “corrigiendo acuerdos injustos”.

La anualización de la revisión permite a Estados Unidos administrar la incertidumbre como herramienta de negociación. Entre julio y noviembre evita compromisos electorales; después, si conserva el control político, podrá endurecer su postura. Entre diciembre de 2026 y junio de 2027 tendría la ventana para activar la notificación de terminación. El diseño es claro: mantener el acuerdo vivo, pero no renovado, para decidir cuando ya no existan costos electorales.

En este contexto, el sector energético mexicano se convierte en uno de los puntos más vulnerables. Las controversias abiertas, las cartas enviadas por Estados Unidos y Canadá, y los comunicados sobre cambios regulatorios en México adquieren un peso distinto bajo un esquema de revisión anual. Lo que antes eran disputas técnicas ahora pueden convertirse en criterios de evaluación para decidir si el acuerdo se renueva o no. Cada carta sobre permisos de combustibles, cada panel sobre electricidad, cada comunicado sobre CFE o Pemex puede ser usado como evidencia de “incumplimiento sistemático”.

La presión sobre México aumenta porque el sector energético es el más expuesto. La dependencia del gas natural estadounidense, superior al 70%, se vuelve crítica. Si el T-MEC queda en revisión anualizada, contratos, ductos, almacenamiento y proyectos eléctricos privados enfrentarán mayor incertidumbre. Aunque la terminación no sea inmediata, el riesgo para la seguridad energética mexicana crece. La planeación de largo plazo se complica y los inversionistas deberán considerar escenarios con aranceles, cambios en reglas de origen y cooperación energética más volátil.

Las cartas enviadas por Estados Unidos y Canadá en los últimos años, criticando la preferencia regulatoria a CFE y Pemex, las restricciones a privados y los cambios en certificados de energías limpias, ahora pueden ser usadas como argumentos para justificar una postura más dura. Bajo un esquema anualizado, cada acción regulatoria mexicana puede tener consecuencias comerciales. La prioridad de despacho a CFE, los cambios en reglas de interconexión, las demoras en permisos de combustibles y las decisiones sobre almacenamiento se convierten en elementos que Estados Unidos puede citar para condicionar la renovación del acuerdo.

La energía, además, puede convertirse en moneda de negociación. Estados Unidos podría exigir cambios regulatorios como condición para renovar el T-MEC, o usar el sector energético para obtener concesiones en otros ámbitos, como el automotriz o el agrícola. México queda en una posición donde la estabilidad del sector energético depende no solo de decisiones internas, sino de la evaluación anual que haga Washington sobre el comportamiento regulatorio mexicano.

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La narrativa del comunicado del USTR debe leerse con esta perspectiva. No es un mensaje técnico: es una señal política. Estados Unidos está preparando el terreno para una renegociación profunda o, si así lo decide la administración después de noviembre, para activar la terminación del acuerdo. La anualización de la revisión es el mecanismo que permite mantener la presión sin romper el acuerdo. Para México, el sector energético será uno de los campos donde esta estrategia tendrá mayor impacto, porque es donde se concentran las controversias, donde existe mayor dependencia y donde las decisiones regulatorias han generado más fricción.

En suma, la decisión de Estados Unidos de no renovar el T-MEC en su forma actual y de mantenerlo en revisión anualizada es una estrategia que sincroniza comercio y política interna, preserva la opción de terminar el acuerdo con seis meses de aviso, aumenta la presión sobre México en temas energéticos, convierte las controversias en criterios de evaluación anual e introduce incertidumbre estructural en inversiones y seguridad energética. El comunicado del USTR es la primera pieza de esta estrategia, y el sector energético mexicano será uno de los espacios donde se sentirán sus efectos con mayor intensidad.

Resumen: El T-MEC no fue renovado en su forma actual, pero sigue vigente mientras se resuelven las diferencias o hasta su eventual terminación. México no enfrenta una ruptura inmediata, sino mayor presión política, comercial y regulatoria. En energía, el riesgo es relevante por la dependencia del gas natural estadounidense, las controversias por CFE y Pemex, y la incertidumbre sobre permisos e inversión privada. Si México no ofrece certeza regulatoria, fortalece infraestructura y reduce fricciones con sus socios, la revisión anual del T-MEC puede convertirse en un mecanismo permanente de presión sobre su seguridad energética y competitividad.

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Nota del editor: Ramses Pech es analista de la industria de energía y economía. Es socio de Caraiva y Asociados-León & Pech Architects. Síguelo en X y/o en LinkedIn . Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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