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Cuando la política decide quién lidera

La política organizacional no desaparece. Existe. La diferencia está en si cultura, liderazgo y gobierno corporativo hacen que esa influencia opere bajo reglas visibles o en el favoritismo y opacidad.
Cuando la política decide quién lidera
La política siempre existirá; las organizaciones la necesitan para coordinarse y tomar decisiones, considera Milton Rosario. (Foto: GUILLERMO ARIAS/AFP)

Andrés (seudónimo) llegó a nuestra sesión de coaching sin su energía habitual. Es Vicepresidente Comercial de una de las unidades más importantes del grupo en América Latina y, esa mañana, acababa de enterarse por un correo de tres líneas de que la Presidencia Regional que esperaba no sería suya. El nombramiento —anunciado "con entusiasmo"— era para Sofía (seudónimo), vicepresidenta de una unidad bastante más pequeña.

Se sentó, dejó el teléfono sobre la mesa y resumió la mañana en una frase: "Al final, aquí todo es política".

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Durante cuatro años, Andrés había hecho crecer su unidad a doble dígito. Cumplía cada objetivo, retenía a su gente, cerraba los números que otros no cerraban. Si la pregunta era quién merecía el ascenso por resultados, la respuesta parecía obvia. Y, sin embargo, el cargo fue para alguien cuyos números eran, en el mejor de los casos, comparables.

Lo que Sofía tenía y él había subestimado no aparecía en ningún tablero: la influencia. Conocía a los miembros del Consejo de Administración por sus nombres. La habían visto presentar. Cuando su nombre sonaba en la sala donde se decidían las cosas, alguien asentía. El de Andrés, cuando surgía, requería explicación.

Su conclusión —"todo es política"— y es la que prácticamente todo el mundo siempre concluye. La dijo con amargura, como quien descubre una trampa. Y ahí suele detenerse el aprendizaje: justo en el punto en el que debería comenzar. Mi trabajo, esa mañana, era ayudarlo a no quedarse ahí.

Por qué existe el juego

"Todo es política" es una frase verdadera y, a la vez, inútil. Verdadera, porque la política organizacional está en todas partes. Inútil, porque no explica nada ni permite hacer nada distinto.

La política no aparece porque haya personas malas. Aparece porque las organizaciones reparten cosas que no alcanzan para todos: promociones, presupuesto, visibilidad, poder. Donde hay recursos escasos, hay intereses en tensión. La política no nace de la maldad; nace de la competencia legítima por lo que es limitado.

Pensar que una organización asciende a alguien solo por sus resultados es tan ingenuo como creer que los mercados premian únicamente la calidad del producto. Los resultados generan valor; la influencia decide si ese valor se traduce en poder. Y no toda influencia es turbia: construir confianza, tejer alianzas y alinear intereses también es influir. Influir no es manipular; es lograr que las cosas avancen cuando las prioridades no coinciden.

La tríada invisible

Le propuse a Andrés mirar su caso con otra lente. ¿Qué decidió realmente el ascenso de Sofía? No "la política" como fuerza abstracta, sino tres fuerzas concretas que rara vez aparecen en un organigrama, pero que gobiernan la organización por debajo de él. A ese conjunto —la cultura, el liderazgo y el gobierno corporativo— lo llamo la tríada invisible: invisible porque no figura en ninguna estructura formal, y tríada porque ninguna de las tres actúa por sí sola.

La cultura decide qué se premia y quién accede al poder. En su empresa se premiaba la cercanía: quien estaba en la conversación, crecía.

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El liderazgo modela esas reglas con cada decisión de promoción y sucesión. El jefe de Andrés valoraba su trabajo, pero nunca lo llevaba a la sala en la que se tomaban las decisiones. Lo protegió del ruido… y también de la visibilidad.

El gobierno corporativo cierra la ecuación, y es la pieza que casi nadie mira. Su empresa tenía, sobre el papel, un proceso de sucesión: existía un documento. Lo que no existía era lo que lo hacía real: un perfil definido, criterios de evaluación y un Consejo de Administración que rindiera cuentas de por qué un nombre y no otro. Sin eso, la decisión no se tomó bajo reglas visibles; se tomó en la sala, entre quienes ya se conocían.

El vacío de gobierno nunca queda vacío: lo llena la política informal. Y ese vacío no es un accidente; es una falla del deber de supervisión del Consejo.

Cuando Andrés lo vio, cambió de tono. Él no había perdido frente a Sofía. Había perdido frente a una tríada que falló en sus tres frentes: una cultura que premiaba la cercanía, un líder que no lo expuso y un gobierno que no obligó a justificar la decisión. Cuando el mérito necesita de la política para sobrevivir, el problema ya dejó de ser político: es institucional.

Lo que Andrés se llevó de la sesión

Ninguna organización tiene una tríada perfecta. Mientras se corrige —si se corrige—, un ejecutivo puede protegerse sin traicionar quién es. Le dejé cinco prácticas:

1. Entienda el mapa de influencia, no solo el organigrama.
2. Construya relaciones antes de necesitarlas.
3. Haga visibles sus resultados. Los resultados invisibles construyen carreras invisibles.
4. Desarrolle influencia, no dependencia.
5. Proteja su reputación. Los cargos cambian; la reputación permanece.

Pero la carga no puede recaer únicamente en Andrés. La responsabilidad última recae en quienes diseñan el sistema: la alta dirección y el Consejo de Administración. Institucionalizar la sucesión, transparentar los criterios de promoción, exigir que cada nombramiento se justifique y supervisar la cultura, como se supervisan las finanzas, es lo que reduce el espacio en el que la política se mueve en la sombra.

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Meses después, Andrés tomó una decisión difícil: se fue. No porque hubiera perdido una promoción, sino porque comprendió que ninguna cantidad de resultados iba a cambiar las reglas de una organización que no quería cambiarlas.

La política siempre existirá; las organizaciones la necesitan para coordinarse y tomar decisiones. Lo que no es inevitable es que se convierta en el criterio que define quién lidera. Porque cuando la cultura es débil, el liderazgo es inconsistente y el gobierno corporativo es insuficiente, la política deja de ser una fuerza más y se convierte en el verdadero sistema operativo de la empresa: el reflejo de una tríada invisible, la que decide quién crece, quién permanece y quién termina saliendo.

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Nota del editor: Milton Rosario es cofundador y Socio Director de The OD Consulting Group. Experto en cultura organizacional, liderazgo y gobierno corporativo, asesora a Consejos de Administración y equipos C-Suite a través de las Américas. Fue Presidente del Colegio Nacional de Consejeros Profesionales Independientes, A.C. (CNCPIE). Conéctate con él en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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