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Revista Digital
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18,400 mensajes bastan para reescribir lo que crees que es verdad

Chats donde la mentira viaja sin fricción y una IA capaz de fabricar mensajes a escala industrial: así se ve la desinformación hoy
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De acuerdo con la teoría clásica del rubor, hay dos factores psicológicos que explican la facilidad con la que se propaga dicha desinformación: la ansiedad individual y la ansiedad colectiva.
(Foto: tommy/Getty Images)

Videos de enfrentamientos que nunca ocurrieron, audios de "testigos" fabricados, capturas de pantalla con logotipos de medios reconocidos y fotografías tomadas en otros países o en otros años. Así se ve el flujo de desinformación que circula en redes sociales y grupos de mensajería cada vez que ocurre un evento de alto impacto.

Una investigación del Digital Democracy Institute of the Americas (DDIA), un centro de investigación y acción social sin fines de lucro, reveló que, entre enero y septiembre de 2025, se detectaron más de 18,400 mensajes sospechosos en 3,300 grupos públicos de WhatsApp en español. Cientos de esos mensajes se propagaron tan rápido que Meta los marcó con su etiqueta de "reenviado con frecuencia", una señal del alcance y la velocidad con que este tipo de contenido puede instalarse en la conversación pública antes de que cualquier mecanismo de verificación tenga oportunidad de actuar.

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En México, la detención de Nemesio Oseguera Cervantes, "El Mencho", en febrero de 2026, ilustra la magnitud del fenómeno. En aquel momento, el Observatorio de Medios Digitales del Tec de Monterrey registró que solo en las primeras 48 horas tras el operativo, circularon entre 200 y 500 publicaciones con información falsa o no verificada. Entre 20 y 40 de ellas alcanzaron alta viralidad, superando en algunos casos las 100,000 visualizaciones y los 10,000 compartidos.

Guadalupe Isabel Uriostegui Carlos, investigadora posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y profesora de comunicación y cultura en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), especialista en movimientos sociales digitales, advierte que lo que hoy se documenta como fake news es, en esencia, la versión digital del rumor que ya estudiaban los teóricos de la comunicación desde los años 40 y 50. Esos autores definían el rumor como información no verificada, ni necesariamente falsa ni descabellada, sino anclada siempre en un tema de interés cercano a la audiencia. Lo que cambió, dice Uriostegui, es la velocidad y el tipo de actor que lo distribuye.

La investigadora identifica tres transformaciones que las redes sociodigitales introdujeron sobre ese fenómeno antiguo. La primera es que los consumidores se volvieron creadores, algo que rompió por completo la verticalidad tradicional de la comunicación; en segundo lugar, los procesos comunicativos se volvieron inmediatos, no solo la información en sí; y finalmente, las audiencias perdieron el margen de tiempo que antes tenían para someter lo que recibían a un juicio crítico.

"Estas tres condiciones repercuten en tres ámbitos: el sociodigital, el político y el económico-normativo”, explica.

El combustible emocional y económico enciende la mecha de la desinformación

De acuerdo con la teoría clásica del rubor, hay dos factores psicológicos que explican la facilidad con la que se propaga dicha desinformación: la ansiedad individual y la ansiedad colectiva.

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"Es bien importante la situación emocional del consumidor y el ambiente en el contexto en donde se inserta el rumor o la fake news, y sobre todo la inmediatez que tenga el tema con el sujeto", señala Uriostegui. Por eso, agrega, no es lo mismo enterarse de un brote de ébola en otro continente que recibir la misma alerta sobre el lugar de residencia propio. La cercanía intensifica la ansiedad y, con ella, la velocidad de propagación.

A ello se suma la configuración de las figuras de autoridad, Uriostegui contrasta a los antiguos líderes de opinión, figuras con cierta proximidad y responsabilidad ética hacia sus audiencias, que en la llamada teoría del doble flujo interpretaban y bajaban la información de los medios a la comunidad, con los influencers que ocupan ese lugar hoy.

"Estos influencers no tienen este grado de proximidad, ni siquiera de cercanía, y tampoco tienen este grado de ética o formación de qué tiene que decir un líder", explica.

Eso, combinado con la gamificación de los contenidos afines a cada usuario, produce lo que ella llama un "encapsulamiento del pensamiento", un fenómeno en el que las personas consumen únicamente opiniones que ya comparten y pierden la capacidad de ver otras visiones, lo que las vuelve más extremistas y las hace creer que su postura es mayoritaria.

