Ahí aparece la conexión con la historia de Monroy. El mercado busca ingenieros en inteligencia artificial, ciberseguridad o nube, pero el sistema depende de algo previo, y es quién los forma.
“Las dos cosas”, responde el investigador cuando se le pregunta qué falta en México, si ingenieros o profesores que los forme. “Somos muy pocos para un país tan grande. Necesitamos más masa científica de profesores capaces de formar gente”.
Cuando Monroy inició su carrera profesional en el Tec de Monterrey, la computación ni siquiera era dominante. Su interés original era la electrónica de comunicaciones. Incluso rechazó un camino que hoy sería natural.
“Me ofrecían trabajar en la interfaz entre electrónica y computación y en ese momento la computación no me apasionaba”, admite.
Con el tiempo la disciplina cambió y también su trabajo. La digitalización llevó su investigación hacia sistemas inteligentes y, eventualmente, hacia la inteligencia artificial. Décadas después, ese mismo campo se convirtió en el centro del mercado laboral, pues las empresas priorizan especialistas en ciberseguridad, inteligencia artificial y computación en la nube.
¿Por qué alguien no se va?
Durante su trayectoria Monroy recibió ofertas fuera de la academia y también emprendió. “Tuvimos una empresa de base tecnológica sobre inteligencia artificial e hicimos servicios para la industria”.
También colaboró con organizaciones tecnológicas, entre ellas NIC México y Google, donde la investigación terminó convertida en aplicaciones para empresas.
“Poder ayudarle a una empresa a desarrollar algo que después pueda monetizar fue interesante. México tiene una urgencia tremenda de usar el conocimiento que generan las universidades”.
La experiencia le mostró una diferencia central entre ambos mundos. La empresa necesita resultados en plazos definidos; la investigación trabaja con incertidumbre. “¿Qué produce un investigador? Promesas”, explica. “Planteas una hipótesis que quieres validar y puede refutarse. Muchas veces los frutos no son inmediatos ni espectaculares”.
Ahí está la razón por la que no se fue. La universidad le permite trabajar problemas de largo plazo, algo difícil de sostener en un entorno corporativo.
“Una universidad tiene que ofrecer infraestructura, apoyo y reconocimiento, un cobijamiento, los medios para investigar y un ambiente saludable. Y algo que pesa mucho son los estudiantes. Transmitir conocimientos es padrísimo”, dice.
En la industria tecnológica el talento suele moverse por proyectos o mejores sueldos. La investigación opera con otra lógica, ya que requiere continuidad. El mercado laboral premia la movilidad, mientras que la innovación profunda depende de la permanencia.
Por eso, pese a colaborar con empresas y participar en desarrollos aplicados, Monroy permaneció en el Tec porque la academia no compite con la empresa en salario, compite en horizonte de tiempo.