Durante años, Isabel recorrió Querétaro detrás del volante de un microbús. Ahí no había margen para improvisar, la ruta estaba trazada, los horarios definidos y el flujo de pasajeros seguía una lógica repetida. Luego de unos años, su padre, quien le heredó el oficio, le propuso entrar al taxi y ella aceptó. La transición parecía natural, pero pronto descubrió que no era lo mismo recorrer una ruta fija que enfrentarse a una ciudad abierta, sin mapa propio y con la presión constante de encontrar pasaje.
Relata que el taxi le exigió conocer calles, calcular tiempos y anticipar zonas con mayor demanda. Isabel dice que intentó adaptarse a esa dinámica, pero no era un problema de disposición, sino de eficiencia. Las horas se diluían entre vueltas sin pasajeros y la incertidumbre de cuánto lograría ganar al final del día.
Fue entonces cuando apareció una alternativa que ya llevaba años en las calles, pero que hasta ese momento había observado desde lejos. Un compañero le habló de una plataforma digital que organizaba viajes desde el teléfono. Decidió probar.