Cuando ese tipo de comunidades cerradas se viraliza hacia otros espacios, agrega, da la falsa impresión de que esas ideas tienen un respaldo social más amplio del que con el que realmente cuentan.

Sobre por qué ese tipo de mensajes prospera, Uriostegui apunta que los medios tradicionales y digitales dejaron de orientarse hacia su función social de informar para avanzar hacia la lógica de generar atención y, con ella, dinero.

"Cuando la lógica del sistema ya no se orienta hacia la función de informar para ayudar a la sociedad, sino a la lógica de vamos a generar atención para generar dinero", ese desplazamiento es, para ella, la raíz del problema, más allá de la plataforma en turno.

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La paradoja de la etiqueta

Las aplicaciones de mensajería cerrada son el sistema circulatorio por donde la desinformación viaja más rápido y con menos fricción. A diferencia de las plataformas abiertas donde una falsedad al menos tiene la fricción de una posible refutación pública, en canales como WhatsApp y Telegram la difusión de mensajes combinan velocidad, confianza interpersonal y una ausencia casi total de supervisión pública.

Meta, consciente de esta dinámica, implementa medidas para reducir la viralización sin vulnerar el cifrado de extremo a extremo que caracteriza a WhatsApp. La plataforma limita el reenvío de mensajes a un máximo de cinco chats simultáneos y marca con una etiqueta de doble flecha aquellos contenidos que han sido redistribuidos más de cinco veces, una señal visual que busca activar el pensamiento crítico del receptor.

Sin embargo, las cifras del DDIA muestran que estas medidas no son suficientes para contener el flujo de mensajes sospechosos. La etiqueta de "reenviado con frecuencia" se convirtió, paradójicamente, en una señal de que el contenido ya cumplió su objetivo de instalarse en la conversación pública.

Uriostegui agrega que además "no hay un criterio que realmente determine si lo que estás viendo es real o no, solo te informa que ya lo recibieron muchas personas". El mensaje, dice, puede ser real o puede ser desinformación, y la etiqueta no distingue entre ambos casos.

Para la especialista, el error de fondo está en pensar el problema como uno de control unilateral por parte de las plataformas. Cita el caso de X, que eliminó su sistema de verificación, frente a Meta, que lo conserva, pero insiste en que ninguna empresa puede, por sí sola, controlar de forma efectiva una comunidad horizontal.

El problema se vuelve más complejo cuando coincide con baja credibilidad institucional, "en un contexto de alta corrupción (...) puede generarse que la información difundida por el gobierno (...) no sea información que se considere fidedigna, y por lo tanto las personas quieran obtener información (de otras fuentes)", explica. No es, dice, que la fuente alternativa sea necesariamente más confiable, sino que la desconfianza hacia la fuente oficial empuja a las audiencias a buscar en otro lado.

América Latina reúne las condiciones para que este fenómeno se exprese con especial intensidad debido a la desconfianza histórica hacia las instituciones, fragilidad económica, altos niveles de polarización política y una dependencia profunda de las redes sociales y la mensajería privada como fuentes primarias de información.

El Digital News Report 2025 del Instituto Reuters, basado en encuestas a cerca de 100,000 personas en 48 países, entre ellos Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú, documentó que en la mayoría de los mercados analizados la suma de usuarios que se informa a través de redes sociales, plataformas de video y agregadores ya supera a quienes acuden a la televisión, la prensa o los sitios web de noticias tradicionales. TikTok y YouTube son usadas cada semana por el 35% de los encuestados en México para informarse, igualando a Facebook (36%) y superando a WhatsApp (19%). Además, el 41% de los mexicanos encuestados evita las noticias "a veces" o "con frecuencia", principalmente por el impacto emocional negativo o por sentirse saturados de información.

La única vía que identifica como funcional, basada en cómo los propios estudios sobre el rumor explican su contención, es reducir la ansiedad social que lo alimenta y dotar a las comunidades de herramientas propias de verificación, no imponerles restricciones externas. Pone como ejemplo un episodio de hace algunos años, cuando circuló en el Estado de México el rumor de que el crimen organizado atacaría escuelas: el pánico inicial se contuvo cuando la propia comunidad empezó a filtrar la información y a calificarla de chisme antes de que se propagara más.

"Los que se tienen que normar son las empresas, los gobiernos, y se tiene que educar a las audiencias", resume Uriostegui.

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