OPINIÓN: Aunque se dice un 'ganador', Trump está lleno de fracasos

El presidente estadounidense es famoso por premiar "a hombres y mujeres impetuosos" en vez de la aptitud, y eso solo provoca fracasos; y habrá más.
La presidencia de Trump ha sido un espectáculo tan apasionante que la luz y el humo han ocultado los problemas que habrían dañado a cualquier otra presidencia nueva, señalan analistas.
Atención  La presidencia de Trump ha sido un espectáculo tan apasionante que la luz y el humo han ocultado los problemas que habrían dañado a cualquier otra presidencia nueva, señalan analistas.  (Foto: Reuters)
MICHAEL D'ANTONIO

Nota del editor: Michael D'Antonio es autor del libro Never Enough: Donald Trump and the Pursuit of Success (St. Martin's Press). Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — ¿Se acuerdan de cuando Donald Trump prometió ser como los Globetrotters de Harlem en la política? "¡Ganaremos en todo lo que hagamos!", dijo Trump. "Vamos a ganar, ganar, ganar. Vaya, estarán hartos de ganar". Ahora, Trump es presidente de Estados Unidos y ciertamente nos ha hecho trucos y engaños dignos de las leyendas del básquetbol. Pero tanto así como ganar… no.

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A pesar de las florituras cuya intención es crear la imagen de un comandante que transformará Washington rápidamente, Trump ha tenido un fracaso tras otro. Pensemos que esta es una lista de lo más vergonzoso:

Los fracasos han sido tantos que los asesores de Trump, entre ellos Kellyanne Conway, consejera del presidente; el secretario de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, y el asesor senior, Stephen Miller, deben hacer presentaciones ante los medios las 24 horas y, como no cuentan con datos ni políticas serias, lo único que hacen es distorsionar y engañar.

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Spicer defiende entre tartamudeos las indignantes acusaciones de Trump acerca del fraude electoral diciendo que el presidente "cree lo que cree". Al hablar de la prohibición a los viajes, Conway repite una vieja referencia a una "masacre" que nunca ocurrió. Miller hace una "apología del dictador" al decir que "las facultades que el presidente tiene para proteger a nuestro país son bastante sustanciales y no se pondrán en duda".

La atención se desvía de lo indignante

Como si fuera un edificio en llamas a medianoche, la presidencia de Trump ha sido un espectáculo tan apasionante que la luz y el humo han ocultado los problemas que habrían dañado a cualquier otra presidencia nueva.

Betsy DeVos, la elegida de Trump para la Secretaría de Educación, parecía una estudiante que no había hecho la tarea mientras daba tumbos en su audiencia de confirmación, incapaz de dar respuestas coherentes a preguntas sobre los estudiantes con discapacidad o sobre las pruebas que se aplicarían a los estudiantes para medir su dominio de un tema o sus avances.

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Trump nominó a un secretario de Trabajo que tenía un empleado indocumentado en su casa y a un jefe de presupuesto que no había declarado impuestos por los salarios de una niñera.

Parece que Steven Mnuchin, nominado a la Secretaría del Tesoro, engañó a los senadores cuando le preguntaron sobre la agresividad de las ejecuciones de bienes que estaba llevando a cabo un banco de su propiedad.

Cabe señalar que Mnuchin, quien trabajaba como banquero de inversiones, es tan solo uno de los muchos banqueros acaudalados que Trump ha metido a su administración. Tras una perorata en contra de Wall Street y de vilipendiar a su oponente, Hillary Clinton, por sus relaciones con el sector financiero, Trump abandonó el populismo de su campaña y se hizo de un pequeño ejército de banqueros.

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También ha buscado desmantelar los reglamentos cuyo objetivo es proteger la economía (y a los consumidores) de los excesos del sector financiero, que fueron la causa principal del colapso de los mercados y de la recesión que dejó la administración de George W. Bush. Todo esto lo ha hecho un presidente que, al tomar posesión del cargo, se quejó de un "sistema que se protege a sí mismo, pero no a los ciudadanos de nuestro país".

Si cualquier otro presidente hubiera olvidado sus compromisos de campaña o nominado a personas tan mal calificadas para el gabinete, la prensa lo (¿o me atrevería a decir "la"?) habría ridiculizado por ello y el Congreso lo habría bloqueado. Sin embargo, el Congreso está en manos del partido de Trump y casi no han dicho nada.

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La prensa, al igual que la opinión pública estadounidense, está tan abrumada con el frenesí de Trump que se ha visto obligada a aplicar parámetros nuevos. Los pecados que antes se consideraban mortales se pasan por alto porque hay que poner atención a situaciones indignantes de mayor importancia.

Aquí no hay sorpresas

Si parece que en Washington es la hora del aficionado, es porque así es. El principal argumento que Trump blandió en su campaña es que tenía tan poco contacto con Washington que representaba un cambio radical.

Las mentiras que dijo en la campaña se minimizaron, se consideraron exageraciones de vendedor y no una seña de que tenía defectos de carácter graves. Además, la mayoría de los expertos no creía que pudiera ganar. Al igual que el comediante de segunda que prepara al público para el acto principal, Trump era el entretenimiento (de forma ordinaria y poco sofisticada), pero nadie esperaba que triunfara.

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Ahora tenemos un presidente ordinario y poco sofisticado cuyas habilidades de gestión, que siempre se exageraron, son inadecuadas para la labor de dirigir a Estados Unidos. Trató de sustituir la aptitud con la actitud, la confianza por la competencia… y fracasó una y otra vez.

Irónicamente, la trayectoria de Trump siempre estuvo a la vista y eso debería haber bastado para descalificarlo. Trump es un negociador inmobiliario y una celebridad de televisión que fracasó una y otra vez dirigiendo negocios que exigían su atención total y demostró que no le preocupaba dañar a los inversionistas y a los contratistas. Cuando habló en público sobre empresarios prominentes, líderes nacionales, sus exesposas e incluso su hija, habló sin tener en cuenta el efecto de sus palabras.

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Como empresario que controlaba empresas privadas, Trump sucumbió a sus propios impulsos de formas que revelaron defectos de carácter profundos. Se protegió contratando gente leal. Alguna vez me dijo que no le interesaban mucho los antecedentes ni los logros de hombres ni mujeres. Más bien buscaba "talento" y compromiso. Las demás aptitudes eran secundarias. Si un ejecutivo daba la impresión de ser enérgico, agresivo, ambicioso e implacable según el modelo de Trump, obtenía el trabajo.

Las viejas prácticas de contratación del hoy presidente de Estados Unidos sirven para explicar por qué se ha rodeado de tantas personas que no tienen experiencia previa en el gobierno, pero lo compensan con bastante lealtad y coraje. Cuando construía rascacielos, no pedía que sus ejecutivos supieran cómo se construían, sino que fueran leales para que cuando les ordenara que treparan hasta la azotea y saltaran, probablemente lo harían.

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Ahora, el gobierno estadounidense está lleno de personas contratadas por Trump cuyos defectos parecen coincidir con los del mismo presidente. El general Flynn aplicó una táctica clásica de Trump cuando llamó por teléfono a funcionarios rusos durante la transición y luego se salió por la tangente y engañó cuando le hicieron preguntas al respecto.

Fue el primer funcionario que saltó de la azotea y sacrificó su reputación y su carrera. Lo más seguro es que veremos más cuerpos pasar volando por la ventana.

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