Con el tiempo, Joaquín también invirtió en un impermeable para la temporada de lluvias, botas para motocicleta, un casco de mejor calidad y guantes, con un desembolso aproximado de 2,000 pesos.
Si se consideran únicamente los gastos reportados por Joaquín, la inversión para comenzar a trabajar como repartidor con lo que él considera “lo necesario”, asciende a 8,050 pesos.
Esta cifra no incluye el costo de la motocicleta o bicicleta, el mantenimiento, la gasolina, las reparaciones ni el reemplazo de equipo por desgaste.
“No fue que yo llegara y comprara todo de jalón. Empecé con lo que tenía y ya trabajando fui comprando lo demás, poco a poco. A veces con lo que ganas en el día y también con las propinas, que sí alivian, porque de ahí sale para ir completando lo que hace falta” relató.
Joaquín reconoce que lo más pesado es el inicio. Además de la inversión en equipo, el gasto constante en gasolina se vuelve uno de los principales retos del día a día. Sin embargo, considera que la flexibilidad de horarios compensa esas dificultades.
En el caso de los repartidores que trabajan en bicicleta, el ahorro en combustible no se traduce necesariamente en mayor protección. A diferencia de otros empleos formales, la bicicleta, su principal herramienta de trabajo, no suele estar asegurada. Si es robada o se pierde, la responsabilidad recae completamente en el trabajador, quien debe absorber el costo de reposición o dejar de repartir. Se trata de otro riesgo invisible dentro del modelo de reparto por aplicación.
Para Joaquín, la posibilidad de decidir cuándo conectarse, cuánto tiempo trabajar y organizar sus jornadas según sus necesidades personales es uno de los principales atractivos del reparto por aplicación, aun con los costos que implica.